Lucía empezo a sentir malestar en su estomago.
Al principio pensó que era el cansancio. El nudo en el estómago, el olor aún tibio de la comida, la madrugada cayéndole encima como un peso extraño. Se levantó despacio, pero el mareo llegó antes que el pensamiento.
—Lucía… —alcanzó a decir Gael al verla palidecer.
Ella dio dos pasos inseguros y se detuvo en seco. El mundo se le inclinó peligrosamente.
—No… no pasa nada —murmuró, aunque su voz la traicionó.
La náusea subió de golpe.
Gael se puso de pie de inmediato, como si su cuerpo hubiera recordado cómo reaccionar antes que su mente. La sostuvo por los hombros justo a tiempo y la guio hacia el baño.
—Tranquila, mírame —dijo con urgencia contenida—. Respira.
Lucía apenas alcanzó a inclinarse sobre el lavabo cuando el vómito llegó. Gael sostuvo su cabello con una mano firme y cálida, y con la otra abrió el grifo para mojarle la nuca cuando terminó.
Lucía se apoyó en el borde del lavamanos, respirando con dificultad. Gael no se apartó. Le acercó un vaso con agua, esperando a que pudiera beber.
—¿Te duele algo? —preguntó en voz baja, tensa—. ¿Desde cuándo te sientes así?
Lucía negó despacio, aún sin fuerzas.
—Es… es normal —susurró—. Me pasa a veces.
Gael frunció el ceño.
—¿Normal cómo?
Ella tardó un segundo de más en responder. Bajó la mirada a sus manos, apoyadas sobre el porcelanato frío, como si ahí estuviera la respuesta.
—Por el embarazo —dijo al fin, casi en un hilo de voz.
El silencio se estrelló entre los dos.
Gael se quedó inmóvil, como si el mundo hubiera cambiado de eje sin avisarle. La palabra resonó en su cabeza una y otra vez. Recordandole que ese hijo era suyo.
—Oh, claro, era...—empezó, pero no terminó la frase.
Lucía asintió.
—Poco tiempo —aclaró—. Aún es temprano. Pero, no me he sentido tan bien.
Gael tragó saliva. La preocupación le cruzó el rostro antes que cualquier otra emoción. Se inclinó un poco más hacia ella.
—¿Has ido al médico? ¿estas comiendo bien? —preguntó—. ¿Te sientes mareada seguido?
Lucía lo miró entonces, sorprendida. No esperaba ese tono. No esperaba esa atención tan inmediata.
—Sí… —respondió—. Estoy bien, Gael. Solo fue el olor… y el cansancio.
Él apoyó una mano en su espalda, con cuidado, como si temiera romper algo frágil.
—Siéntate —dijo—. No deberías estar de pie ahora.
La ayudó a sentarse en el borde de la bañera. Se arrodilló frente a ella para quedar a su altura, observándola con una mezcla de alarma y algo más profundo… algo que no se atrevía a nombrar. Quizas su gentileza no era por amor, era mas bien agradecimiento por haberlo salvado horas antes..
—Avísame si vuelve —añadió—. No quiero que pases esto sola.
Lucía sostuvo su mirada. Por un segundo, el peso de todo —el embarazo, Alma, la noche anterior— pareció demasiado grande para ese espacio tan pequeño.
—Gracias —dijo finalmente.
Gael asintió, pero no sonrió.
Mientras le ofrecía de nuevo el vaso de agua, algo se acomodó y se desordenó al mismo tiempo dentro de él. Porque cuidarla se sentía natural. Instintivo.
Y eso lo asustó.
Lucía apoyó una mano sobre su vientre sin darse cuenta, en un gesto casi inconsciente. Gael lo notó. No dijo nada, pero sus ojos se quedaron ahí un segundo de más.
Gael se dio cuenta de inmediato.
No fue algo que pensara con claridad, fue más bien un golpe silencioso en el pecho, una certeza súbita que le quitó el aire. La forma en que Lucía había llevado la mano a su vientre. El cuidado con el que hablaba. El peso de esa palabra que aún flotaba en el baño.
Embarazo.
Sin decir nada, Gael se levantó.
Lucía alzó la vista, confundida.
—Gael…
Pero él ya estaba saliendo. Caminó rápido por el pasillo, como si el aire dentro del apartamento se hubiera vuelto demasiado espeso. Abrió la puerta del balcón y salió, cerrándola detrás de sí con más fuerza de la necesaria.
El frío de la madrugada lo golpeó de frente.
Apoyó ambas manos en la baranda y bajó la cabeza. Respiró hondo, una, dos veces. No funcionó. El pecho le ardía como si algo estuviera a punto de estallar.
Desde ahí, la ciudad parecía ajena. Las luces encendidas en ventanas lejanas, algún auto pasando a lo lejos, la vida continuando sin saber nada del caos que él llevaba dentro.
Se pasó una mano por el rostro.
No estaba huyendo de Lucía.
Estaba huyendo de sí mismo.
De la culpa que lo atravesaba al darse cuenta de que, por un segundo, había sentido algo que no debía. De la imagen de Alma apareciendo sin permiso. De la idea de que Lucía estaba creando vida mientras él apenas sabía cómo sostener la suya.
Apoyó la frente contra el metal frío de la baranda.
—No… —murmuró, sin saber a quién se lo decía.
Porque lo entendió entonces, con una claridad que dolía:
Lucía merecía calma. Cuidado. Presencia entera.
Y él solo tenía fragmentos.
Dentro del apartamento, Lucía permaneció sentada unos segundos, escuchando el sonido lejano de la puerta del balcón. Supo, sin necesidad de verlo, que Gael estaba tratando de recomponerse.
No lo siguió de inmediato.
Le dio ese espacio, aunque el vacío le pesara.
Pasaron unos minutos.
Cuando al fin se levantó y caminó hacia el balcón, lo encontró de espaldas, inmóvil, recortado contra la noche.
No dijo nada.
Se quedó a unos pasos de distancia.
Alma
Alma despertó con el canto de los pájaros.
Al principio creyó que seguía soñando. Ese trino suave, insistente, se colaba por la ventana abierta y se mezclaba con el olor a café recién hecho. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
Cuando lo hizo, el pecho le dolió un poco menos.
Se incorporó despacio, todavía envuelta en las sábanas, y entonces lo vio.
Damian estaba en la cocina.
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Editado: 05.01.2026