Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 28: El final de todo.

Gael no gritó. No rompió a llorar como cualquiera esperaría. Lo que nació dentro de él fue algo peor: un vacío rabioso, oscuro, que le desgarraba el pecho como si algo quisiera salir y destruirlo todo.

Fue entonces cuando empezó.

El primero fue el florero que Alma había comprado meses atrás. El mismo que ella había dicho que daba “un toque de hogar”. Lo tomó sin pensarlo y lo estrelló contra el suelo. El sonido del cristal rompiéndose explotó en el apartamento y, de algún modo, también dentro de él.

Después vino la lámpara. Luego el marco de fotos donde ambos sonreían. Una carcajada rota, enferma, escapó de su garganta. No era risa… era dolor disfrazado.

—¡¿Por qué siempre tiene que salir todo mal?! —rugió.

Caminó hacia el balcón con pasos descontrolados, impulsivos. Tiró una silla. Luego otra. Después comenzó a lanzar cualquier cosa que encontraba a su paso: ropa, cojines, botellas, incluso una pequeña mesa que terminó cayendo al vacío. Abajo, los vecinos comenzaron a mirar hacia arriba. Voces alarmadas. Gritos.

—¡Gael!
—¡Está loco!
—¡Va a matar a alguien!

Pero él no escuchaba. Su respiración estaba agitada, su pulso enloquecido. No sentía el frío del viento golpeando su rostro. Solo sentía el ardor en el pecho, la rabia, la impotencia. El remordimiento.

“Yo no la besé… Yo no la besé… Yo no la besé…”

Pero eso no cambiaba nada.

Alma se había ido. Y esta vez, el miedo que sentía no era por perderla… era por perderla para siempre.

De repente, dejó de lanzar cosas. El silencio se convirtió en una sombra pesada a su alrededor. Volvió al interior del apartamento destrozado y lo recorrió con la mirada. Todo era caos. Espejos rotos. Vidrios en el suelo. Objetos convertidos en ruinas. Era exactamente como él se sentía por dentro.

Entonces caminó directo hacia su cuarto.

El closet.

Abrió la puerta de un golpe. Sus manos temblaban. No era rabia solamente; era desesperación.

Cada recuerdo, cada palabra, cada imagen de Alma llorando… cada lágrima… lo estaban destrozando.

Recordó su voz quebrada diciendo:

“Yo no soy tu segunda opción…”

Un nudo apareció en su garganta.

—Alma… mi hermosa mujer, te dejare libre...—susurró con la voz rota.

Pero ella no estaba. No iba a escuchar. No iba a volver. Tal vez jamás.

Y entonces lo vio.

La caja negra al fondo del closet.

El secreto que nunca quiso aceptar que tenía. El lado oscuro que siempre había intentado esconder… incluso de sí mismo.

Metió la mano dentro. Sus dedos tocaron el metal frío.

Su arma.

La tomó.

Apretó la empuñadura con fuerza. La sintió pesada.

El corazón empezó a latirle aún más fuerte, como si intentara advertirle que no siguiera, que algo estaba peligrosamente mal.

Caminó lento hacia la sala, respirando agitadamente, mientras el eco de los vecinos aún se escuchaba a lo lejos. Algunos golpeaban puertas. Otros llamaban a seguridad

Pero Gael estaba lejos de todo eso. Estaba atrapado en su propia tormenta interna.

Su mente comenzó a llenarse de imágenes.

Alma riendo por primera vez con él.
Alma confiando.
Alma amándolo con miedo, pero amándolo igual.
Alma alejándose llorando.
Alma llamándolo “maldito perro”.

Sintió un golpe en el pecho.

Estaba perdiendo lo único que no debía perder. la esperanza.

Sintió rabia contra Lucía.
Rabia contra él.
Rabia contra el destino.

Rabia contra el mundo entero.

—No… —murmuró, apretando los dientes—. No voy a perderlo todo… no otra vez… no así…

Y más bien esa rabia comenzó a convertirse en algo más… en un impulso peligroso.

El arma brilló bajo la luz tenue del apartamento destrozado.

Su respiración se volvió lenta.

Y en ese instante… algo dentro de él se quebró todavía más.

Porque Gael no estaba pensando con claridad.

Ya no estaba pensando en nada.

Solo en el dolor.

Solo en el vacío.

Solo en la necesidad desesperada de detenerlo… cueste lo que cueste.

Los vecinos seguían gritando afuera.

Un golpe fuerte sonó en su puerta.

Otra vez.

—¡Gael, abre! —se escuchó una voz conocida desde el pasillo.

Pero él no respondió.

Apretó el arma.

El mundo, una vez más, quedó completamente en silencio… y el siguiente movimiento que hiciera… podía cambiarlo todo.




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