Alma.
El parque estaba lleno de murmullos suaves: risas lejanas, niños corriendo, el canto distraído de un pájaro escondido entre los árboles. Alma caminaba despacio junto a Damián, sosteniendo su helado con cuidado.
Se sentaron en una banca de madera, aún tibia por el sol de la tarde.
—Te vas a derretir antes el helado que vos —bromeó Damián, dándole una mirada ladeada.
Alma sonrió apenas.
No respondió de inmediato.
Estaba mirándolo.
Había algo en la forma en que Damián hablaba, en cómo sus labios se curvaban al sonreír, que la desarmaba sin hacer ruido. No era deseo lo que sentía —no todavía—, era algo más profundo, más lento. Una cercanía que no pedía permiso.
Los labios de él se movían mientras contaba alguna historia trivial, pero Alma dejó de escuchar las palabras. Su atención se quedó ahí, en ese gesto cotidiano, en la forma en que pronunciaba su nombre cuando la miraba.
Sintió el pecho apretarse.
No de miedo.
De reconocimiento.
Como si su corazón hubiera decidido algo antes que ella.
Damián se detuvo al notar su silencio.
—¿Qué? —preguntó, divertido—. ¿Tengo helado en la cara?
Alma negó con la cabeza, un poco sorprendida de haber sido descubierta.
—No… —dijo—. Solo estaba pensando.
—¿En qué?
Ella dudó. Bajó la mirada al helado, ya un poco derretido.
—En que… —respiró hondo— se siente raro estar tranquila.
Damián no se rió esta vez.
La observó con atención, como si entendiera más de lo que ella había dicho.
—No es raro —respondió—. Es nuevo.
Alma levantó la vista. Sus miradas se encontraron.
Por un segundo, el mundo pareció quedarse quieto.
No hubo contacto.
No hizo falta.
Solo esa cercanía suave, honesta, donde todo parecía posible… y frágil al mismo tiempo.
Alma sonrió, esta vez sin reservas.
Y mientras volvía a mirar los labios de Damián, entendió algo que la asustó y la reconfortó a la vez:
No estaba empezando a quererlo.
Ya lo estaba haciendo.
—Es raro —dijo Alma de pronto.
Damián levantó la vista.
—¿Qué cosa?
Ella dudó. Siempre dudaba antes de decir lo que realmente pensaba. No porque no supiera expresarse, sino porque había aprendido —a fuerza de golpes invisibles— que decir demasiado podía ser peligroso.
—Estar así —continuó—. Tranquila. Sin pensar en lo que viene después.
Damián no respondió enseguida. No porque no tuviera qué decir, sino porque parecía elegir las palabras con cuidado.
—No tenés que pensar en después todo el tiempo —dijo al fin—. A veces alcanza con ahora.
Alma lo miró.
No había condescendencia en su voz.
No había promesas vacías.
Solo una certeza simple, ofrecida sin presión.
—No estoy acostumbrada —admitió ella.
—Eso se nota —dijo él, sin juicio—. Pero también se nota que lo estás intentando.
Ella bajó la mirada al helado, ya reducido a una forma indefinida.
Intentarlo.
Qué palabra tan pequeña para algo tan grande.
Porque lo que Alma estaba intentando no era solo disfrutar una tarde en el parque. Estaba intentando quedarse. Estaba intentando no huir cuando algo se sentía bien. Estaba intentando no sabotear la calma antes de que se rompiera sola.
Damián terminó su helado y tiró el envoltorio en un cesto cercano. Luego volvió a sentarse, esta vez un poco más cerca. No tanto como para invadir, pero lo suficiente como para que Alma lo notara.
Ella lo notó.
El calor de su brazo, la cercanía de su presencia. Nada invasivo. Nada urgente.
Y aun así, su corazón dio un pequeño salto.
—¿Te molesta? —preguntó él, al notar su quietud.
—No —respondió ella—. Está bien.
No dijo me gusta, pero lo pensó.
Pensó en todo lo que había aprendido a no esperar.
Pensó en lo cansada que estaba de ser fuerte.
—¿En qué pensás ahora? —preguntó Damián, rompiendo el silencio con suavidad.
Ella lo miró de nuevo. Y, sin querer, volvió a fijarse en sus labios.
No con urgencia.
Con cariño.
—En que me da miedo acostumbrarme a esto —dijo.
Damián no apartó la mirada.
—A mí me daría más miedo que no te permitieras hacerlo.
Alma tragó saliva.
Había algo peligroso en que alguien la viera así. No como una herida que debía cerrarse rápido, ni como un problema que resolver, sino como una persona en proceso. Incompleta. Real.
—No soy fácil —dijo ella, casi como advertencia.
Él soltó una pequeña risa.
—Yo tampoco —respondió—. Supongo que eso nos empata.
Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña, honesta.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero ya no era el mismo. No pesaba. No incomodaba. Era un silencio cargado de cosas que ninguno se animaba a decir todavía.
Damián fue el primero en levantarse.
—¿Caminamos un poco? —propuso, extendiéndole la mano.
Alma miró ese gesto simple como si escondiera algo enorme. Dudó apenas un segundo antes de aceptar. Sus dedos se acomodaron en los de él con naturalidad, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza.
Caminaron por el sendero del parque sin rumbo fijo. Las luces comenzaban a encenderse de a poco, y el aire traía ese olor a tarde que se termina, a algo que se va pero deja huella.
—Siempre me gustó este lugar —dijo Damián—. Me ayuda a pensar.
—A mí me ayuda a no hacerlo tanto —respondió Alma.
Él sonrió, sin soltar su mano.
Se detuvieron cerca de un árbol grande, uno de esos que parecen haber visto demasiadas historias como para sorprenderse por otra más. Alma se apoyó levemente en el tronco, todavía sosteniendo la mirada de Damián.
Había algo distinto ahora.
Una cercanía que ya no era solo emocional.
El pulso de Alma se aceleró sin permiso. Sintió el calor subirle al rostro, esa mezcla de nervios y expectativa que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
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Editado: 05.01.2026