La mano de Gael seguía extendida frente a ella. No había dramatismo exagerado ni valentía heroica. Solo había cansancio, dolor acumulado y una decisión que parecía demasiado grande para la fuerza que aún le quedaba. Alma dudó unos segundos, pero finalmente movió la mano. Sus dedos temblaban, su respiración era corta, pero aun así se atrevió a tocarlo. Gael la sostuvo de inmediato, no con la brutalidad con la que muchas veces imponía las cosas, sino con una firmeza cargada de contención, como si sostuviera algo que sabía frágil y roto.
No dijo nada mientras la guiaba hacia la puerta. No tiró de ella ni la obligó. Caminó a su lado, atento a cada paso, consciente del miedo que la atravesaba. En el pasillo los esperaba su madre, con los brazos cruzados y una sonrisa satisfecha que contrastaba brutalmente con el dolor de Alma.
—Así está mejor —comentó la mujer con una ligereza cruel—. Sabía que al final terminarías donde perteneces.
Gael apretó la mandíbula, pero todavía no respondió. Sacar a Alma de esa casa era su prioridad. Ella evitaba mirar a su madre porque sabía que si lo hacía se rompería por completo. Esa voz que alguna vez deseó escuchar con cariño sonaba ahora más venenosa que nunca.
—Al menos sirves para algo allá —añadió la mujer, clavando su mirada fría sobre su hija—. Aquí solo estorbas. Mejor que él te ponga en tu lugar.
Gael se detuvo. Su mano apretó un poco más la de Alma, no por amenaza, sino porque esas palabras le dolieron incluso a él.
—No hable así —dijo con voz baja pero firme.
Ella lo miró con una ceja levantada, sorprendida de que alguien se atreviera a responderle.
—Solo digo la verdad, Gael. Yo no voy a cargar con alguien tan inútil. Si tú quieres hacerlo, adelante. No es mi problema. Si salió defectuosa, no es asunto mío.
Alma sintió que esas palabras le atravesaban el pecho. Su madre no dudaba. No se arrepentía. No había rastro de amor en su voz. Gael respiró profundo y continuó llevándola hacia la puerta. La abrió y el aire del exterior entró como un golpe de realidad. La madre los siguió hasta el umbral.
—Y procura que no vuelva —añadió con tono despreocupado—. No pienso soportar su drama otra vez. Lo que te llevas ya estaba dañado antes de que existieras en su vida.
Gael llevó a Alma hasta el auto y le abrió la puerta con suavidad. Ella se sentó sin resistencia, derrotada, abrazando su vientre como único refugio. Él cerró la puerta y entonces se giró hacia la mujer. Ya no quedaba contención en su mirada. Era fría, directa y peligrosa.
—Usted no es madre —dijo despacio—. Es solo una mujer que dio a luz.
Ella sonrió con desprecio.
—Hice más de lo que debía. Si salió así, no es culpa mía.
Gael dio un paso hacia ella. No la tocó, no gritó, pero su presencia bastó para incomodarla.
—Lo defectuoso no fue ella —respondió—. Fue usted. Porque una madre que no protege, que no ama, que no lucha por su hija, no sirve. Ni siquiera para odiarla bien.
Por primera vez, la sonrisa de la mujer desapareció. El orgullo se le quebró apenas, lo suficiente para mostrar el resentimiento que guardaba.
—Te vas a arrepentir —escupió con rabia contenida—. Esa niña te va a destruir. Arruina todo lo que toca. Es lo único que sabe hacer.
—Lo único que me destruye —contestó Gael— es saber que tuvo que crecer con alguien como usted.
Hubo un silencio pesado. Y entonces dijo algo más.
—Si algún día ella vuelve aquí, no será porque la necesita. Será para demostrar que sobrevivió a usted.
Eso fue lo que terminó de romperla. La mujer levantó la mano sin pensarlo y le cruzó la cara. La bofetada sonó dura, fuerte, cargada de odio y humillación. Gael apenas giró el rostro. No retrocedió. No perdió la calma. Simplemente la miró como si acabara de confirmar todo lo que ya sabía.
La mujer respiraba agitada, los ojos llenos de resentimiento.
—Ojalá se destruyan mutuamente —dijo con veneno puro—. Ojalá ella sufra todo lo que merece. Ojalá ese hijo nunca nazca bien. Ojalá la vida la aplaste. Y ojalá jamás vuelva a ver su cara. Alma creiste que no me daria cuenta, supe que estabas embarazada desde el primer instante que cruzaste mi casa.
Alma escuchó cada palabra desde dentro del auto. Sintió cómo su corazón se despedazaba. Su madre no solo la estaba echando: estaba deseándole desgracia. A ella. A su bebé. A todo lo que fuera capaz de amar.
Gael respiró profundo y respondió con calma helada:
—Cuídese.
Pero no sonó como cortesía. Sonó como una despedida definitiva. Caminó hacia el auto, abrió la puerta del conductor, se sentó y encendió el motor. Por un instante no se movió. Sus manos apretaban el volante con una furia contenida, pero cuando habló su voz fue suave.
—Lo siento.
Alma negó lentamente.
—No te disculpes —dijo con la voz rota—. No fuiste tú.
—No tenía derecho a decir eso. Ni a tocarme. Mucho menos a maldecirte —murmuró él.
—Siempre ha tenido ese derecho —respondió Alma con una sonrisa triste—. Lo tomó desde que nací.
Gael la miró de reojo, pero no dijo nada más. Empezó a conducir. Detrás quedó la casa. Y con ella, la risa de su madre, esa risa satisfecha que Alma escuchó por última vez, como si haberla perdido fuera para ella una victoria.
El silencio dentro del auto era doloroso. Gael bajó un poco la velocidad, como si supiera que Alma estaba procesando una herida que no cerraría fácilmente.
—No voy a dejar que eso te marque —dijo con firmeza—. No voy a permitir que lo que ella te dijo te acompañe toda la vida.
—Ya lo hizo —susurró Alma—. Lo hizo desde siempre.
Gael miró al frente, decidido.
Se abrazó el vientre. No era paz lo que sentía, ni alivio. Era despedida. Porque ese día no solo se fue de casa: murió la última parte de ella que todavía esperaba amor materno. La niña que quiso ser querida dejó de existir. La esperanza de escuchar algún día “quédate” se apagó.
#280 en Novela romántica
#129 en Chick lit
sumisa y dominante, toxico, celos deseo lujuria hombre posesivo
Editado: 05.01.2026