Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 19: Confía en mi

El edificio se alzó frente a ellos como una estructura ajena al caos que acababan de dejar atrás. No era lujoso, pero tampoco humilde. Tenía ese aire neutral y silencioso como de constumbre. Gael estacionó sin prisa. Apagó el motor, pero no se movió. Sus manos siguieron en el volante unos segundos más, como si necesitara asegurarse de que el mundo, al menos en ese pequeño espacio, no se iba a derrumbar.

—Estamos aquí —dijo Gael, suave.

Ella parpadeó, regresando lentamente al presente.

Asintió sin decir nada.

Gael bajó primero. Rodeó el auto y abrió la puerta para ella. Su gesto fue delicado, cuidando cada movimiento, como si Alma fuera de cristal. Y quizá lo era. No porque fuera débil, sino porque estaba rota en demasiadas partes.

Ella salió apoyándose un poco en la puerta. No porque estuviera cansada físicamente, sino porque el alma le pesaba más que el cuerpo. Gael no la apresuró. No le dijo “vamos” ni “apúrate”. Como lo hacia antes. Esta vez esperó. Y cuando ella comenzó a caminar, la acompañó en silencio.

Subieron en ascensor. El reflejo en el espejo metálico devolvió la imagen de dos personas que parecían haber sobrevivido a una guerra. Gael la miró de reojo, pero Alma evitó ese reflejo. No quería verse. No quería mirarse a los ojos y encontrar ahí el vacío.

El ascensor se abrió. Caminaron por el pasillo. Había un olor tenue a desinfectante y a tranquilidad ajena. Gael sacó las llaves. Alma escuchó el sonido del metal en la cerradura y sintió una presión en el pecho.

Era raro. Entrar al lugar donde tanto te hicieron sufrir.

La puerta se abrió.

Y Alma se quedó quieta.

El apartamento estaba impecable.

No era el caos que recordaba. No estaban las botellas vacías, ni la ropa tirada, ni los restos de días de desorden. No había olor a cigarro, ni a alcohol viejo, ni a descuido. El lugar estaba limpio, ordenado, casi… acogedor.

La mesa estaba despejada. El suelo brillaba. Los sofás estaban alineados, sin manchas, sin arrugas, sin signos de rabia contenida. Las cortinas estaban abiertas y entraba la luz. Alma tuvo la impresión de que incluso el aire se sentía distinto, más liviano, más respirable.

Caminó un poco más adentro, con cautela.

Fue entonces cuando la vio.

Una mujer de unos cincuenta años, contextura robusta, cabello recogido, uniforme sencillo de limpieza, estaba acomodando unas cosas sobre la cocina. Al escuchar la puerta, se giró y sonrió.

—Buenas tardes.

Alma parpadeó otra vez. La sorpresa era evidente en su rostro.

Gael asintió con respeto.

—Gracias por quedarse un poco más.

—No se preocupe, joven. Ya casi termino. Solo estoy secando esto.

La mujer siguió con su labor, pero no con indiferencia. Miró de reojo a Alma, con una expresión suave, genuinamente humana. No había lástima. Había comprensión, esa comprensión silenciosa que tienen las personas que han visto suficiente dolor en la vida para reconocerlo sin preguntas.

Alma sintió incomodidad.

No sabía qué sentir.

No sabía qué hacer con ese espacio limpio, con esa calma tan ajena a ella. Sentía que no encajaba. Que estaba entrando en un lugar al que no pertenecía. Como si el orden mismo la rechazara.

Gael cerró la puerta detrás de ellos.

—Puedes sentarte —dijo despacio—. O si prefieres, ve al cuarto. Todo está listo—Alma no podia creer lo que escuchaba, cuando vivia junto a Gael todo era desorden, ahora hasta habia contratado a una señora del aseo.

Todo está listo.

Esa frase la atravesó.

Se giró lentamente hacia él.

—¿Preparaste esto?

Gael no esquivó la mirada.

—Sí.

Ella tragó saliva.

—¿Desde cuándo?—Era sorpresa, magicamente ya no era el mismo Gael de mujeriego y desordenado. Antes llegaba borracho y empezaba a tirar todo.

—Desde… —inhaló— desde antes de ir por ti.

Ella rió, pero no fue una risa alegre. Fue una risa rota, incrédula, cargada de escepticismo.

—Claro —murmuró—. Siempre listo. Siempre perfecto. Siempre “controlándolo todo”.

Gael la miró con calma, aunque su mandíbula se tensó un poco.

—No es perfección, Alma. Es intentar que no te duela más. Quiero cambiar.

Ella frunció el ceño.

—¿Y crees que limpiar una casa arregla algo? ¿Crees que traer a una señora y ordenar todo hace que… —se detuvo, su voz se quebró— que todo deje de doler?

Gael guardó silencio unos segundos. No se defendió de inmediato. No la contradijo con brusquedad. Solo habló cuando estuvo seguro de que podía hacerlo sin herirla.

—No —admitió—. Pero es lo único que puedo hacer hoy. Darte un lugar que no sea hostil. Un lugar donde no te dañen. Un lugar donde… —la miró a los ojos— puedas respirar.

Alma apartó la mirada de inmediato.

Respirar.

Qué palabra tan simple.

Qué imposible se sentía.

Caminó hasta el sofá y se sentó lentamente. Sus manos seguían en su vientre, como si su bebé fuera el último ancla que la sostenía. La mujer del aseo terminó de ordenar unos trapos, secó la superficie de la cocina y luego se acercó un poco.

—Voy a salir por la puerta de servicio —dijo con amabilidad—. Dejé todo listo. Si necesita algo, dígale al joven que me llame.

Alma asintió, sin saber si debía responder.

—Gracias —dijo Gael.

Ella lo miró con aprobación.

—Cuídela —susurró—. No de la casa.

Y se fue.

El silencio volvió.

Pero no era el mismo silencio que en el auto. Este era más incómodo. Más consciente. Más cargado.

—Alma…—dijo Gael intentando tocarle el hombro.

—No empieces —dijo ella, sin mirarlo.

—No voy a pelear contigo.

—Eso dices ahora.

—No quiero pelear contigo nunca.

Ella lo miró entonces, con rabia.

—Claro. Porque eso te hace ver bien. El hombre paciente. El hombre que aguanta. El que protege. El que “salva”. Todo muy… conveniente. Cuando en realidad eres un desgraciado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.