La cocina seguía oliendo a podredumbre cuando esa voz rompió el aire.
—¡Alma!
El nombre retumbó por toda la casa.
Gael.
Alma sintió que el corazón se le subía a la garganta. La esponja se le cayó de las manos. El miedo la atravesó como una corriente fría.
—No… no, por favor… —susurró, temblando.
Antes de que pudiera reaccionar, su madre escuchó la voz y se giró. No hubo rabia esta vez. No hubo furia.
Hubo algo peor.
Una sonrisa.
—¿Gael? —dijo, sorprendida, y su tono cambió de inmediato—. ¡Gael!
Salió casi corriendo a abrirle la puerta, pero no con odio… sino con disposición.
Alma sintió que el piso se le movía.
No quería verlo.
No quería escucharlo.
No quería sentir nada.
Buscó una salida, pero no había. Ni puertas, ni ventanas, ni escapatoria. Se abrazó el vientre por reflejo, como si pudiera protegerlo de lo que estaba a punto de pasar.
La puerta se abrió.
Gael entró.
Grande.
Imponente.
Con esa presencia que llenaba cualquier lugar.
Su madre no lo detuvo.
Ni lo insultó.
Ni lo echó.
Al contrario.
—Pasa, hijo —le dijo con una amabilidad que jamás tuvo para Alma—. Qué gusto verte.
Su voz sonaba suave, complacida… tan distinta a los gritos de siempre. Incluso le dio una palmada en el brazo, casi cariñosa.
—Gracias por venir —añadió, como si él fuera una salvación.
Gael la miró apenas, serio, contenido.
—Vine por Alma.
—Lo sé —respondió ella con calma—. Y haces bien. Aquí no está… cómoda. No es lugar para alguien como ella… ni para alguien como tú. Lo mejor es que te la lleves.
Alma sintió que algo se rompía por dentro.
No gritó.
No lloró.
No se movió.
Solo sintió cómo, poquito a poco, el aire la abandonaba.
Su madre no la defendía.
No la protegía.
No luchaba por ella.
La quería fuera.
—Ella… —Gael tragó saliva—. Necesita cuidado.
La mujer asintió, casi orgullosa de él.
—Y tú puedes dárselo —respondió con voz firme, pero amable—. Hazte cargo. Como hombre. Como “marido”.
Luego bajó la voz, pero no lo suficiente como para que Alma no escuchara:
—Yo no voy a cargar con alguien tan… problemática. Ella nunca fue fácil. Siempre fue débil. Siempre llorando. Aquí no sirve. Contigo, al menos, tiene alguna utilidad.
Las palabras dolieron más que cualquier grito.
Más que cualquier golpe.
Más que cualquier insulto.
Gael cerró los ojos un segundo.
Como si también le pesaran esas palabras.
—¿Dónde está? —preguntó.
La madre sonrió, cordial, complaciente, como si estuviera ayudando a alguien importante.
—En la cocina, limpiando —dijo, señalando el pasillo—. Ve por ella, Gael. Llévatela. Yo ya hice demasiado teniendo que verla aquí.
Y con eso…
Lo entregó todo.
A su hija.
Su dignidad.
Su dolor.
Como si Alma fuera un estorbo.
Como si no valiera quedarse.
Como si nadie la quisiera.
Los pasos de Gael empezaron a acercarse.
Y Alma…
temblando…
con las manos mojadas…
con las lágrimas queriendo salir…
solo pudo pensar una cosa:
“Mi propia madre quiere deshacerse de mí.”
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Editado: 05.01.2026