Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 36: Y algunas deudas… no se pagan con dinero.

Mientras Gael disfrutaba de su ducha, unos golpes secos resonaron en la puerta.

No lo sorprendieron a él.

Pero a Lucía sí.

Se puso de pie de inmediato, con el corazón acelerado. Algo en lo profundo —una intuición vieja, incómoda— comenzó a tomar forma incluso antes de que la puerta se abriera.

Gael no se movió.

—Son ellos —susurró Lucía.

Demasiado tarde.

La puerta se abrió sin pedir permiso y tres hombres entraron como si el lugar les perteneciera. No era la primera vez que Lucía los veía. Tampoco era la primera vez que sentía cómo ocupaban una habitación con solo respirar.

El del centro levantó la vista y, al reconocerla, alzó una ceja.

—Mirá vos… —dijo—. Si no es la mujer buena.

Lucía sintió el estómago cerrarse, pero no retrocedió.

—Sabía que eras vos —respondió—. Solo ustedes golpean así.

El hombre sonrió, ladeando la cabeza.

—Siempre tan directa, Lucía.

Gael giró lentamente hacia ella.

—¿Los conoces? —preguntó, aunque la respuesta ya estaba escrita en su cara.

—Demasiado —contestó ella—. Son los nuevos perros falderos de Max-El mismo hombre al que, años atrás, Gael y yo le robamos el dinero.

El más joven soltó una risa baja.

—El mundo es chico —dijo—. ¿Y qué? ¿Son pareja?

—No la metan en esto —intervino Gael, con la voz baja pero cargada—. Esto es conmigo.

—¿Con nosotros quiénes? —replicó el del centro—. Porque acá hay historias cruzadas, Gael. Y vos lo sabés.

Lucía cruzó los brazos, obligándose a mantener el pulso firme.

—Si vienen por la plata, ya saben que no la tiene.

El hombre la observó con atención.

—Siempre lo defendías —dijo—. Incluso cuando te convenía no hacerlo.

Gael apretó los puños.

—Déjenla fuera.

—No —respondió el hombre con calma—. Porque ella sabe cosas. Y porque estuvo ahí cuando robaste.

El silencio se volvió espeso.

—No vinimos a lastimar a nadie —continuó—. Vinimos a cerrar un círculo.

El más joven dio un paso adelante y tomó a Gael del brazo.

—El jefe quiere verlos —dijo—. A los dos.

Lucía alzó la mirada.

—¿A mí por qué? —preguntó—. Además… estoy embarazada.

El hombre del centro se encogió de hombros.

—Porque sos parte de la historia, Lucía. Y porque confiamos más cuando todos los recuerdos se sientan en la misma mesa.

Gael intentó interponerse.

—Ella no va.

—Entonces vos tampoco —respondió el hombre—. Y créeme… eso no te conviene.

Lucía respiró hondo.

—Gael —dijo, mirándolo—. No discutas.

Él la observó, sorprendido.

—Lucía…

—Ya estuvimos en algo peor —añadió ella—. ¿Te acordás?

No hubo forcejeo.

No hizo falta.

Bajaron juntos por el pasillo, escoltados, como si el edificio entero recordara quiénes habían sido. En la calle, un vehículo oscuro los esperaba.

Antes de subir, el hombre del centro se inclinó hacia Lucía.

—Nunca pensé que volvería a verte.

—Yo tampoco —respondió ella—. Y sin embargo… acá estoy.

La puerta se cerró.

El auto arrancó.

Dentro del vehículo, Gael la miró de reojo.

—No tenías que venir —murmuró—. Mucho menos decir lo del embarazo.

Lucía no apartó la vista de la ventana. Las luces de la ciudad se deslizaban como heridas abiertas sobre el vidrio.

—Si no lo decía yo, lo iban a descubrir igual —respondió—. Y prefiero que sepan que no me quiebro fácil.

El auto redujo la velocidad y giró por una calle secundaria. Un portón negro se abrió sin aviso y volvió a cerrarse detrás de ellos con un golpe seco.

El lugar olía a poder viejo.
A dinero mal habido.
A cuentas pendientes.

Los hicieron bajar.

Gael apretó la mandíbula al reconocer el sitio: un antiguo galpón remodelado con lujos innecesarios, luces frías y guardias en cada esquina. Nada había cambiado… y todo era distinto.

Max los esperaba sentado.

Traje oscuro.
Cabello peinado hacia atrás.
La misma sonrisa ladeada que nunca prometía nada bueno.

Al ver a Lucía, se levantó.

Aplaudió una vez.
Despacio.

—Mirá vos… —dijo—. Si no es la reina del desastre.

—Hola, Max —respondió Lucía.

—Te ves… viva —añadió él—. Eso ya es ganancia.

Gael dio un paso al frente.

—Esto es conmigo. Déjala fuera.

Max alzó una mano, pidiendo silencio sin mirarlo.

—Siempre tan protector. Y siempre tan tarde.

Se acercó a Lucía, observándola como quien evalúa una pieza que creía perdida.

—Debo felicitarte —dijo—. Seguís siendo peligrosa. No porque dispares… sino porque nunca temblás.

—¿Para qué nos trajiste? —preguntó Lucía—. Si fuera para matarnos, ya lo habrías hecho.

Max sonrió.

—Exacto. No los traje para eso.

Apoyó las manos sobre la mesa.

—Los traje porque hay algo que solo ustedes dos pueden devolverme.

Gael sintió el nudo en el estómago.

—No tenemos nada tuyo.

Max lo miró con dureza.

—Eso creés vos.

Luego volvió la vista a Lucía.

—La historia no terminó la noche que robaron ese dinero. Solo quedó… mal cerrada.

Lucía lo entendió entonces.

No estaban ahí por una deuda.
No por venganza.

Estaban ahí porque Max aún necesitaba algo de ellos.

Max dejó que el silencio se asentara antes de hablar de nuevo.

Se irguió despacio y rodeó la mesa, como un depredador que ya sabe que su presa no tiene salida.

—Quieren su libertad —dijo al fin—. Yo quiero algo a cambio.

Gael tensó los hombros.

—¿Qué cosa?

Max sonrió apenas.

—Un favor.

Lucía entrecerró los ojos.

—No hacés favores, Max.

—No —admitió—. Hago negocios.

Chasqueó los dedos. Uno de los hombres dejó sobre la mesa una carpeta negra. Dentro había fotos, mapas, horarios marcados con tinta roja.

Max la abrió frente a ellos.

—Uno de mis enemigos —continuó— cree que puede moverse sin que yo me entere. Importa mercancía por el sur. Cargamentos limpios por fuera… podridos por dentro.




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