Alma no sabía cuánto tiempo llevaba caminando. Solo sentía el asfalto frío bajo sus pies, el viento golpeándole el rostro, el cuerpo temblándole sin control. La noche la había devorado por completo, y ahora solo quedaba ella, arrastrando su dolor por calles desconocidas, sin rumbo, sin destino, sin hogar.
Su respiración era pesada, entrecortada, y por momentos su estómago se contraía con una náusea insoportable. No sabía si era por el embarazo, por el llanto o por el golpe emocional que la destrozaba. Las lágrimas la cegaban, pero aun así seguía avanzando.
Se apoyó en una pared, tratando de estabilizarse, pero de repente una arcada brutal la obligó a inclinarse. Vomitó con desesperación, como si su cuerpo estuviera expulsando todo el dolor acumulado. Se agarró el vientre mientras sollozaba sin control.
—Tranquilo… —murmuró entre lágrimas, con la voz quebrada—. Tranquilo, bebé… perdóname…
No sabía si hablaba con su hijo o consigo misma. Solo sabía que ya no podía más.
Se sentó en la acera. Pasaron minutos. Tal vez horas. El tiempo dejó de existir. Sus manos temblaban, sus labios estaban resecos, y la cabeza le daba vueltas.
Hasta que algo llamó su atención.
Un olor.
Un olor cálido, delicioso, que atravesó la miseria y llegó directo a su estómago. Pan recién horneado. Carne cocinándose. Salsa caliente. Espesura de hogar.
Giró la mirada y lo vio.
Un restaurante.
No era lujoso, pero tampoco era pobre. Tenía luces cálidas, mesas limpias, gente entrando y saliendo. El vapor escapaba por la ventana. Era vida. Era estabilidad. Era la promesa de algo mejor.
Y entonces lo vio.
Un letrero en la puerta.
SE BUSCA PERSONAL
Su corazón latió más fuerte.
Trabajo.
Trabajo significaba oportunidad. Significaba independencia. Significaba no volver a depender de Gael. Significaba tener dinero para su hijo. Tener comida. Tener un techo.
Por primera vez desde que salió corriendo… sintió esperanza.
Se limpió el rostro con la manga sucia, aunque sabía que seguía viéndose mal. Se arregló el cabello con manos temblorosas. Intentó ponerse firme y respiró profundo.
—Puedes hacerlo… —se dijo a sí misma—. No te vas a rendir. No hoy.
Cruzó la calle lentamente, con el corazón golpeándole el pecho. Cada paso era una lucha contra la vergüenza, contra el miedo, contra la inseguridad. Pero aun así avanzó.
Entró.
El calor del interior la envolvió al instante. El aroma a comida le golpeó con fuerza y casi lloró de nuevo. Sus ojos recorrieron el lugar. Mesas llenas. Personas comiendo. Risas. Normalidad. Algo que ella ya no tenía.
Caminó hasta el mostrador.
Detrás de él estaba un hombre robusto, de unos cincuenta años, con un delantal manchado y una expresión permanentemente cansada. Seguramente el dueño.
Alma tragó saliva.
—Buenos días… —dijo con voz suave, pero educada.
El hombre la miró.
Pero no la vio.
La evaluó.
Vio sus pies descalzos.
Vio su ropa sucia.
Vio sus ojos hinchados.
Vio el cabello desordenado.
Vio su apariencia rota.
Y su expresión cambió.
Ya no fue neutra. Ahora había desprecio.
—¿Qué quieres? —preguntó con tono seco.
Alma tragó saliva, intentó sonreír débilmente.
—Vi el anuncio afuera… el que dice que buscan personal. Yo… quería saber si todavía necesitan a alguien. Yo puedo trabajar. Puedo limpiar, atender mesas, lo que sea. Aprendo rápido. No voy a dar problemas. Solo necesito una oportunidad.
El hombre ni siquiera fingió interés.
—No.
—Pero… ni siquiera me ha escuchado —intentó decir ella.
—Y no necesito escucharte —respondió él bruscamente—. No contratamos gente como tú.
La frase fue un golpe directo.
Gente como tú.
Se sintió pequeña. Se sintió basura. Pero aun así no se dio por vencida.
—Yo… no siempre estoy así. Solo tuve una mala noche. Yo puedo—
El hombre levantó la mano para callarla.
—Mira, mujer, no tengo tiempo para cuentos. Aquí vienen mujeres a buscar trabajo todos los días, pero al menos vienen decentes, limpias, presentables. Tú pareces sacada de la calle. Vete antes de espantar a mis clientes.
Su voz fue dura, humillante, llena de prejuicio.
Alma sintió cómo sus ojos volvían a llenarse de lágrimas, pero no quería llorar frente a él.
—Solo necesito que me escuche… —susurró.
—Solo necesito que te largas —respondió él.
Varias personas dentro empezaron a mirar. Algunas con curiosidad. Otras con lástima. Otras con desagrado.
Ella sintió el calor de la vergüenza subirle por el cuello.
—Estoy embarazada… —alcanzó a decir con voz rota—. Solo quiero trabajar. No quiero caridad. Solo dígame qué hacer.
El hombre la miró de arriba abajo, con desprecio aún mayor.
—Peor —respondió—. Mujeres embarazadas no me sirven. Se desmayan, lloran, piden permiso, se enferman. Yo necesito gente útil, no cargas.
Eso fue una puñalada.
Alma sintió como algo dentro de ella se partía.
—Por favor…
—Ya te dije que no.
Y entonces su tono se volvió más agresivo.
—¡Lárgate! ¡No voy a repetirlo! No quiero problemas. No quiero vagabundos aquí. Este es un negocio serio, no un refugio.
La palabra vagabundos le golpeó como una bofetada.
Varias personas desviaron la mirada. Nadie hizo nada. Nadie habló. Nadie intercedió.
Ella estaba sola.
Como siempre.
Y entonces él salió de detrás del mostrador, se acercó, la tomó del brazo con brusquedad y la empujó hacia la salida.
—¡Fuera!
Alma casi cae. Se sostuvo como pudo.
Se quedó parada frente al restaurante, temblando, mirando la puerta cerrarse en su cara.
El olor a comida seguía escapando.
La esperanza se había roto.
Sintió ganas de gritar.
De golpear algo.
De derrumbarse.
Pero solo se quedó ahí, inmóvil, mientras las lágrimas empezaban a caer una tras otra.
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Editado: 05.01.2026