Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 10: Asco es lo único que siento por ti.

Gael no la escuchó, o decidió no hacerlo. Dio un par de pasos fuera del baño, todavía sosteniéndola, como si ya estuviera armando algo en su cabeza: mañanas repetidas, una rutina ordenada, una vida que —para él— por fin volvía a encajar.

—Es nuestro —dijo, con una certeza casi luminosa—. ¿Te das cuenta? Un hijo. Una familia.

—Gael, por favor… —repitió Alma, esta vez con la voz quebrada, más fuerte—. Bájame.

Algo en ese tono lo obligó a detenerse.

La miró de verdad por primera vez.

Los ojos de Alma estaban húmedos, pero las lágrimas no caían. Su boca temblaba apenas, como si se estuviera sosteniendo con lo último que le quedaba. No había alegría, ni alivio. Solo un cansancio profundo, viejo, acumulado.

Gael la bajó con cuidado, como si temiera que se rompiera.

—¿Qué te pasa, mami? —preguntó, desconcertado—. Esto es bueno.

Alma dio un paso atrás. Luego otro. Necesitaba distancia, aire, algo que no fuera él tan cerca. El baño se sentía demasiado pequeño para todo lo que estaba a punto de decir.

—Para ti —respondió—. Para mí no- El silencio cayó con peso—No quiero volver a vivir contigo —dijo al fin, mirando el suelo—. No quiero regresar a eso. A nosotros.

Gael frunció el ceño, como si las palabras no terminaran de tener sentido.

—Estás confundida —respondió—. Es normal. Estás sensible.

—No —lo interrumpió ella, levantando la mirada por primera vez—. Estoy segura. Y eso es lo que más miedo me da-Se llevó una mano al vientre sin darse cuenta. El gesto fue breve, casi reflejo—Este bebé no cambia lo que fui contigo —continuó—. Ni lo que me dolió. Ni lo sola que me sentí estando a tu lado.

Gael dio un paso hacia ella, instintivo. Alma no retrocedió. Se quedó ahí, temblando, pero firme.

—No me cargues como si eso arreglara todo —dijo—. No me mires como si ya me hubieras recuperado.

Él abrió la boca para responder.

Entonces ella respiró hondo.

—No te amo, Gael.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

—Hace mucho que no —añadió, con la voz baja, pero firme—. Y no es solo eso… te detesto. Por cómo me anulaste. Por cómo me hiciste sentir pequeña. Por cómo me convencí de que eso era amor.

Gael se quedó inmóvil.

Algo en su expresión se quebró. Sus ojos, antes firmes, comenzaron a nublarse, como si una sombra espesa los cubriera. Parpadeó una vez. Luego otra. Su mandíbula se tensó, pero no dijo nada.

Alma lo miró sin apartarse.

—Este bebé no va a obligarme a volver contigo —concluyó—. No va a borrarlo todo. No va a salvarnos.

El silencio se volvió insoportable.

La prueba seguía sobre el lavamanos.
Dos líneas. Una certeza compartida. Pero no el mismo futuro.

Gael respiró hondo. Una vez. Dos. Como si el aire ya no le alcanzara.

Sus hombros, siempre tensos, cedieron apenas. La dureza de su rostro se resquebrajó y, por primera vez desde que Alma lo conocía, pareció perdido. No controlador. No seguro. Solo un hombre acorralado por algo que no podía ordenar.

—Princesa... Perdóname —dijo al fin.

La palabra salió rota, mal acomodada, como si no estuviera acostumbrado a usarla. Dio un paso más cerca, despacio, casi con miedo.

—Yo… no supe hacerlo mejor —continuó—. Pero te juro que nunca quise hacerte daño. Nunca.

Alma lo miró. No había rabia explosiva en su rostro, solo decepcion.

De repente , Alma dio un paso atras. Y escupió al suelo, entre los dos.

—Asco —dijo, sin levantar la voz—Es lo unico que siento por ti, Gael, solo eso.

La palabra fue limpia. Fría. Irreversible.

Gael se quedó quieto.

Fue como si algo dentro de él se rompiera del todo. Sus ojos, ya opacos, se llenaron de lágrimas que no logró contener. Una rodó primero, lenta, marcando el surco de su mejilla. Luego otra. No hizo el intento de limpiarlas.

No hubo gritos.
No hubo reproches.

Solo vergüenza.

Gael bajó la mirada, apretó los labios y asintió una vez, casi imperceptible, como si aceptara una condena que sabía merecida. Dio media vuelta sin decir nada más.

Caminó hacia la salida con pasos pesados. Antes de irse, se detuvo un segundo en el marco de la puerta. No miró atrás.

La puerta se cerró y el sonido fue claro, seco. Nada más.

Alma se quedó quieta unos segundos, como si todavía esperara que Gael regresara, que dijera algo más. Pero no pasó. El departamento quedó en silencio.

Entonces se le aflojaron las piernas.

Se apoyó en el lavamanos y empezó a llorar. No bonito, no contenido. Lloró de verdad, con la cara arrugada, con el pecho apretado, respirando mal. Se secó la nariz con el dorso de la mano, pero las lágrimas seguían saliendo.

—Lo siento…mi amor—dijo en voz baja, casi sin aire.

Se pasó una mano por la cara y luego por el vientre, despacio, sin saber bien por qué. Trató de calmarse, de ordenar lo que sentía, pero no pudo.

—Es lo mejor para los tres —murmuró, como si hablara con alguien más—. Para ti… para mí… para el bebé.

Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el mueble. Se quedó ahí un rato largo, llorando en silencio, respirando hondo cuando podía.

Gael ya no estaba.

Y aunque le dolía, aunque sentía culpa y miedo, Alma sabía que no había otra forma de hacerlo.

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