—Alma —dijo al fin, su voz suave pero firme, como un susurro que no dejaba lugar a dudas—. Quiero que te hagas la prueba. Para que estemos tranquilos, para que no sigas cargando con esa duda.
Alma no podía moverse. Estaba allí, parada en el centro de la habitación, mirando el baño con horror, como si fuera un agujero negro que la atraía sin piedad. Había algo en esa puerta cerrada, en esa espera silenciosa, que la hacía sentir que se estaba arrinconando a sí misma.
Gael no decía nada, pero su mirada era clara, imposible de ignorar. Estaba frente a ella, quieto.
—No lo haré —dijo ella, la voz quebrada por la angustia, temblando apenas. La sensación de no tener control sobre nada la ahogaba. Los recuerdos de la prueba en la mesa, su cabeza llena de preguntas, la estaban superando.
Gael la observó en silencio un largo momento. No hubo sorpresa en su rostro, ni rabia. Solo una calma inquebrantable.
Finalmente, Gael dio un paso hacia ella. Fue un movimiento tan preciso, tan controlado, que Alma apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que él tomara su muñeca con firmeza, tirando de ella hacia el baño.
—Sí lo harás —dijo, sin alzar la voz, pero con un tono tan frío que se clavó como una cuchilla en su pecho—. Ahora.
Alma intentó resistirse, pero su cuerpo no respondió. Cada intento de retroceder, cada intento de decir algo más, se desvaneció cuando Gael la empujó suavemente, pero con tal fuerza que no pudo más que seguir su paso, con los dedos de él firmemente apretados alrededor de su muñeca.
—¡Gael, suéltame! —gritó Alma, su voz quebrada, llena de desesperación.
—Tienes que hacerlo, Alma —su voz, tan baja, tan seria, resonó en su cabeza como una sentencia—. No hay otra opción.
Alma luchó, girándose hacia él, tratando de escapar, pero él la tenía atrapada. La sensación de estar completamente a su merced la hizo sentir como si estuviera siendo arrastrada por una corriente imparable. La desesperación creció dentro de ella.
—¡No quiero! —gritó, su rostro rojo de frustración y miedo. Las lágrimas empezaron a asomar, pero ella las rechazó, furiosa consigo misma—. ¡No me hagas esto!
Gael la empujó hacia el interior del baño, y la puerta se cerró tras ella con un sonido sordo. Alma estaba atrapada, atrapada en esa habitación, atrapada en la mirada de él.
Ella quería gritar, quería hacer algo, pero sus palabras se ahogaron cuando él la miró por fin, con la intensidad de alguien que no piensa ceder.
—Hazlo ahora, Alma —dijo él, sin una pizca de duda, y su tono no dejaba espacio para más resistencia. Era claro. Era un mandato.
Alma se quedó en el umbral del lavabo, sus manos temblorosas sobre la fría superficie. El miedo la paralizaba. No podía hacer esto. No quería. Sabia que si esa prueba salia positiva, ese... seria su final.
—¡No quiero! ¡Te odio! —gritó, con la voz rota por la rabia. Se giró hacia él, su pecho subiendo y bajando rápidamente por la frustración.
Gael la miró un momento, sin respuesta, solo observándola. Luego, se acercó a ella con pasos lentos, calculados. Cuando estuvo cerca, le tocó el rostro con una mano, su toque helado y a su vez calido. La mirada de Alma se encontró con la suya.
—Lo harás porque es lo que necesitamos, Alma. Porque te conviene.
Y con ese último susurro, la besó. Fue un beso feroz, sin piedad, como si quisiera callarla, como si quisiera hacerle entender que no había vuelta atrás. Un beso que la dejó sin aliento, que la empujó más allá de su resistencia.
Alma intentó apartarse, pero Gael la sujetó con fuerza, obligándola a quedarse en el momento, a sentir todo el peso de lo que estaba pasando. En ese momento, no había espacio para la duda, ni para la negación. Solo había un control absoluto sobre ella, un control que no podía escapar.
Cuando al fin se apartó, ella estaba jadeando, temblorosa, sintiendo el ardor en sus labios, la furia aún palpitando en su pecho.
—Hazlo —dijo él, en un susurro. Y ahora, su voz ya no sonaba fría, sino algo más oscuro, algo que solo le pertenecía a él.
Con los puños apretados y las lágrimas amenazando con caer, Alma se dio vuelta, caminó hacia la prueba, y, con el corazón apesadumbrado, se preparó para enfrentar lo que no quería ver.
Gael cerró la puerta detrás de ellos. El sonido fue seco, definitivo.
—No —dijo ella de inmediato, girándose—. No así—pidió, con la voz rota pero firme—. Sal del baño.
Tenía la espalda contra el lavamanos, las manos apoyadas en la cerámica fría.
Gael la miró sin moverse. Sus brazos estaban cruzados, ocupando espacio, como si incluso el silencio le perteneciera. Durante unos segundos no respondió. El zumbido de la luz era lo único que se escuchaba.
—¿Para qué? —preguntó al final.
—Porque no puedo —respondió ella, tragando saliva—. Porque necesito hacerlo sola. Porque… por favor.
Esa última palabra le dolió más de lo que quiso admitir.
Gael suspiró despacio, como si evaluara algo invisible. Miró la prueba sobre el borde del lavamanos, luego a ella. Finalmente, dio un paso atrás.
—No tardes —dijo—. Y no intentes nada estúpido.
Abrió la puerta y salió. No la cerró del todo. La dejó entreabierta.
Alma se quedó quieta un momento, escuchando sus propios latidos. Le temblaban las manos cuando tomó la caja. La abrió con torpeza; el cartón se rasgó un poco. Todo parecía demasiado ruidoso: el plástico, el clic al sacar la prueba, incluso su respiración.
Se sentó en el borde de la tina. El frío del azulejo le atravesó la piel. Pensó en muchas cosas y en ninguna al mismo tiempo. En su cuerpo, en las náuseas, en la forma en que Gael había mirado su vientre antes. En lo irreversible de una línea.
Cuando terminó, dejó la prueba sobre el lavamanos, boca abajo. No fue capaz de mirarla enseguida. Se apoyó en el espejo, cerró los ojos, contó sin saber hasta qué número.
Al final, no fue valentía lo que la hizo girar la prueba. Fue cansancio.
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Editado: 05.01.2026