Gael estaba en su oficina.
Las luces blancas, los ventanales altos, la mesa impecable… todo parecía en orden. Todo bajo control. Como siempre. Su traje perfecto, su semblante firme, esa expresión de hombre que jamás pierde… aunque por dentro algo lo apretaba desde la última discusión con Alma.
Intentaba concentrarse en los documentos frente a él, pero no podía evitar que su mente regresara, una y otra vez, a su mirada rota cuando se fue.
Su celular vibró sobre el escritorio.
Miró la pantalla y frunció el ceño. Ya que era un numero desconocido. Dudó un segundo, pero contestó.
—¿Aló?—contesto de manera seca.
Lo primero que escucho no fue un saludo.
Fue un grito.
—¡Eres un desgraciado!
Gael parpadeó, endureciendo la mandíbula.
—¿Quién habla?—miro a su alrededor para ver si alguien estaba escuchando. Ya que ese grito lo dejo sordo.
—La madre de Alma —escupió la voz al otro lado, cargada de veneno.
El ambiente de la oficina pareció tensarse. Gael se incorporó un poco en la silla.
—¿Qué sucede?
—¿Qué sucede? —la mujer soltó una risa amarga—. ¡Sucede que tu “esposa” está en mi casa muriéndose de hambre mientras tú estás muy cómodo en tu oficina de señorito millonario!
Gael apretó la mandíbula, pero su voz siguió fría.
—Si Alma está contigo, está porque quiso irse de mi casa. Yo no la eché.
—¡No te hagas el inocente! —lo cortó ella—. ¡La destrozaste! ¡La humillaste! ¡La dejaste hecha nada y ahora la tengo aquí, temblando, sin comer, con náuseas, y yo NO pienso hacerme cargo! ¡Esa muchacha es tu problema, no el mío!
Gael guardó silencio unos segundos.
El corazón le dio un pequeño golpe en el pecho.
Náuseas.
Temblor.
Hambre.
—¿Esta muy grave? —preguntó, sin poder evitar el cambio en su voz.
—Lo que esté, no me importa —respondió la mujer, dura—. No voy a cargar con las consecuencias de tus caprichos. ¡Ven por ella! ¡Llévatela! ¡Porque aquí no la quiero! Yo no voy a estar cuidando a una niña tonta que creyó en ti y ahora se está desbaratando.
—Baje el tono —Gael respondió con frialdad, su voz baja, peligrosa—. Está hablando de mi esposa.
—¡¿Y qué si lo hago?! —la mujer casi gritó—. ¡Porque como “esposo” no sirves para nada! ¿Sabes qué? Me das pena. Tanto dinero, tanto poder, tanta elegancia… y no fuiste capaz ni de darle seguridad. ¡Ni comida! ¿Para eso se casó contigo?
La vena en la sien de Gael se marcó.
—Yo nunca permitiría que le faltara algo —respondió, molesto.
—¡Pues eso es EXACTAMENTE lo que está pasando! —su madre arremetió—. Ella está aquí porque no puede más, porque está rota, porque algo le pasa y tú ni siquiera estás para verla. ¡Hombre de “control”, pero incapaz de controlar lo que más importa!
Hubo un segundo en que el silencio se hizo pesado.
Gael respiró despacio.
Sus dedos golpearon el escritorio.
Ese orgullo frío que siempre lo protegía empezó a resquebrajarse.
—Dígame dónde está —ordenó al fin. Gael llevaba años que no visitaba a su suegra ya que la señora era dificil de tratar.
—Donde siempre —respondió la mujer con desprecio—. En la misma casa que despreciaba porque yo era “dura”. Y sí, soy dura. ¿Sabes por qué? Porque la vida la hizo así. Porque hombres como tú la hacen así.
Gael apretó los ojos un segundo.
—Voy por ella.
—Más te vale —escupió la madre—. Porque si no vienes… va a terminar peor. Y no me mires a mí. Yo ya hice suficiente pariendo una hija para que tú la destruyeras.
Y sin más…
Colgó.
El sonido seco de la llamada terminada quedó flotando en la oficina.
Gael permaneció inmóvil.
Su respiración pesada.
Su pecho golpeando.
Alma hambrienta y temblando en esa casa, ademas no iba a permitir que su hijo pasara por esa situacion. No ahora que la criautura esta recien.
Su mano se cerró sobre el celular, luego se levantó de la silla y coloco su chaqueta, por primera vez…
el hombre que siempre tuvo el control, lo estaba perdiendo.
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Editado: 05.01.2026