Lucía fue la primera en reaccionar.
Con manos firmes —aunque le temblaban los dedos— se inclinó despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperlo otra vez. Tomó el arma del suelo antes de que Gael pudiera siquiera pensar en volver a tocarla.
Él no opuso resistencia.
Ni siquiera levantó la vista.
Lucía la sostuvo apenas un segundo, lo suficiente para sentir el peso real de lo que había estado a punto de ocurrir. Luego caminó hacia la cocina y la arrojó dentro del cajón más alto, cerrándolo con un golpe seco, definitivo, como si sellara un pacto con la vida.
Cuando regresó, Gael seguía de rodillas.
Hecho pedazos.
Lucía se agachó frente a él y tomó su rostro entre las manos.
—Ya no —susurró—. No hoy. No tú.
Gael levantó la mirada, perdido, roto, y algo en su expresión la atravesó. No era culpa. No era rabia.
Era abandono.
Lucía lo besó.
No fue un beso urgente ni desesperado. Fue lento, tembloroso, cargado de todo lo que no se sabía decir con palabras. Un beso que no pedía nada, que no exigía respuestas.
Solo estaba ahí.
Gael cerró los ojos.
Su cuerpo respondió antes que su mente. Sus manos se aferraron a la tela de la ropa de Lucía como si ella fuera lo único sólido en un mundo que acababa de desmoronarse.
—Alma… —susurró contra sus labios, casi sin darse cuenta.
Lucía se tensó apenas un segundo.
Pero no se apartó.
Lo abrazó más fuerte.
—Lo sé —dijo en voz baja—. No te estoy pidiendo que la olvides.
Gael comenzó a llorar otra vez.
—La amo… —dijo con la voz rota—. Y te estoy haciendo daño a ti por no saber cómo dejar de hacerlo.
Lucía apoyó la frente en la suya.
—El amor no siempre llega en el orden correcto —respondió—. A veces solo llega… cuando más sangramos.
Se quedaron así, respirando el mismo aire, compartiendo el silencio.
No hubo promesas.
No hubo juramentos.
Solo dos personas sosteniéndose en medio de un desastre.
Esa noche no sanó a Gael.
Pero lo mantuvo vivo.
Y mientras la madrugada avanzaba, Lucía comprendió algo que le heló la sangre:
Alma no solo se había ido.
Seguía viviendo dentro de él.
Y tarde o temprano… ese fantasma iba a exigir su lugar.
Porque el verdadero peligro no había sido el arma.
Era el amor que Gael aún no sabía soltar.
Lucía fue la primera en levantarse.
No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque quedarse quieta empezaba a doler más. Se soltó despacio de Gael, con cuidado, como si temiera que al separarse él volviera a romperse.
—Quédate aquí —dijo en voz baja—. No te muevas.
Gael asintió apenas. Seguía sentado en el suelo, con la espalda contra el sillón, los ojos perdidos en algún punto que solo él veía.
Lucía entró a la cocina.
Encendió la luz. El resplandor blanco le pareció demasiado fuerte al principio, pero no la apagó. Necesitaba algo claro, algo simple. Abrió la nevera y la observó unos segundos, como si la decisión más difícil del mundo estuviera ahí dentro.
Sacó huevos, pan, un poco de arroz que había quedado del día anterior. Nada elaborado. Nada especial.
Algo caliente.
Algo vivo.
Puso agua a hervir y el sonido suave le dio una extraña calma. Mientras movía la olla, sus manos dejaron de temblar. Cocinar siempre había sido así para ella: una forma silenciosa de decir estoy aquí, incluso cuando las palabras no alcanzaban.
Desde la sala, Gael escuchaba.
El choque leve de los utensilios. El gas encendiéndose. El murmullo del agua.
Sonidos normales.
Y por primera vez en horas, eso le dolió menos que el silencio.
Cuando Lucía volvió, llevaba un plato humeante y una taza entre las manos. Se sentó frente a él en el suelo, sin prisas.
—Come un poco —dijo—. Aunque no tengas hambre.
Gael la miró como si no entendiera del todo.
—No creo poder —murmuró.
—No tienes que poder —respondió ella—. Solo intentarlo.
Le acercó la cuchara. Gael dudó, pero al final tomó un bocado pequeño. El calor le recorrió la garganta y algo dentro de su pecho se aflojó, apenas un poco, lo suficiente para respirar mejor.
Lucía no dijo nada.
Se quedó ahí, sosteniendo la taza, observándolo como quien cuida una herida abierta sin tocarla demasiado.
—¿Por qué haces esto? —preguntó él de pronto, con voz cansada—. Después de todo lo que te dije. Después de… Alma.
Lucía bajó la mirada un segundo, luego volvió a alzarla.
—Porque hoy necesitabas que alguien te cocinara —dijo—. Mañana ya veremos.
Gael tragó saliva. Sus ojos volvieron a humedecerse.
—No soy justo contigo.
—Nunca dije que lo fueras —respondió ella con suavidad—. Solo dije que no estabas solo.
Se quedaron así. Él comiendo despacio. Ella acompañándolo. Sin tocar el tema que ardía entre ambos, sin nombrar al fantasma que flotaba en la habitación.
Cuando Gael terminó, Lucía recogió el plato y lo dejó a un lado. Luego se sentó junto a él, apoyando el hombro en el suyo.
No lo abrazó.
No lo besó.
Solo se quedó.
Y en ese gesto sencillo, Gael entendió algo que lo quebró de una forma distinta:
Lucía no estaba tratando de reemplazar a Alma.
Estaba sosteniéndolo mientras él aprendía a no desaparecer.
Pero incluso en ese momento, mientras el calor de la comida y la presencia de Lucía lo anclaban al ahora, el nombre de Alma seguía ahí. Callado. Persistente.
Esperando.
Porque algunos amores no se apagan con el tiempo.
Solo aprenden a esconderse.
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Editado: 05.01.2026