Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

capitulo 35: Donde la verdad aprende a respirar

El consultorio estaba en silencio cuando el médico levantó la vista de la historia clínica.

Era un hombre de mediana edad, lentes rectangulares, gesto cansado pero amable. Revisó los papeles una vez más y luego los miró por encima del borde del escritorio.

—Bien —dijo—. Antes de continuar, necesito confirmar algunos datos.

Alma sintió cómo los dedos se le tensaban sobre el borde de la camilla.

Damian estaba a su lado, de pie, con las manos en los bolsillos, atento pero sin invadir.

—¿Usted es el padre? —preguntó el médico, mirando directamente a Damian.

El aire pareció detenerse.

Alma reaccionó antes de pensar.

Sonrió.

Fue una sonrisa suave, casi agradecida, pero firme.

—No —dijo—. No lo es.

El médico parpadeó.

Miró a Damien.
Luego a Alma.
Luego volvió a los papeles.

—Oh… disculpe —murmuró, claramente incómodo.

Damian negó con la cabeza de inmediato.

—No hay problema —dijo—. Estoy aquí acompañándola.

El médico se sonrojó visiblemente.

—Claro… claro —aclaró, acomodándose en la silla—. Es solo protocolo.

Alma bajó la mirada, pero la sonrisa no desapareció del todo. No era tristeza lo que sentía. Era una extraña paz al decirlo en voz alta. Como si al nombrar la verdad, algo dentro de ella se ordenara.

El médico se levantó y se colocó los guantes.

—Bien, Alma —dijo—. Vamos a revisar cómo va todo.

El gel frío la hizo estremecerse cuando el aparato tocó su vientre. Damien dio un paso más cerca, atento a su respiración.

—Respira —le susurró—. Estoy aquí.

La pantalla tardó unos segundos en mostrar algo reconocible. Alma apretó los labios, conteniendo el aire.

—Aquí está —dijo el médico señalando—. El corazón.

El sonido llenó la habitación.

Rápido.
Firme.
Vivo.

Alma sintió que algo dentro de ella se quebraba y se reconstruía al mismo tiempo. Se le humedecieron los ojos, y no intentó ocultarlo.

Damian tragó saliva.

—Es fuerte —murmuró el médico—. Todo parece ir bien.

Alma dejó escapar el aire que había estado sosteniendo.

—Doctor… —dijo con voz temblorosa—. ¿Está… está sano?

El médico asintió.

—Por lo que vemos hasta ahora, sí. Muy sano.

Entonces, como si hablara de algo cotidiano, añadió:

—Y es una niña.

El mundo volvió a detenerse.

—¿Una…? —Alma no terminó la frase.

El médico sonrió.

—Una niña —repitió—. Bastante activa, por cierto.

Alma soltó una risa ahogada que se convirtió en llanto. Se llevó una mano a la boca, incapaz de procesarlo del todo.

—Una niña… —susurró.

Damien la miró, sorprendido por la intensidad de su reacción.

—Hey… —dijo con suavidad—. ¿Estás bien?

Alma asintió, llorando.

—Sí… es solo que… —rió entre lágrimas—. Siempre pensé que sería niño. No sé por qué.

El médico limpió el gel y le dio unos segundos.

—Hay algo más —añadió entonces, y su tono cambió apenas—. Algo que necesito explicarles con calma.

Damian se tensó.

—¿Qué pasa? —preguntó.

El médico volvió a mirar la pantalla.

—La gestación está un poco más avanzada de lo que indicaba la fecha que tenemos —dijo—. No es grave, pero significa que el embarazo tiene más semanas de las que pensábamos.

Alma frunció el ceño.

—Eso… ¿qué implica?

El médico respiró hondo.

—Implica que la concepción ocurrió antes de lo que usted cree.

El silencio cayó pesado.

Alma sintió un frío recorrerle la espalda.

—Eso no puede ser —dijo—. Yo… yo sé cuándo…

Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.

Damien notó el cambio en su expresión.

—Alma… —dijo—. ¿Qué pasa?

Ella negó despacio, como si pudiera borrar la idea.

—Nada —mintió—. Solo… es mucha información.

El médico cerró el expediente.

—No es motivo de alarma —aclaró—. Pero es importante que tenga claro el tiempo real del embarazo. Eso es todo.

Asintió con profesionalismo y se retiró unos minutos, dejándolos solos.

El silencio que quedó no fue cómodo.

Damian se acercó un poco más.

—¿Quieres hablar? —preguntó.

Alma miró la pantalla apagada.

—Es una niña —repitió, como si aferrarse a eso la mantuviera a flote.

Damian sonrió con cuidado.

—Sí. Lo es.

Ella cerró los ojos.

Porque ahora lo sabía.

El pasado no estaba tan lejos como había querido creer.

Alma no dijo nada.

No buscó palabras porque sabía que no las encontraría. Todo lo que llevaba dentro —el miedo, la sorpresa, la ternura recién nacida, el golpe silencioso de la verdad— se le amontonó en el pecho hasta volverle imposible hablar.

Se levantó despacio de la camilla.

Damian dio un paso atrás por reflejo, como si temiera invadirla, pero Alma hizo lo contrario. Avanzó hacia él y, sin aviso, lo abrazó.

Fue un abrazo inesperado.

No apretado.
No desesperado.

Un abrazo largo, sincero, cargado de algo que no pedía nada a cambio.

Damian se quedó rígido apenas un segundo. Luego dejó escapar el aire y apoyó las manos con cuidado en su espalda, sin cerrarla del todo, como respetando un límite invisible.

Alma hundió el rostro en su pecho.

El perfume de Damian la envolvió de inmediato. Limpio. Cálido. Con un fondo amaderado que no imponía, que no gritaba presencia, pero que estaba ahí… firme. Ese olor le recordó algo que había olvidado: la sensación de estar a salvo sin tener que explicarse.

Respiró hondo.

Una vez.
Dos veces.

Como si ese gesto sencillo pudiera ordenar el caos que llevaba dentro.

Damian no habló.

Dejó que el silencio hiciera su trabajo.

Sintió el temblor leve del cuerpo de Alma, la forma en que su respiración se acomodaba poco a poco. Comprendió, sin necesidad de que ella lo dijera, que ese abrazo no era una confesión ni una promesa.

Era agradecimiento.




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