Alma permanecía recostada de lado, con las manos rodeando su vientre, como si pudiera proteger a su hijo incluso del pasado.
Pero el sueño no llegaba.
Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes volvían: la voz de Gael endurecida, su mirada cuando perdía el control, la sensación de no poder huir lo suficientemente rápido. El cuerpo le reaccionaba antes que la mente; el pecho se le cerraba, la garganta ardía, el aire parecía escaso.
Abrió los ojos de golpe.
El corazón le latía desbocado.
—Tranquilo… —susurró, acariciando su vientre—. Todo está bien… todo está bien…
Mentía. Lo sabía. Pero necesitaba decirlo.
Se incorporó despacio. La habitación seguía igual: la luz tenue, la cortina moviéndose apenas por el viento, la cama firme bajo su cuerpo. No estaba en la calle. No estaba corriendo. No estaba siendo perseguida.
Aun así, el miedo no se iba.
Escuchó un ruido al fondo de la casa.
Un paso.
Luego otro.
Alma se tensó de inmediato. Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera razonar. Se levantó de la cama, con el corazón golpeándole las costillas, y se acercó a la puerta sin hacer ruido.
Abrió apenas.
La luz del living seguía encendida.
Damián estaba sentado en el sofá, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. No miraba el teléfono. No veía televisión. No dormía.
Estaba alerta.
Como si supiera que la noche no la dejaría descansar.
Alma dudó.
No quería molestar. No quería parecer débil otra vez. Pero la presión en el pecho se volvió insoportable. Sintió el mareo subirle por la nuca.
Dio un paso fuera de la habitación.
El piso crujió apenas.
Damián levantó la cabeza de inmediato.
No se sobresaltó. No se puso a la defensiva. Solo la miró, atento.
—¿Te sientes mal? —preguntó en voz baja.
Alma negó, pero las lágrimas traicionaron su gesto.
—No puedo dormir —confesó—. Lo intento, pero… —su voz se quebró— no puedo.
Damián se puso de pie despacio, sin invadirla.
—Ven —dijo—. Si quieres.
Ella caminó hasta el sofá y se sentó en el extremo, abrazándose a sí misma. Él se sentó en el otro lado, dejando espacio suficiente para que no se sintiera acorralada.
—¿Te duele algo? —preguntó—. ¿El estómago?
—No… —respondió—. Es… aquí. —Se llevó la mano al pecho.
Damián asintió. No hizo preguntas innecesarias.
—Las noches suelen ser traicioneras —dijo—. Todo se siente más grande cuando no hay ruido que lo tape.
Ella respiró hondo.
—Tengo miedo de acostumbrarme —dijo de pronto—. A estar bien. Siempre que empiezo a creer que algo puede mejorar… se rompe.
Damián la miró fijamente.
—No voy a prometerte nada que no pueda cumplir —respondió—. Pero esta noche, al menos esta noche, no se va a romper.
Alma cerró los ojos.
Las lágrimas volvieron a caer, silenciosas.
—Él no era así al principio —confesó—. Gael era… distinto. Atento. Protector. Yo pensé que me amaba.
Damián apretó la mandíbula, pero no la interrumpió.
—. Se volvió más controlador. Más frío. Y cuando se enojaba… —su voz se apagó— yo aprendí a callar.
El silencio pesó como una losa.
—Salir hoy… fue lo más difícil que he hecho —dijo—. Pero también lo único que me salvó de Gael.
Damián respiró profundo.
—Hiciste lo correcto —dijo con firmeza—. Aunque no lo sientas ahora.
Alma lo miró.
—¿Y usted? —preguntó de pronto—. ¿Por qué reaccionó así en el restaurante?
Damián tardó en responder.
Se recostó contra el respaldo del sofá, mirando el techo.
—Porque he visto esa mirada antes —dijo—. En alguien a quien no pude ayudar.
El aire se volvió más denso.
—Era mi hermana —añadió.
Alma contuvo el aliento.
—Tenía tu misma expresión cuando llegó a mi puerta una noche —continuó—. Descalza. Llorando. Convencida de que todo era culpa suya.
Su voz no tembló, pero había algo roto debajo de cada palabra.
—Yo no supe qué hacer —admitió—. Pensé que bastaba con decirle que todo iba a mejorar. Me equivoqué.
Alma no habló. No se atrevía.
—Un año después… —Damián cerró los ojos— ya no estaba.
El silencio fue absoluto.
—Desde entonces —continuó—, no me quedo callado cuando veo una injusticia. Y no dejo que una mujer vulnerable se vaya sola a la calle.
Alma sintió un nudo en la garganta.
—Lo siento… —susurró.
Damián negó.
—No lo sientas. Tú no hiciste nada.
Se quedaron en silencio. No incómodo. Compartido.
Alma se llevó la mano al vientre. Sintió un movimiento leve. Instintivo.
—Se movió —dijo, sorprendida.
Damián la miró.
—¿Sí?
Ella asintió, con una mezcla de miedo y asombro.
—Creo que siente cuando estoy nerviosa.
—Entonces —dijo él con suavidad—, vamos a intentar que esté tranquilo.
Se levantó y fue a la cocina. Regresó con una manta.
—Hace frío —explicó—. Y no quiero que te resfríes Alma.
La colocó sobre sus hombros con cuidado, sin rozarla más de lo necesario.
Alma cerró los ojos por un segundo.
—Gracias… —susurró otra vez.
—No tienes que agradecer —respondió—. Descansa aquí si quieres. Yo estaré despierto.
—¿Toda la noche?
—Las que hagan falta.
Ella lo miró. De verdad lo miró.
No vio un salvador.
No vio un héroe.
Vio a un hombre cansado… eligiendo hacer lo correcto.
Se acomodó en el sofá. Poco a poco, el cuerpo empezó a rendirse. El miedo se aflojó apenas. No desapareció, pero dejó espacio para algo nuevo.
Confianza.
Antes de quedarse dormida, murmuró:
—Damián…
—¿Sí?
—Gracias… por no dejarme sola.
Él no respondió enseguida.
Solo dijo:
—Duerme, Alma. Aquí nadie te va a hacer daño.
Y mientras ella se hundía finalmente en un sueño ligero pero real, Damián volvió a quedarse despierto, escuchando cada respiración, cada pequeño movimiento.
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Editado: 05.01.2026