La casa quedó en silencio después del portazo. Ese silencio que queda vibrando en las paredes y en el pecho. Gael seguía abrazando a Alma, pero ella poco a poco se fue separando. No quería mostrarse débil; no otra vez. No después de haber levantado la cabeza por primera vez en años.
Respiró hondo. Se limpió las lágrimas con la mano temblorosa.
—Estoy bien —murmuró, aunque claramente no lo estaba.
Gael la miró sin creerle.
—Alma…
—Dije que estoy bien —insistió ella, dando un paso atrás.
Sus miradas se encontraron. Por primera vez en mucho tiempo, no había solo amor, ni solo dolor: había historia. Había heridas abiertas. Había lo que se rompió y lo que aún no sabían si podía repararse.
Gael suspiró y se apoyó en la mesa, llevándose las manos al cabello.
—No pensé que iba a reaccionar así… pensé que… —se calló, apretando la mandíbula.
Alma sonrió amargamente.
—¿Pensaste qué? ¿Que iba a abrazarme? ¿Que iba a emocionarse porque “por fin” va a tener el nieto que tanto soñó? —lo miró fijo—. Ella nunca me quiso. Nunca me aceptó. Y tú lo sabías.
Gael sintió la culpa quemarle el pecho.
—Lo sé.
Esa confesión fue tan simple… pero tan dura.
Alma tragó saliva.
—Entonces deja de ponerme en medio de tus esperanzas con ella. Yo ya no voy a humillarme para encajar donde nunca fui bienvenida.
Él iba a responder… pero en ese momento, el celular vibró sobre la mesa.
Gael lo miró.
Número desconocido.
Otra vez.
Un escalofrío cruzó su espalda.
Alma frunció el ceño.
—¿Quién es?
Gael dudó.
Lucía.
Otra vez.
La llamada anterior todavía le ardía en la mente. Aquello que había dicho, aquella “noticia” que aseguró tener… una noticia que él no quería escuchar. No ahora. No con Alma ahí. No con el mundo ya derrumbándose.
Presionó rechazar.
Intentó seguir como si nada.
Pero el teléfono volvió a vibrar. Insistente. Desesperado.
Alma arqueó una ceja.
—Contesta. Se nota que es importante.
Gael tragó saliva.
—Es… trabajo.
Alma soltó una risa seca.
—Sí. Claro. Trabajo.
Se dio vuelta y caminó hacia el sofá. Su corazón latía fuerte, pero no por celos, sino por agotamiento. Ya no quería imaginar. Ya no quería suponer. Pero algo dentro le gritaba que había más de lo que él estaba diciendo.
Gael salió hacia el balcón para contestar, asegurándose de que Alma no escuchara.
—¿Qué quieres, Lucía? —escupió, molesto.
El susurro al otro lado de la línea fue tembloroso. Y no sonaba como una mujer caprichosa buscando atención. Sonaba asustada.
—Gael… no me cuelgues… por favor.
Él apretó los dientes.
—Te dije que no me vuelvas a llamar. Esto se acabó hace tiempo.
Silencio.
Un sollozo.
—No… no se acabó.
Gael frunció el ceño.
—Lucía, no empieces.
—Escúchame —dijo ella, con voz rota—. No estoy jugando. No estoy inventando. Te busqué porque no sé qué hacer. Porque no tengo a nadie más… y porque esto… esto también es tuyo.
Gael sintió que el mundo se le movía bajo los pies.
—¿Qué estás diciendo?
Y entonces ella lo dijo.
La frase que lo atravesó como un disparo.
—Estoy embarazada.
El corazón de Gael se detuvo.
El aire se fue.
Sintió vértigo.
—No —susurró, negando con la cabeza aunque ella no pudiera verlo—. No… Lucía… no puedes… no puedes decir eso ahora…Ademas de eso, tu tienes tu esposo.
—No es “ahora”. Es desde hace meses, y con respecto a mi esposo, sabes perfectamente que el y yo vivimos pero no convivimos —confesó ella—. Te lo iba a decir antes, pero desapareciste… me bloqueaste… me sacaste de tu vida como si yo nunca hubiera existido… y yo lo acepté, Gael. Juro que lo acepté. Pero ahora ya no puedo seguir sola… No puedo.
Gael sintió náuseas.
Meses.
Eso significaba…
Se llevó la mano al rostro.
—Dime que es mentira… por favor…
—Tengo pruebas —respondió ella—. Exámenes. Ecografías. Y… tengo miedo, Gael. No solo por el bebé… —su voz bajó—. Me están buscando.
El corazón de Gael se aceleró.
—¿Qué?
—Tú sabes en qué cosas me metí antes… sabes la clase de gente con la que estuve… —su respiración tembló—. Ellos creen que tú sabes algo… creen que tú todavía estás conmigo.
—Lucía… no me metas más problemas —dijo con desesperación—. No ahora. No con Alma así. No…
—Gael… —susurró ella, entre llanto—. No es “problema”. Es un hijo. Es tu hijo.
Silencio.
Ese silencio que pesa más que cualquier palabra.
—Mañana voy a tu casa —añadió ella.
Y colgó.
Gael quedó paralizado.
El cuerpo le pesaba.
La respiración se le cortaba.
Todo giraba.
Un hijo.
Posiblemente dos hijos.
Una mujer embarazada adentro.
Otra afuera.
Y ambas estaban… por su culpa.
Entró de nuevo.
Alma lo miró. Y no necesitó preguntar.
Lo vio en su rostro.
Algo iba mal.
—¿Qué pasó? —preguntó, tratando de sonar tranquila.
Gael abrió la boca.
Pero no pudo decirlo.
No ahora.
No así.
—Nada… —murmuró.
Alma cerró los ojos un segundo. Se sintió idiota. Pero ya no iba a suplicar verdades.
—Está bien —respondió, fría—. No tienes que decirme.
Se levantó con cuidado y caminó hacia la habitación. Pero Gael reaccionó tarde.
—Alma…
—Estoy cansada, Gael —dijo sin darse vuelta—. Si quieres seguir mintiéndome, hazlo. Pero no me pidas que confíe.
Y cerró la puerta.
Gael apoyó la frente en la madera.
Y ahí, en silencio, se derrumbó.
La noche avanzó.
Las horas pasaron.
Alma no podía dormir. O quizás solo era su ansiedad.
Recordó cómo él la había sostenido más temprano. Recordó el calor de sus brazos. El latido de su pecho. Esa sensación de hogar que durante un segundo volvió a sentir.
Y la odió.
Odiaba seguir amándolo.
#280 en Novela romántica
#129 en Chick lit
sumisa y dominante, toxico, celos deseo lujuria hombre posesivo
Editado: 05.01.2026