El golpe volvió a sonar.
Más fuerte.
Más urgente.
—¡Gael! —gritó la voz desde el otro lado de la puerta—. ¡Gael, por favor, abre! ¡Sé que estás ahí!
Lucía.
Su nombre se filtró entre el ruido como una grieta en el muro que Gael había levantado dentro de sí.
Él no respondió.
Tenía el arma en la mano. El metal frío contrastaba con el calor que le ardía en la palma. Su respiración era lenta, demasiado lenta, como si su cuerpo se estuviera preparando para algo que su mente ya había decidido… aunque no supiera qué.
—¡Gael, abre la puerta! —insistió Lucía, con la voz rota—. ¡No hagas una estupidez! ¡Por favor!
Otra vez ese “por favor”.
Esa palabra que Alma había usado tantas veces.
El recuerdo le atravesó el pecho como una cuchillada.
Gael cerró los ojos con fuerza.
—Vete… —murmuró—. No tienes que ver esto.
—¡No me voy a ir! —gritó ella—. ¡No otra vez!
Ese “otra vez” lo sacudió.
Lucía apoyó la frente contra la puerta.
—No voy a perderte también… —dijo, ahora en un hilo de voz—. Ya perdí demasiado.
Algo crujió dentro de Gael.
Su mano tembló.
El arma descendió apenas unos centímetros.
—Gael… —susurró Lucía—. Ábreme. Solo mírame. Si después quieres que me vaya, me iré. Pero mírame primero. Por favor.
El silencio se volvió insoportable.
El arma parecía pesar el doble.
Gael dio un paso hacia la puerta. Luego otro. Cada movimiento era una lucha contra ese impulso oscuro que le rugía por dentro, empujándolo hacia el abismo.
Se detuvo frente a la puerta.
Respiró hondo.
Giró el seguro.
El clic resonó como un disparo en el pasillo.
La puerta se abrió apenas… y Lucía se lanzó hacia él.
No le dio tiempo a reaccionar.
Lo abrazó con fuerza, desesperadamente, como si temiera que si lo soltaba, él desaparecería.
—No… no… no… —repetía entre sollozos—. No otra vez, Gael. No así. No tú.
Gael se quedó rígido.
Sus brazos colgaban a los costados. El arma seguía en su mano, oculta tras su cuerpo.
Lucía levantó el rostro de golpe cuando lo vio.
Sus ojos se abrieron con horror.
—Gael… —susurró—. ¿Qué estás haciendo…?
Él no respondió.
Las lágrimas comenzaron a bajar por su rostro sin que se diera cuenta.
No gritó.
No se quebró con ruido.
Simplemente… se desmoronó.
Lucía, con cuidado, tomó su muñeca.
—Mírame —le pidió—. Solo mírame.
Gael levantó la vista.
Sus ojos estaban vacíos. Rojos. Perdidos.
—Ella se fue… —dijo con voz apagada—. Y esta vez no fue como antes. Esta vez… —tragó saliva— esta vez no va a volver.
Lucía negó con la cabeza, llorando.
—Eso no significa que tú tengas que desaparecer —le dijo—. No significa que tengas que castigarte así.
Él soltó una risa amarga.
—No entiendes… —murmuró—. Todo lo arruino. Todo lo toco… lo rompo.
Lucía apretó más el abrazo.
—No —dijo con firmeza—. Estás herido. Y una persona herida no toma buenas decisiones. Pero eso no te hace un monstruo.
El arma cayó al suelo.
El sonido del metal golpeando el piso fue seco, definitivo.
Lucía tembló… pero no lo soltó.
Gael cayó de rodillas, como si sus piernas ya no pudieran sostenerlo. Ella cayó con él, abrazándolo, sosteniendo su cabeza contra su pecho.
Y entonces… él lloró.
No con rabia.
No con gritos.
Lloró como alguien que ya no puede cargar más peso.
—No quería hacerle daño… —sollozó—. Nunca quise… solo quería que se quedara…
Lucía cerró los ojos, con el corazón destrozado.
—A veces amar no basta —susurró—. Y a veces… amar mal también hiere.
Se quedaron así, en el suelo del apartamento destruido, mientras afuera los vecinos seguían murmurando, mientras la noche seguía avanzando.
Gael respiraba entrecortado, pero vivo.
Derrotado, pero vivo.
LUCIA EN FOTO

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Editado: 05.01.2026