Alma decidio salir de casa, no podia quedarse ni un segundo mas en esa habitacion.
caminó sin ver realmente hacia dónde iba. Su cuerpo se movía, pero su mente seguía atrapada en lo mismo: la palabra que había dicho… y el eco de todo lo que ya no tenía fuerzas para sostener.
Cuando por fin se detuvo frente a la vieja casa de su madre, se quedó un momento quieta. El portón oxidado, las paredes con grietas, la cortina eterna en la ventana… nada había cambiado. Y sin embargo, ella ya no era la misma.
Respiró hondo. Tragó saliva y tocó.
Tardaron en abrir. O tal vez fue ella quien sintió que el tiempo se estiraba.
La puerta se abrió con un chirrido. Su madre apareció. El mismo rostro duro, cabello negro recogido de cualquier manera, esa mirada que siempre parecía juzgarlo todo antes de sentirlo.
—¿Qué quieres? —preguntó sin suavidad, sin sorpresa, sin abrazo.
Alma apretó los labios. La garganta le ardía.
—Mamá… —su voz salió rota—. Necesito quedarme aquí un tiempo.
Hubo un segundo de silencio.
Uno solo.
Y luego, la sentencia.
—Te lo dije.
No fue un regaño. Fue un golpe.
Alma bajó la mirada.
—No vengas con esa cara —continuó su madre, cruzándose de brazos—. Yo te advertí. Te lo repetí mil veces. Ese hombre no era para ti. Se veía desde lejos. Pero claro… tú siempre has sido testaruda. Creíste que sabías más que nadie.
La palabra “mamá” se quedó atorada en su pecho.
—No vengo a pelear —susurró—. Solo… necesito estar aquí. Unos días.
Su madre la miró de arriba abajo. No vio a su hija herida. No vio el temblor en sus manos. No vio la sombra en sus ojos.
Solo vio la elección que nunca aceptó.
—¿Y ahora sí vienes llorando? —soltó con ironía amarga—. ¿Ahora sí recuerdas que tienes madre? Porque cuando estabas feliz con tu “gran amor” ni te acordabas de esta casa.
Alma apretó los puños.
No era verdad… pero tampoco tenía fuerzas para defenderse.
—No estoy llorando —murmuró—. Solo necesito un lugar.
Su madre soltó una risa seca.
—Claro. Cuando te conviene, aquí sí hay casa. Cuando todo era bonito, yo era la exagerada, la amargada, la que “no entendía”. Pero mira… el tiempo siempre me da la razón.
Alma levantó el rostro. Sus ojos brillaban, pero no lloraba. Había pasado demasiado tiempo aguantando como para quebrarse tan fácil.
—No vengo a que me digas “te lo dije” —dijo con calma triste—. Vengo porque no tengo a dónde más ir.
Su madre guardó silencio, por un segundo, pareció pensar.
Por un segundo, Alma esperó… solo un poco… una caricia… algo.
Pero no.
—Te metiste con un hombre que nunca te quiso como debía —escupió—. Yo lo vi desde el primer día. Ese tipo no era hogar, era problema. Pero tú te sentías grande, poderosa, enamorada… ahora atente.
—Mamá… —susurró Alma, sintiendo que el pecho le dolía otra vez.
—Si entras a esta casa —continuó la mujer, con esa dureza que confundía con fortaleza— será para aceptar que cometiste el peor error de tu vida y que yo tenía razón. Aquí no te voy a consentir. Aquí no hay lástima.
Alma cerró los ojos un momento.
No había abrazo.
No había refugio.
Solo condiciones.
Sin embargo… no tenía otro lugar.
Asintió despacio.
—Está bien.
Su madre la miró unos segundos más. Luego se hizo a un lado.
—Pasa.
Alma cruzó la puerta.
El olor conocido, la casa silenciosa, el ambiente pesado… nada la recibió realmente.
Solo un techo.
Que a veces… también es algo.
Dejó la maleta en el piso. Sus hombros cayeron. Creyó que al llegar sentiría alivio.
Pero solo sintió vacío.
Su madre cerró la puerta sin delicadeza.
—Y ni se te ocurra llorar por ese hombre aquí —añadió—. No pienso escucharte lamentarte por alguien que yo siempre supe que no valía la pena.
Alma no respondió.
No podía. No tenia verguenza.
Se quedó quieta en medio de la sala, sin saber si había llegado… o si simplemente había cambiado de cárcel.
Porque una cosa comenzó a dolerle más que Gael.
La certeza de que, incluso allí… tampoco era querida.
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Editado: 05.01.2026