Alma permanecía sentada en la cama, sosteniendo su vientre como si en él estuviera lo único que realmente le pertenecía. Gael seguía de pie en el marco de la puerta, observando sin invadir, cuidando sin asfixiar, intentando no equivocarse otra vez.
Entonces sonó.
El celular vibró en su bolsillo. No fue una alarma. No fue un mensaje. Fue una llamada. El sonido rompió la calma recién construida como un vidrio que empieza a resquebrajarse.
Gael bajó la mirada hacia el teléfono.
Número desconocido.
Su ceño se frunció de inmediato.
Alma lo notó.
—¿Todo bien? —preguntó, con voz baja.
Gael levantó la mirada hacia ella y asintió, intentando no transmitir tensión.
—Sí. Solo… una llamada.
—Puedes contestar —susurró—. No pasa nada.
Pero sí pasaba.
Porque cualquier interrupción en ese momento se sentía amenazante. Cualquier cosa que viniera de afuera tenía el potencial de romper el pequeño refugio que apenas estaban construyendo.
Gael salió despacio de la habitación.
No quería hablar delante de ella.
No quería cargarla con nada más.
Cerró la puerta a medias, lo suficiente para no aislarla, pero también para darle intimidad… y protegerla de lo que fuera que estaba por escuchar.
Apenas estuvo en el pasillo, deslizó el dedo y contestó.
—¿Quién es?
Hubo un segundo de silencio.
Luego, una voz.
Su voz.
Lucía. Su secretaria.
—Hola, Gael…
El estómago se le apretó.
Su expresión se endureció.
—¿Qué quieres? —preguntó sin rodeos.
Lucía soltó una risa suave, pero nerviosa, como si intentara sonar tranquila cuando no lo estaba.
—No empieces así… solo… necesito hablar contigo.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Sí lo tenemos —insistió ella—. Te tengo una noticia.
Gael cerró los ojos un instante.
Por dentro, algo ardió.
Rabia.
Ese pasado o quizas presente que siempre aparecía en los peores momentos.
Miró hacia la habitación. Alcanzaba a ver el borde de la cama, el reflejo tenue de Alma sentada, vulnerable, intentando sostenerse. Eso bastó para encender aún más su molestia.
—No me interesa lo que tengas que decirme —respondió con frialdad contenida.
—Gael… —Lucía bajó la voz— te juro que es importante.
—No me importa si es importante para ti. Para mí ya no lo es.
Lucía respiró hondo al otro lado de la línea.
—No seas así. Por favor. No es algo que puedas ignorar.
Gael apretó la mandíbula.
La rabia no era explosiva como antes.
Era firme.
Controlada.
Peligrosa.
—Escúchame bien, Lucía —dijo despacio, con una dureza que perforaba—. No vuelvas a llamarme. No vuelvas a buscarme. No vuelvas a aparecer en mi vida. Es mas, estas despedida. Mañana mismo recoges tus malditas cosas y te vas.
—Gael, por favor, déjame explicarte…
—No —la interrumpió—. Ya me explicaste suficiente. Así que no vengas ahora con “una noticia”. No me interesa. No quiero saber nada de ti.
Lucía guardó silencio.
Se sintió el orgullo quebrarse al otro lado.
Y también desesperación.
—Te vas a arrepentir de cortarme así.
Él bufó con amargura.
—No sabes cuánto me arrepentí de no hacerlo antes.
—Tu querida Alma sabra todo—esa frase lo helo.
— A ella no la metas en esto. Porque soy capaz de....
—Claro, me vas a desaparecer de este mundo—Gael respiro hondo y respondio.
—Lárgate a la mierda, Lucía.
Y colgó.
El silencio volvió.
Pero distinto.
No era el silencio cálido del cuarto.
Era el silencio cargado del pasado que intenta regresar.
Gael sostuvo el celular unos segundos más, respirando profundamente. Sentía la adrenalina aún en la sangre, esa tensión que le recorría los músculos, la necesidad de golpear algo… pero no lo hizo. Cerró la mano en un puño, y se mordio. controlándose.
Porque ya no podía darse ese lujo.
Porque ahora no estaba solo.
Porque ahora… ella estaba ahí.
Alma.
Se giró.
Ella seguía dentro del cuarto, sentada, en su pequeño refugio improvisado. No sabía nada de la llamada. No sabía quién era. No sabía qué fantasma acababa de intentar volver.
Pero sí sabía una cosa.
Que nada en su vida había sido fácil.
Y lo último que necesitaba… era otra tormenta.
Gael guardó el celular con firmeza.
Soltó el aire lentamente.
Y volvió a la puerta.
Se recargó un segundo, recuperando calma, volviendo a esa versión de sí mismo que estaba intentando ser para ella.
Entonces entró.
—¿Todo bien? —preguntó Alma.
Gael asintió.
Y no mintió con palabras.
Mintió con silencio.
—Sí, amor—respondió, suave—. Todo bajo control.
Y cuando la miró…
supimos que estaba dispuesto a mantenerlo así.
Aunque para hacerlo tuviera que seguir enterrando demonios.
Aunque para hacerlo tuviera que seguir rompiéndose por dentro.
Porque, al menos por ahora…
no iba a permitir que nada más la tocara.
Ni siquiera. Lucía.
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Editado: 05.01.2026