El trayecto fue silencioso.
No un silencio incómodo, sino uno espeso, denso, como si el aire mismo respetara el estado en el que Alma se encontraba. El motor del auto sonaba bajo, constante, y las luces de la ciudad iban quedando atrás poco a poco, como si el mundo que la había destrozado decidiera finalmente soltarla… al menos por esa noche.
Alma iba en el asiento del copiloto, con las manos entrelazadas sobre el vientre. No miraba por la ventana. No miraba al hombre. Miraba un punto invisible frente a ella, como si su mente todavía no hubiera alcanzado a su cuerpo.
Cada tanto, su respiración se volvía irregular.
Él lo notó.
—Si te mareas, dime —dijo con voz firme, pero baja—. Frenamos cuando quieras.
Ella no respondió. Asintió apenas.
El hombre apretó un poco más el volante. No insistió. No preguntó nada más.
—Soy Damián.
Nada más.
No “soy tal cosa”.
No “trabajo en”.
No “puedes confiar en mí”.
Solo su nombre. Como una verdad desnuda.
La casa estaba en una zona tranquila, lejos del ruido del centro. No era un barrio rico, pero tampoco peligroso. Calles limpias. Casas bajas. Faroles encendidos. Árboles viejos que parecían haber visto pasar demasiadas historias como para sorprenderse de otra más.
Damián estacionó frente a una casa de fachada simple, color gris claro, con una pequeña reja blanca y un jardín modesto pero cuidado. Nada lujoso. Nada intimidante.
—Llegamos —dijo.
Alma no se movió de inmediato.
El miedo volvió a apretar su pecho.
No miedo a él.
Miedo a confiar.
Miedo a bajar la guardia.
Miedo a que todo fuera una ilusión cruel.
Damián apagó el motor, pero no se bajó enseguida. La miró de reojo.
—Puedes quedarte en el auto si necesitas un momento —dijo—. La puerta no se va a cerrar.
Ella tragó saliva.
—No… —susurró—. Solo… dame un segundo.
Él asintió.
Pasaron unos instantes. El tic del motor enfriándose. Un perro ladrando a lo lejos. El viento moviendo las hojas.
Finalmente, Alma abrió la puerta.
Sus piernas temblaron al bajar. Damián se apresuró a rodear el auto, pero se detuvo a medio camino cuando vio que ella se sostenía sola. Respetó su espacio.
—Despacio —dijo—. No hay prisa.
Entraron.
La casa olía a limpio. A jabón neutro. A café viejo. A hogar vivido.
No había música. No había televisión encendida. Solo silencio.
Damián encendió una luz tenue del living. El espacio era sencillo: un sofá oscuro, una mesa baja de madera, una biblioteca con libros desordenados, una manta doblada en un brazo del sillón. Nada estaba fuera de lugar, pero tampoco parecía preparado para visitas.
Era real.
—Puedes sentarte donde quieras —dijo—. ¿Agua? ¿Té?
—Agua… —respondió ella con voz apagada.
Él fue a la cocina. Alma se quedó de pie, observando. Sus ojos se movían con cautela, como si buscaran señales de peligro. Salidas. Sombras. Amenazas.
Nada.
Damián regresó con un vaso grande de agua fría. Se lo extendió sin tocarla.
—Bebe despacio.
Ella lo tomó con manos temblorosas. Dio un sorbo. Luego otro. El agua le recorrió la garganta como un alivio inmediato. Sus hombros bajaron apenas.
—Gracias… —susurró.
Damián asintió.
—El baño está ahí —señaló un pasillo—. Si quieres darte una ducha, hay toallas limpias. No tienes que pedir permiso.
Alma lo miró. Sus ojos se llenaron de una emoción peligrosa.
—No quiero molestar…
—No molestas —respondió él, sin dudar—. Estás a salvo aquí.
Esa frase.
Tan simple.
Tan devastadora.
Alma sintió cómo algo se rompía por dentro.
Se sentó en el sofá de golpe, como si las fuerzas la hubieran abandonado de pronto. El vaso tembló en sus manos. El llanto que había estado conteniendo durante horas volvió con violencia.
No hizo ruido al principio. Solo lágrimas silenciosas. Luego su pecho empezó a sacudirse.
Damián no se acercó de inmediato.
Esperó.
Cuando vio que ella se doblaba sobre sí misma, que su respiración se volvía errática, dio un paso.
—Tranquila—dijo con suavidad.
Ella levantó el rostro, deshecha.
—Tengo miedo —confesó—. Aunque esté aquí… tengo miedo de que él me encuentre.
Damián frunció el ceño.
—¿Quien? —preguntó, sin acusar.
Ella asintió.
—Mi esposo, siempre encuentra la forma… —susurró—. Siempre. .
El silencio se volvió más pesado.
Damián se agachó frente a ella, a una distancia prudente.
—Escúchame —dijo con voz firme—. Nadie va a entrar aquí sin mi permiso. Y nadie te va a sacar de esta casa mientras tú no quieras.
Sus ojos no mentían.
—Esta puerta se cierra —continuó—. Y cuando se cierra, el miedo se queda afuera.
Alma lo miró, temblando.
—¿Por qué hace esto? —preguntó—. No me conoce. No sabe nada de mí.
Damián apretó la mandíbula. Sus ojos se oscurecieron un instante.
—Porque una vez… —empezó, y se detuvo—. Porque nadie merece ser tratada como te trataron hoy.
No dijo más.
Se levantó.
—Te voy a mostrar tu habitación —dijo—. Está al fondo. Es pequeña, pero es tranquila.
Caminaron por el pasillo. Alma sentía cada paso como si entrara en terreno desconocido.
La habitación era simple: una cama individual, sábanas limpias, una lámpara cálida, una ventana con cortinas claras.
—Aquí nadie entra sin tocar —dijo Damián—. Ni siquiera yo.
Eso importó más de lo que él imaginaba.
—Duerme —continuó—. Mañana hablamos de lo que tú quieras hablar. O de nada, si prefieres.
Alma se quedó en la puerta.
—¿Y si me voy en la madrugada? —preguntó—. ¿Se va a enojar?
Damián negó.
—No. Pero preferiría que no lo hicieras sola.
Ella asintió.
—Gracias… Damián. Por cierto, me llamo Alma.
Él la miró un segundo más. Luego se dio la vuelta.
—Buenas noches, Alma.
#280 en Novela romántica
#129 en Chick lit
sumisa y dominante, toxico, celos deseo lujuria hombre posesivo
Editado: 05.01.2026