Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 17: Alma partida en dos

Los pasos de Gael resonaron como martillazos en el piso. Cada uno se sentía pesado, inevitable… como si el destino estuviera caminando hacia ella.

Alma apretó los labios hasta cortarse la respiración. Quiso moverse, pero el miedo la clavó al suelo. Las manos le temblaban tanto que el agua que aún resbalaba de sus dedos caía en pequeñas gotas desesperadas.

—Alma… —la voz de Gael apareció en el marco de la cocina.

Ella no lo miró.

No podía.

Sus ojos estaban fijos en la pared mugrienta, como si ahí pudiera esconderse. Como si ignorarlo lo hiciera desaparecer.

Pero él avanzó.

Lento.
Seguro.
Con esa frialdad que no era grito, pero era igual de violenta.

Se detuvo a su lado.

Por un segundo, nadie dijo nada.

Solo existía el olor a humedad, el silencio pesado… y esa tensión que apretaba el aire.

—Mírame —ordenó él, bajo, con esa voz que no necesitaba fuerza para ser peligrosa.

Alma negó apenas, un movimiento casi invisible.

—Gael… no… —susurró, y la voz se le quebró.

Él frunció el ceño.

Había enojo en su mirada.
Pero también algo más.

Dolor.

Rabia contenida.
No hacia ella.
Hacia el mundo. Hacia lo que estaban viviendo. O tal vez… hacia sí mismo.

—Alma —repitió, más firme—. Mírame.

Ella juntó toda la valentía que le quedaba… y al fin levantó la mirada.

Gael respiró hondo al verla.

Ojerosa.
Pálida.
Con el miedo clavado en los ojos.

Su mandíbula se tensó.

—Nos vamos —dijo sin rodeos—. No vas a quedarte aquí.

Las lágrimas finalmente salieron. No porque quisiera quedarse… sino porque dolía. Porque ser entregada así la había roto.

—No quiero ir contigo —confesó, con la voz hecha trizas—. No… no puedo.

Gael bajó la mirada al vientre que ella protegía instintivamente. Su mirada se endureció… pero no de crueldad. Era algo más complicado. Algo que ni siquiera él sabía manejar.

—No tienes opción —respondió, pero ya no sonaba frío. Sonaba cansado.

Alma dio un paso atrás.

Él avanzó.

—No me toques —pidió ella, casi suplicando—. No me obligues.

Gael apretó los puños.
El control se le veía en cada músculo.

—Si pudiera dejarte aquí… lo haría —dijo, sincero, con un tono bajo que dolía—. Pero no voy a hacerlo. No voy a perderte. No voy a perder… —se detuvo— lo que llevas.

Ella tragó saliva.

La cocina pareció empequeñecerse.

—No eres dueño de mí —se atrevió a decir, aunque la voz le temblaba—. No puedes decidir por mí.

Gael la observó largo rato.
Y por primera vez…

No fue el hombre imponente.
No fue el controlador.
No fue el lobo.

Fue un hombre que no sabía qué hacer.

—Tal vez no —respondió con sinceridad cruda—. Pero voy a hacerlo igual.

Y entonces, la madre apareció apoyada en el marco de la puerta, cruzada de brazos, mirando la escena como si ya estuviera resuelta.

—Gael —dijo con calma—, si necesitas ayuda para sacarla, yo…

—No —la cortó él, sin siquiera mirarla, con una firmeza helada que hizo que incluso ella callara.

Se acercó un poco más.

Alma retrocedió hasta chocar con el mesón.

Gael levantó una mano…
pero no la agarró.

La apoyó en la mesa, a su lado, como si estuviera conteniéndose de tocarla.

—No voy a hacerte daño —le dijo despacio—. Pero no voy a dejarte destruida aquí tampoco.

Ella cerró los ojos.
Dos lágrimas pesadas cayeron.

—No quiero volver contigo… —susurró—. Tú también me rompes.

Gael respiró profundo.
Dolido.
Como si esas palabras lo cortaran.

—Lo sé —admitió en voz baja.

El silencio volvió.

Pero ya no era frío.

Era doloroso.
Humano.
Crudo.

Luego, con suavidad inesperada, Gael extendió la mano hacia ella… sin tocarla.

Solo ofreciéndosela.

—Vámonos, Alma —dijo—. Si vas a odiarme… que sea lejos de quienes no te quieren.

Ella lo miró.

Al hombre que la controlaba.
Al hombre que le daba miedo.

Pero también…
al único que, en ese instante,
no estaba dispuesto a abandonarla.

Y el mundo se redujo a esa mano.

A esa decisión.

A ese instante.

¿Se iría con él?
¿O pelearía… aunque estuviera tan rota?

El corazón le golpeaba el pecho.

Y Alma…
temblando…
con los ojos llenos de lágrimas…




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