El hombre dio un par de pasos hacia ellos. No tenía prisa. Y eso era lo peor: la calma de quien sabe que tiene ventaja.
—Retrocede —advirtió Gael, con una voz tan baja que sonaba peligrosa.
El desconocido rió despacio.
—Siempre tan impulsivo. Siempre tan… noble —escupió la palabra como si fuera una broma cruel—. No te preocupes. No vine a matarte. Todavía.
Lucía apretó más la mano de Gael. Él podía sentir su pulso desesperado. Y por primera vez, algo dentro de él se tensó no solo por rabia… sino por pánico real.
—¿Qué quieren? —Gael no perdió contacto visual.
—Lo que siempre quisimos —respondió el hombre—. Lo que te llevaste.
—No me llevé nada.
—Te llevaste todo nuestro dinero. Por eso, eres el empresario que eres hoy en dia. Con dinero sucio—respondió él—. Y eso es algo que aquí… nadie puede perdonar.
Silencio.
El viento sopló y movió la capucha de Lucía. El hombre la miró. Sus ojos se clavaron en su vientre.
Y sonrió.
—Felicitaciones… vas a ser papá otra vez, ¿eh?
Gael sintió el golpe.
Lucía tragó saliva.
El hombre chasqueó la lengua.
—Eso… nos da una ventaja maravillosa.
Dio otro paso.
Gael reaccionó.
Lo empujó.
Rápido.
Firme.
Cargado de advertencia.
—Te lo voy a repetir una sola vez —escupió—. No te acerques a mi esposa—al parecer el hombre sabia todo acerca de Gael. hasta incluso su bebe con alma.
El tipo no perdió la sonrisa.
—Eso pensé.
Luego se inclinó un poco hacia adelante.
—Pero la vida, Gael… no funciona según lo que tú quieres. Funciona según lo que debes pagar.
Y entonces se acercó demasiado.
Demasiado cerca.
—Y créeme… vas a pagar hasta el último centímetro del dinero que te robaste.
Gael lo tomó del cuello de la camisa.
—Da un paso más… y te juro que…
—¿Vas a matarme? —rió el hombre—. No eres ese tipo de monstruo. Nunca lo fuiste. Por eso fracasaste como uno de nosotros.
Gael lo soltó con rabia.
El hombre se acomodó la ropa con tranquilidad.
—Disfruta tus próximos días tranquilos… si es que puedes.
Y se fue.
Así.
Simple.
Como si no acabara de sembrar una bomba.
Lucía se desplomó contra la pared.
Gael sintió que algo dentro de él se rompía. No sabía exactamente qué… pero sabía que nada estaba bajo control.
—Gael… —susurró Lucía, con lágrimas rodándole por el rostro—. No quiero que toquen a mi hijo…
Él tardó en responder.
Su mente ya estaba lejos. En que ese hombre ahora hiria tras Alma.
La imagen de Alma apareció.
Su vientre.
Su dolor.
Su fragilidad.
Su mirada rota.
Y una verdad asfixiante lo atravesó:
Si ellos sabían de Lucía…
si ellos sabían de él…
Era cuestión de tiempo.
Alma estaba en riesgo.
Mientras tanto…
En el apartamento…
La noche empezaba a caer.
El cielo se teñía de tonos azules profundos y naranjas apagados. La ciudad seguía viva… pero para Alma el mundo parecía detenido, como si todo estuviera a punto de desplomarse.
Se sentó en el sofá con una manta sobre los hombros. No quería televisor. No quería música. No quería distracciones.
Solo quería entender.
Por qué la vida siempre la ponía en el borde.
Por qué el amor dolía tanto.
Por qué el miedo parecía no abandonarla nunca.
Miró la puerta. Y solo vio. Vacío. Frío y soledad.
Se abrazó a sí misma.
—No llores… —se dijo.
Pero lloró.
—Siempre me dejan —susurró—. Siempre se van…
Y esa confesión no era hacia Gael.
Era hacia la vida.
Se tocó el vientre con ternura.
—Tú no me vas a dejar… ¿verdad?
Y, como si el universo hubiera escuchado, sintió un suave movimiento.
Pequeño.
Delicado.
Pero tan real que el corazón se le detuvo un segundo.
Una risa rota escapó de su pecho.
—Gracias… —susurró.
No estaba sola.
No completamente.
Pero el miedo regresó.
Gael se había ido.
Y aunque ella luchara,
aunque se jurara a sí misma que no era importante,
aunque intentara creer que ya no lo necesitaba…
La verdad seguía clavada en su pecho como un cuchillo:
Lo amaba.
Y amar, para ella,
siempre había significado sufrir.
.................
Gael llevó a Lucía a un lugar seguro.
O al menos… lo más seguro que conocía.
Un apartamento viejo, discreto, lejos de zonas visibles. No era lujoso. No era cómodo. Pero era oculto.
—Quédate aquí —ordenó mientras cerraba cortinas y aseguraba la puerta.
Lucía lo miraba con ojos de alguien que quiere ser abrazada y priorizada.
—¿Te vas?
—Tengo que hacerlo.
Ella respiró hondo.
—¿Vas… con ella?
Gael no respondió.
Y su silencio…
fue suficiente.
Lucía sonrió con tristeza.
—Siempre fue ella… ¿verdad?
Gael apretó la mandíbula.
No dijo “sí”.
Pero tampoco dijo “no”.
Y eso… dolió más.
Lucía bajó la mirada.
—Si algo me pasa… si algo le pasa al bebé…
Gael se acercó.
Puso su mano sobre su hombro. Se sentia culpable, jamas debio meter mas personas en esos asuntos ilisitos.
—No les voy a permitir tocarte.
Ella levantó la vista.
Gael hablaba con fuego en los ojos.
—Esta vez no voy a correr —continuó—todo estara bien, pero solo te pido que... No interfieras en mi vida con Alma, porfavor. Te prometo que si lo haces, todo saldra bien para los tres.
Lucía asintió como una nena, las palabras de Gael solo eran promesas al aire.
Y por primera vez…
se sintió a salvo.
Aunque fuera por un instante.
Gael salió del apartamento.
Cerró la puerta.
Respiró profundo.
Su cuerpo estaba lleno de rabia.
Pero su corazón
estaba lleno de miedo.
Y de urgencia.
Necesitaba volver.
Con Alma.
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Editado: 05.01.2026