Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 21: amarte de nuevo

Gael dio un par de pasos dentro de la habitación cuando la vio llevarse una mano a la frente. El color de su rostro bajó de golpe. Sus hombros se encogieron y su respiración se volvió corta, insegura.

—Alma…

Ella parpadeó rápido, intentando mantenerse firme, pero el mundo le dio una vuelta súbita. La habitación pareció moverse, expandirse, encogerse. Sintió un vacío en el pecho, una presión en la cabeza. Sus dedos soltaron el vientre y buscaron apoyo, pero no alcanzaron nada.

El mareo la tomó desprevenida.

—Estoy… —susurró— estoy bien…

Pero su voz fue un hilo débil.

Antes de que pudiera caer, Gael ya estaba frente a ella.

Sus manos la sostuvieron con una firmeza protectora, segura, como si él fuera el único punto estable en todo ese mundo que se le estaba viniendo abajo. La rodeó por la cintura, la obligó suavemente a recostarse contra su pecho, cuidando de no presionarla, de no asustarla.

—Despacio… —murmuró con voz baja, serena, casi rota por la preocupación—. Tranquila, aquí estoy. No pasa nada. Respira conmigo.

Ella cerró los ojos.

Sintió su corazón latiéndole en el oído.

Fuerte.

Presente.

Real.

Gael la acomodó lentamente en la cama, pero no la soltó. Se inclinó hacia ella, una mano sostenía su espalda y la otra le acariciaba el cabello con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la intensidad con la que había enfrentado a su madre minutos antes.

—Te mareaste por el estrés… y por el embarazo —dijo casi en un susurro—. Tu cuerpo está cargando más de lo que debería. No voy a dejar que te pase nada.

Ella tragó saliva.

Y fue entonces cuando lo sintió.

Ese latido antiguo.

Ese golpe en el pecho.

Esa sensación cálida, traicionera, tierna… peligrosa.

Las mariposas.

No suaves.

No inocentes.

Sino intensas, dolorosas, como si su corazón intentara revivir algo que ya había sido destruido y que, aun así, se negaba a morir por completo. Su amor por Gael.

Gael inclinó un poco su frente hacia la de ella, sin tocarla del todo.

—Mírame —le pidió con ternura—. Respira.

Ella lo hizo.

Sus ojos se encontraron.

Y por primera vez en mucho tiempo, Alma no vio al hombre que le hizo daño. No vio al monstruo que había odiado. No vio al pasado que tanto deseaba enterrar.

Vio al hombre que la estaba sosteniendo ahora.

Vio la preocupación real.

La culpa profunda.

El deseo honesto de protegerla.

Y eso… eso fue lo que más dolió.

Porque por un instante, por apenas un segundo, creyó.

El corazón se le apretó. Las mariposas se multiplicaron. El vientre se le calentó. Sus dedos temblaron contra su pecho. Sintió ganas de quedarse ahí, de hundirse en ese abrazo, de aceptar que tal vez ese era un refugio y no una amenaza.

Pero la realidad cayó igual de fuerte.

Lo recordó.

Recordó su dolor.

Recordó sus heridas.

Recordó todo lo que él era capaz de destruir.

Recordó quién era Gael en su historia.

Y lo apartó.

No con violencia.

Pero sí con decisión.

Su mano se interpuso entre ambos y empujó suavemente su pecho.

—No —susurró, bajando la mirada.

Gael se quedó quieto.

Su cuerpo aún inclinado hacia ella.

Pero obedeció.

Retrocedió despacio, dándole espacio, respetando esa barrera invisible que ella necesitaba.

Alma respiraba aún agitada. No por el mareo.

Por él.

—Estoy bien —murmuró, intentando recuperar ese muro que tanto trabajo le había costado construir—. No… no necesitas… abrazarme así.

Gael apretó la mandíbula ligeramente, no por enojo, sino por contención.

Quería seguir allí.

Quería sostenerla.

Quería decirle que no era solo preocupación por el embarazo.

Pero no dijo nada.

Porque sabía que si presionaba, la perdería.

—Voy a traerte agua —respondió con voz suave—. Y algo dulce. Es normal marearse. Pero no vuelvas a decir que estás bien cuando no lo estás. No conmigo.

Se levantó despacio.

Alma lo miró de reojo.

Y lo odió.

Lo odió porque la hacía sentir segura.

Porque le hacía temblar el alma.

Porque despertaba algo que ella creía muerto.

Porque en medio de todo el dolor… todavía podía sentir.

Y sentir era peligroso.

Porque sentir…

era recordar que alguna vez lo amó.

Y que quizá…

sin quererlo…

una parte de ella todavía lo hacía.




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