Gael caminó sin darse cuenta de cuánto le pesaban los pasos. No tenía idea de cómo había salido de allí, ni de qué gesto había dejado en su rostro cuando cerró la puerta. Solo sabía que la cabeza le zumbaba, que el pecho dolía de una forma que no sabía explicar y que su respiración no terminaba de acomodarse. Sentía que algo se le había hundido por dentro y no tenía forma de volver a levantarlo.
La palabra que Alma había dicho seguía ahí, demasiado viva.
Asco.
No podía quitársela de encima, como si la tuviera marcada en la piel. No podía aceptar que viniera de ella. No de cualquier persona. No de alguien que en algún momento lo miró diferente, que en algún tiempo confió en él, compartió una casa con él, una cama con él, planes futuros. Pensó que quizás era exageración de ella, que estaba dolida, alterada, pero en el fondo sabía que no. Ese tono no venía del enojo momentáneo, venía de algo que llevaba acumulado mucho tiempo. Se dio cuenta tarde. Como siempre.
Subió al ascensor sin mirar a nadie, con la mandíbula apretada porque sentía que si la aflojaba iba a empezar a llorar y no quería hacerlo allí, frente a desconocidos. Y mientras el ascensor subía, no podía dejar de preguntarse en qué momento todo se había ido al carajo. Recordaba momentos en que se creía un buen hombre, un buen proveedor, alguien que sabía “llevar” una relación. Ahora se daba cuenta de que nunca se preguntó si ella estaba bien, si era feliz, si se sentía acompañada. Simplemente había asumido que todo estaba “como debía”. Y ahora estaba pagando el precio de no haber mirado.
Gael llegó a su apartamento todavía con la cabeza pesada. Cerró la puerta sin mirar atrás, tratando de respirar normal, pero el aire seguía atorado. Apenas dio dos pasos, se dio cuenta de que algo no estaba bien. Había música, un olor dulce en el ambiente y una luz tenue que él no había dejado encendida.
Frunció el ceño.
—¿Quién está ahí?—pregunto confundido, pero entonces la vio.
Lucía, su secretaria, estaba en medio de su sala, con lencería negra, una bata abierta y una sonrisa segura que parecía practicada.
—Sorpresa —dijo ella, dando un paso hacia él—. Te vi mal hoy… y pensé que… necesitabas esto—abrio su traje mientras le enseñaba los melones.
Gael no respondió. Solo la miró. Por dentro, la cabeza le seguía sonando con la misma palabra.
Asco.
Lucía se acercó un poco más.
—Gael… —su voz bajó a un tono suave—. Yo puedo ayudarte. Puedo hacerte sentir mejor.
Le tocó el pecho con la punta de los dedos.
Ahí fue cuando él reaccionó.
Le agarró la muñeca, firme.
—Detente.
Ella se quedó quieta, sorprendida.
—Gael… no pasa nada. Solo relájate, yo—Lucia, jamas lo habia visto de esa manera, ya que mantenian una relacion a escondidas. Ya que Ambos eran casados..
—Dije que te detengas —repitió él, más serio—. Vístete.
Lucía frunció el ceño, sin entender.
—¿Estás… rechazándome?—pregunto afligida.
—Sí.
Hubo silencio unos segundos. Ella se cruzó de brazos, como si intentara procesarlo.
—Solo quería ayudarte —murmuró—. Siempre estás cargando cosas, nunca descansas. Yo pensé que… era lo que necesitabas.
Gael apretó la mandíbula. Estaba cansado. No tenía fuerzas para suavizar.
—No necesito esto —dijo—. No necesito distraerme. No necesito otra mentira encima de las que ya tengo.
Lucía lo miró fijo.
—¿Es por ella?
Gael respiró hondo.
—Sí. Es por ella. Y por mí también.
Lucía bajó la mirada un segundo mientras mordía su labio, pero cuando volvió a hablar, su voz salió cargada de veneno.
—Tú no la amas —susurró—. Esa mujer es una tonta. Además… ni siquiera es buena en la cama.
El ambiente se cortó.
Gael se quedó inmóvil, como si necesitara un segundo para asegurarse de que había escuchado bien. Su mandíbula se tensó. El cansancio que tenía en el cuerpo desapareció y fue reemplazado por algo distinto. No era arrogancia. No era orgullo. Era enojo real.
—No vuelvas a hablar de ella así—la amenazo con la mirada.
Lucía parpadeó, sorprendida.
—Gael, yo solo...
—No —la interrumpió, esta vez con firmeza—. No te estoy pidiendo una explicación. Te estoy diciendo que no lo hagas.
Ella frunció el ceño.
—Es la verdad. Te destruyó. Te dejó hecho mierda. Y tú sigues defendiéndola.
Gael apretó los puños.
—Ella no me destruyó. Yo me lo hice solo.
Lucía soltó una risa corta, incrédula.
—Por favor. Siempre fue fría. Siempre estaba inconforme. Siempre se quejaba. Y ahora te deja así, hundido…
—¡Lucía! —alzó la voz, sin gritar, pero dejando claro que había un límite—. No sabes nada de ella. No sabes nada de lo que pasó. No estuviste ahí.
Ella abrió la boca para responder, pero él siguió.
—Y aunque hubiera sido como tú dices… no tienes derecho a hablar así. No eres ella. No entiendes lo que vivimos. No entiendes lo que perdí—Gael trago grueso—una mujer encantadora.
Lucía tragó saliva. Por primera vez se vio pequeña frente a él. No por poder. Por realidad.
Gael se pasó una mano por el rostro, agotado.
—Lo que tuvimos fue real —dijo más bajo—. Y si terminé arruinándolo, fue por mí, no porque ella fuera “tonta” o “mala”. No vuelvas a faltarle el respeto.
Lucía bajó la mirada. Esta vez no contestó. No tenía argumentos.
Se giró en silencio, recogiendo su ropa con movimientos secos.
—Está bien —dijo simplemente, sin rabia, solo herida—. Me voy.
Caminó hasta la puerta. Se detuvo un momento. Se notaba que algo quería decir, pero ya no quedaba nada que pudiera servir.
—Solo… espero que no sea demasiado tarde para ti —murmuró antes de salir.
—Cierra la puerta —respondió Gael, sin mirarla.
La puerta se cerró.
La música siguió sonando unos segundos más, absurda, fuera de lugar.
Gael fue y la apagó.
El silencio lo golpeó.
Se dejó caer en el sofá. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, hundiendo las manos en su cabello.
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Editado: 05.01.2026