La noche cayó lenta, como si el cielo también estuviera cansado. La casa estaba en silencio, apenas rota por el sonido de las cucharas golpeando suavemente contra una olla. Gael estaba en la cocina, moviendo algo con cuidado, concentrado, como si cocinar fuera la única forma de sostener el mundo que se le venía encima.
—No es gran cosa —murmuró, sin voltear, pero con una sonrisa nerviosa—. Solo pensé que debías comer algo caliente.
Alma estaba sentada en la mesa. El olor a comida era agradable, pero no lograba calentar el nudo frío que tenía en el pecho. Miraba a Gael y, aunque parte de ella quería creer que todo estaría bien, otra parte sabía que la realidad nunca era tan simple.
Justo cuando Gael sirvió los platos, se escucharon golpes en la puerta. Tres golpes firmes, seguros, conocidos. A Alma se le heló la sangre.
Gael se tensó, pero fue a abrir sin pensar demasiado.
La puerta se abrió… y ahí estaba ella.
La madre de Gael entró con paso decidido, como si aquella casa le perteneciera. En sus brazos traía un enorme oso de peluche, una bolsa llena de chocolates y una sonrisa que no era precisamente de afecto, sino de orgullo por sí misma.
—¡Pues al fin! —exclamó, sin pedir permiso para pasar—. Me dijiste que iba a ser abuela y aquí estoy. No podía esperar.
Su mirada se posó en Alma. La sonrisa se suavizó… pero no llegó a los ojos. Era una cortesía fría, delgada, casi hipócrita.
—Buenas noches —dijo, con una voz que simulaba dulzura—. Te traje unas cosas… para el bebé.
Alma tragó saliva. No respondió de inmediato. Recordaba muy bien todas las veces que aquella mujer la había humillado. Recordaba cuando la llamó “pobretona”, cuando dijo que Gael merecía “algo mejor”, cuando la miraba de arriba abajo como si fuera una mancha que debía limpiarse.
Gael intentó sonreír.
—Mamá… gracias por venir, pero…
—Pero nada —interrumpió ella, dejando los regalos sobre la mesa como si estuviera entregando una bendición divina—. Un nieto es una bendición, Gael. Aunque venga… de donde venga.
La puñalada fue directa. Su tono era suave, pero el veneno estaba ahí.
Alma apretó la mandíbula. Sintió rabia, vergüenza y tristeza mezcladas. No quería esos osos. No quería chocolates. No quería sonrisas falsas ni afectos prestados solo porque ahora había un bebé de por medio.
—No tenía que traer nada —dijo, finalmente, con voz baja pero firme—. No hacía falta que viniera.
La madre de Gael levantó una ceja.
—¿Cómo que no hacía falta? Voy a ser abuela. Tengo derecho a estar aquí.
—Tiene derecho —respondió Alma, mirándola fijo—. Pero no a tratarme como si ahora sí sirviera solo porque estoy embarazada.
El silencio cayó como vidrio rompiéndose.
Gael miró a una y otra, desesperado.
—Por favor… no empecemos—dijo Gael.
La madre de Gael suspiró, fingiendo paciencia.
—Yo solo quiero lo mejor para mi hijo… y para ese niño. Aunque tú no seas lo que soñé para él, ya no puedo cambiar las cosas. Así que… supongo que tendremos que soportarnos.
Alma sintió que algo ardía en su pecho. No lloró. No se quebró. Solo se quedó quieta, sosteniendo su dignidad como podía.
—No quiero que me soporte —respondió con calma peligrosa—. Quiero respeto.
Gael cerró los ojos, sabiendo que aquello sería apenas el comienzo de una guerra silenciosa.
La tensión se podía cortar con un cuchillo. La madre de Gael la miró como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Nadie, nunca, le había hablado así… y menos una mujer como Alma, a quien siempre había considerado inferior.
—¿Respeto? —repitió con burla amarga—. ¿Tú vienes a hablarme de respeto? Si no fuera por mi hijo, ni siquiera estarías aquí.
Gael dio un paso al frente.
—Mamá, basta…
—Entonces segun usted donde estaria?
La mujer caminó directo hacia Alma. Sus tacones resonaron fuertes contra el piso, como golpes marcando sentencia.
—A mí no me levantas la voz —escupió, levantando la mano con rabia contenida, la misma rabia con la que la había humillado tantas veces.
Todo pasó en un segundo.
Alma vio la mano venir, vio el brillo de furia en sus ojos y, por primera vez, no retrocedió. No se encogió. No se quedó callada.
Antes de que el golpe cayera, Alma atrapó la muñeca de la mujer con fuerza. Sus dedos temblaban, pero su mirada estaba firme.
—No vuelva a hacer eso —dijo, respirando agitada pero segura—. No me toca. No me grita. No me humilla más.
La madre de Gael abrió los ojos, incrédula.
—¡Suéltame! No sabes con quién estás hablando.
—Con la mujer que me ha despreciado desde el primer día —respondió Alma, sosteniéndola todavía—. Con la mujer que me llamó pobre… basura… “lo peor que le pudo pasar” a su hijo. Y aun así, aquí estoy. Porque él me eligió. Y porque este bebé no va a crecer viendo cómo usted me pisa.
Gael estaba paralizado.
—Alma… —murmuró Gael, sin saber qué hacer.
La madre de Gael se zafó con brusquedad, pero ya no levantó la mano. La rabia seguía ahí, pero ahora estaba mezclada con algo que jamás había sentido frente a Alma: límites.
—Te estás equivocando conmigo —dijo, con voz dura, intentando recuperar control.
—No —respondió Alma, firme, con la voz todavía vibrándole en el pecho—. Yo ya me cansé de equivocarme permitiendo que usted me trate como nada.
Dio un paso adelante, sin bajar la mirada.
—Puede odiarme todo lo que quiera. Puede pensar que no soy suficiente. Pero hoy le dejo claro algo: no soy su sirvienta, no soy su vergüenza… y no soy su punching bag. Soy la mujer del hijo que dice amar. Y la madre de su nieto. Así que me respeta… o se va.
El silencio fue brutal.
Gael respiró hondo, con los ojos brillantes.
La madre lo miró a él, buscando respaldo… pero Gael no dijo nada. Solo bajó la mirada. Y eso la golpeó más que cualquier palabra.
Por primera vez, la mujer no tuvo respuesta. Tomó el oso, los chocolates… y los dejó caer sobre la mesa con desprecio.
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Editado: 05.01.2026