Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 15: sufrimiento

Alma.

El patio olía a tierra mojada y a ropa vieja tendida desde hace días. El cielo estaba nublado, pesado, como si también tuviera ganas de llorar. Alma estaba sentada en una silla de plástico medio vencida, inclinada hacia adelante, con las manos cubriéndole la cara mientras las lágrimas le caían sin ruido. Ya ni siquiera lloraba con fuerza; solo dejaba que el dolor saliera… cansado, lento… igual que ella.

Sentía la garganta apretada, el pecho dolido, la cabeza dando vueltas.
“Estoy agotada”, pensó. Agotada de luchar, de aguantar, de seguir respirando cuando todo adentro duele.

Entonces, un movimiento al otro lado de la reja la obligó a levantar la mirada.

Su vecina de la infancia pasaba caminando con su esposo. Él llevaba al niño de la mano y el pequeño iba saltando feliz, señalando algo en el cielo. La mujer se detuvo para acomodarle el cabello al niño, le sonrió, luego se inclinó y besó al hombre con una naturalidad que dolía.

Una familia simple.
Un amor sencillo.
Un hogar.

Eso que alguna vez Alma había querido para sí.

Sintió una punzada en el pecho, tan fuerte que tuvo que tragar saliva.

Porque sabía que eso no era para ella.

Que su vida se había mezclado con la de Gael… un hombre lleno de poder, orgullo, frialdad… y demasiadas sombras. Un hombre que afuera brillaba, pero por dentro destruía. Mujeriego, distante, imposible.

Y ella…
ella quería algo tan simple…
y tan inalcanzable.

Bajó la mirada a su vientre. Sus manos temblorosas lo acariciaron con cuidado, como si le diera miedo tocar ese pequeño secreto que aun su madre no sabía.

—Tú no mereces este caos —susurró, con la voz quebrada—. No mereces una madre rota… ni un padre así…

Las lágrimas volvieron a salir.

Se abrazó el estómago con desesperación, queriendo proteger lo único que aún la unía a algo parecido a esperanza.

Entonces la puerta del patio se abrió de golpe.

—¡¿Qué haces ahí sentada como una desgraciada?! —la voz dura de su madre retumbó como un golpe.

Alma se sobresaltó. Se limpió las lágrimas rápido, como una niña que no quiere ser descubierta llorando.

—Yo… —intentó decir.

Pero no alcanzó.

Su madre cruzó el patio con esa expresión amarga de siempre, con una cuchara de madera en la mano. Ni siquiera dudó.

¡TAC!

Le dio en la espalda.

No fue un golpe para hacerla caer… pero sí lo suficiente para humillarla. Para recordarle dónde estaba… y quién mandaba ahí.

Alma apretó los dientes y cerró los ojos.

—Levántate —ordenó su madre, seca, sin una pizca de compasión—. Entra y lava esos platos. Llevan ahí meses porque a mí no me da la gana. Ya que vuelves a mi casa… al menos sirve para algo.

Las palabras pesaron más que el golpe.

Alma bajó la mirada, tragándose las lágrimas otra vez.

—Mamá yo… —intentó hablar, pero su voz sonó tan pequeña que casi no se escuchó.

—¡Nada de “mamá”! —le gritó, molesta—. Llegas a esta casa y lo único que haces es llorar, quejarte y mirar al vacío. ¿Crees que voy a mantenerte? ¿Crees que voy a cuidarte porque ese marido tuyo se aburrió de ti? No, niña. Aquí nadie te va a consentir.

Cada palabra era como clavarle algo por dentro. Quiso decirle que estaba embarazada. Pero la palabra se quedó en su garganta.

Su madre la miró con fastidio y soltó:

—Y deja de tocarte tanto esa barriga. Ya bájate de esa pose de víctima. Muévete.

Ese “barriga” la atravesó diferente.

Alma apretó sus manos sobre su vientre.
Quería soltarlo.
Quería contarlo.
Quería gritarlo.

“Mamá… voy a tener un bebé…”

Pero la miró.

Miró esos ojos fríos.
Ese rechazo de toda la vida.
Esa dureza que nunca se quebraba.

Y se calló.

Porque supo que, si decía algo… Su madre iba a ser capaz de hacerla abort@r

Respiró profundo, aunque le ardiera el pecho. Se levantó despacio sin decir nada, y se fue hacia la cocina.

Alma entró a la cocina con los ojos aún ardiéndole. El olor fue lo primero que la golpeó. Era una mezcla asquerosa de comida podrida, grasa vieja y humedad encerrada. La pila estaba llena de platos amontonados, ollas pegajosas, vasos con manchas amarillas… y algo moviéndose entre ellos.

Se acercó despacio.

Y los vio.

Gusanos.

Gordos, blancos, arrastrándose tranquilos sobre restos de arroz negro y carne descompuesta. Algunos caían dentro del agua estancada, otros se metían entre los platos como si aquella miseria fuera su hogar.

El estómago de Alma se revolvió.

Se llevó la mano a la boca.

Entonces la voz de su madre estalló desde la sala:

—¡Alma! —gritó con fastidio— ¡Apúrate! ¡Muévete! Que voy a hacer papa sancochada y necesito la cocina libre. ¡No te demores todo el día con esas babosadas!.




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