Alma avanzó unos pasos dentro de la casa, intentando acostumbrarse de nuevo a ese silencio áspero que siempre había pesado sobre esas paredes. Sus pies se movieron casi solos hacia la cocina. No era hambre realmente… era más una necesidad absurda de hacer algo, de no quedarse quieta sintiendo cómo el pecho se le apretaba.
Abrió la nevera.
Un olor agrio salió de golpe, como si el aire viejo hubiese estado guardando rencor. Dentro, apenas había nada. Un envase vacío, una botella de agua a medio terminar… y un pedazo de queso amarillento, reseco, con bordes manchados de moho.
Alma lo miró.
Su estómago se revolvió.
Sintió una punzada caliente subirle por la garganta. Cerró los ojos. Respiró hondo. Pensó que era el asco… pero no. Era más profundo. Más pesado. Algo dentro de ella se retorció de manera distinta, como si su cuerpo recordara algo que su mente todavía no quería aceptar.
Llevó una mano a su vientre.
Tragó saliva.
Otra arcada la obligó a inclinarse un poco hacia adelante.
—¿Y ahora qué estás haciendo? —la voz de su madre tronó detrás de ella.
Alma no alcanzó a responder.
Sintió de pronto un tirón violento. La mano dura de su madre le agarró el cabello y la jaló hacia atrás, obligándola a enderezarse de golpe. El dolor fue seco, punzante. El aire se le escapó de los pulmones.
—Solo buscaba algo que comer.
—¡No vengas aquí a abrir la nevera como si esto fuera hotel! —escupió la mujer, con rabia vieja acumulada—. ¡Tú te fuiste con tu marido, con tu vida perfecta, pues ahora aguántate! Aquí la comida no aparece por arte de magia.
—Mamá… suéltame… —murmuró Alma, mareada.
Pero la mujer no se calmó.
Su mirada era dura, resentida, casi cruel.
—¡Yo no soy tu sirvienta! —continuó, jalándole un poco más—. ¡Yo no voy a mantenerte! ¡Te largaste como reina y vuelves como mendiga! No vengas a hacerte la víctima ahora.
Otra arcada golpeó el estómago de Alma.
Esta vez, no pudo contenerla.
Se inclinó hacia el lavaplatos, respirando entrecortado. El mundo le dio un pequeño giro, y sus manos se apoyaron en el borde para no caer. Su cuerpo tembló sin su permiso.
—¿Qué te pasa? —soltó su madre, ahora más fastidiada que preocupada—. ¡No empieces con dramas!
Alma apretó los dientes.
Sentía la saliva espesa, la náusea insistente, el cuerpo sudoroso.
Su madre chasqueó la lengua, molesta.
—Siempre tan exagerada… apenas hueles algo y ya te pones como si te fueras a morir. ¡Compórtate, Alma! Aquí no hay espacio para tus sentimentalismos.
Alma respiró hondo.
Otra arcada.
Otra punzada en el vientre.
Sus manos temblaron.
Y por primera vez desde que cruzó esa puerta, una lágrima resbaló silenciosa por su mejilla.
#280 en Novela romántica
#129 en Chick lit
sumisa y dominante, toxico, celos deseo lujuria hombre posesivo
Editado: 05.01.2026