Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 26: La traicion

—¿Dónde estabas?

Ahí empezó a romperse todo.

La pregunta no fue un simple reclamo. No fue curiosidad. Fue un juicio directo, una puerta abierta a la verdad o a la mentira, a lo que podía salvarlos o destruirlos. Gael sintió el peso caer sobre su pecho. Iba a hablar, iba a intentar explicar, pero antes de que su voz pudiera salir, Alma lo vio.

Primero creyó que era una sombra. Quizás un reflejo. Una mancha cualquiera. Pero no. Era rojo. Intenso. Marcado. Provocador. Cruel. Un labial que no pertenecía a ella, un beso que no había sido suyo, una marca que no tenía derecho a existir en el cuerpo del hombre que la miraba con culpa.

Su mirada se quedó clavada en la camisa, exactamente en esa mancha. Su respiración se cortó, el mundo se quedó en silencio. Levantó lentamente la vista hacia el rostro de Gael, y en sus ojos dejó de existir la esperanza. Lo que brillaba ahora era traición.

—Gael… —susurró, con la voz rota.

Él tardó unos segundos en comprender por qué su expresión había cambiado de esa manera, pero cuando bajó la mirada y vio la marca, lo entendió. Y fue demasiado tarde para todo.

El silencio se convirtió en la peor respuesta. No hubo gritos al principio. No hubo insultos. No hubo drama exagerado. Solo decepción. La clase de dolor que destruye en silencio.

—¿Qué es eso? —preguntó Alma, con la voz quebrándose, señalando la camisa sin atreverse a tocarla—. Dime qué es eso.

Gael respiró. Se quedó callado. Y ese fue su error. El silencio fue una confesión. Alma dejó escapar una risa rota, una que dolía, una que humillaba.

—No… no puede ser… —murmuró—. No puede ser que seas esto. No puede ser que me hagas esto. Otra vez la vida… otra vez el abandono… otra vez yo siendo la idiota.

Gael dio un paso hacia ella, intentando hablar.

—Alma, escúchame…

Pero ella alzó la mirada con una rabia que quemaba.

—¿Con quién estabas?

Él apretó la mandíbula.

—No fue así…

—¿Con quién estabas? —exigió esta vez con fuerza.

Gael cerró los ojos un segundo, como si decirlo fuera aceptar toda su culpa.

—Con Lucía.

Y el mundo de Alma se derrumbó. No porque no lo sospechara, sino porque lo confirmó.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero al principio no lloró. Era ese dolor que primero quema, que primero destruye por dentro antes de dejarse ver.

—Entonces saliste… con tu secretaria, me imagino que hablando de trabajo —susurró—. Me dejaste aquí, sola, embarazada, destruida, para irte con ella.

Su voz temblaba, su pecho también.

—No fui a verla porque quise —intentó defenderse Gael.

—Pero fuiste —lo interrumpió—. ¡Fuiste, Gael! ¡Estuviste con ella! ¡La tuviste lo suficientemente cerca para que te besara!

Él intentó acercarse.

—Yo no la besé.

—¡Pero te besó! —gritó Alma, incapaz de contenerse—. ¡Y eso es suficiente! ¡Eso basta!

Y entonces pasó.

Su mano se levantó sin pensar. No lo analizó. No lo midió. Simplemente lo sintió.

La bofetada resonó en el apartamento con fuerza. Gael giró el rostro ante el impacto, pero no la detuvo. No se defendió. No reaccionó. Porque sabía que la merecía.

Alma comenzó a llorar ahora sí, de verdad, sin fuerzas para contener más nada. Lloró como niña, como mujer rota, como madre que se cansa de perder.

—Te di lo poco que quedaba de mí —lloró—. Te di mi confianza y la pisoteaste. me pagaste con mentiras. Te entregué mi miedo… y me devolviste más miedo.

Se abrazó el vientre. Ese vientre que ahora era su refugio, su fuerza, su razón de seguir respirando.

—Yo no soy tu segunda opción —continuó con la voz llena de dolor—. No soy el descanso cuando el mundo te pesa. No soy la mujer a la que vuelves cuando la otra te suelta.

Por primera vez Gael tembló, no de rabia, sino de miedo real a perderla.

—Alma, yo no la bese—dijo nuevamente. Justo cuando el intento protegerla del hombre que fue en busca de ellos, Lucia aprovecho la oportunidad y beso a Gael en su camisa, todo fue rapido, ni el mismo Gael lo sintio.

Ella lo miró sin compasión.

—¿Pensaste en mí? —susurró con ironía amarga—. ¿Antes o después del labial, Gael?

Él no respondió. Y eso fue peor.

—Me voy...

Esa palabra fue un puñal directo a su pecho.

—No —respondió él al instante.

—Te dije que me voy. Maldito perro.

—No voy a dejarte sola.

Ella explotó.

—¡Ya me dejaste sola cuando decidiste ir con ella!

Gael intentó acercarse y ella retrocedió.

—No me toques —pidió con dolor.

Alma no dijo nada más. No había palabras. No había aire. No había explicación que pudiera salvar lo que acababa de romperse.

Solo dio un paso adelante y empujó a Gael con una fuerza que no provenía de su cuerpo, sino de su dolor.

Él apenas se movió, pero el gesto fue suficiente para entenderlo todo.

No quería que se acercara.
No quería escucharlo.
No quería nada más de él.

Sin mirar atrás, Alma caminó hacia la puerta. Sus manos temblaban mientras giraba la perilla. Sentía el pecho cerrado, la respiración descontrolada, el corazón clamando por quedarse… pero la dignidad gritándole que se fuera.

Gael reaccionó tarde.

—¡Alma, espera! —su voz quebró por primera vez—. No te vayas así… por favor.

Ella se detuvo un segundo en el marco de la puerta, pero no volteó. Sus lágrimas caían silenciosas, clavándose en el suelo como cristales.

Gael dio un paso hacia ella, desesperado.

—No puedes irte… no así… no sin escucharme… —su voz era súplica, angustia, miedo.

Alma cerró los ojos.

Ese fue su mayor error. Porque al cerrarlos, vio recuerdos, promesas, caricias, ilusiones… y sintió que se rompía otra vez.

Empujó la puerta.

—No voy a escuchar nada —dijo con voz firme pero rota—. No necesito tu versión. Ya la vida me enseñó que los hombres siempre tienen excusas.

Gael sintió cómo algo dentro de él se desplomaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.