Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 38: Nada de esto había terminado.

Gael se soltó del brazo de Lucía de un tirón.

No dijo nada.
No miró atrás.

Empezó a correr.

No sabía hacia dónde. No le importaba. Solo necesitaba alejarse de ese lugar, de esas miradas, de la imagen de Alma arrodillada junto a otro hombre. El parque quedó atrás como un mal sueño que no se disolvía.

—¡Gael! —gritó Lucía—. ¡Pará!

Pero él no podía.

El aire le quemaba los pulmones. El pecho le latía con violencia, como si el corazón quisiera salírsele para dejar de sentir. Las luces de la calle se mezclaban en manchas borrosas mientras avanzaba sin mirar, sin pensar, con los ojos llenos de lágrimas que no terminaban de caer.

Cruzó una esquina.

Y siguió corriendo.

—¡Gael! —volvió a oírla, más lejos ahora—. ¡Esperá!

No esperó.

Bajó a la calzada sin darse cuenta, con la cabeza hecha ruido, con el cuerpo empujado solo por la desesperación.

El sonido fue lo primero que lo sacó del trance.

Un bocinazo largo. Furioso.

Luego, el chirrido de las ruedas.

Un auto frenó a centímetros de él.

Gael se quedó congelado en medio de la calle, con las luces blancas clavadas en el rostro. El conductor gritaba algo que no logró entender. Todo parecía irreal, como si la escena no le perteneciera.

Por un segundo, muy breve, pensó que no le habría importado si el auto no alcanzaba a frenar.

Ese pensamiento lo atravesó como un rayo.

—¡Gael! —Lucía llegó corriendo y lo agarró del brazo con fuerza—. ¡¿Estás loco?!

Lo tiró hacia la vereda justo cuando el conductor volvió a acelerar, todavía insultando. El ruido del motor se perdió calle abajo, pero el silencio que quedó fue peor.

Gael se dobló sobre sí mismo.

Apoyó las manos en las rodillas y respiró con dificultad, como si el cuerpo recién ahora entendiera el peligro en el que había estado. Un temblor le recorrió los brazos. Luego las piernas.

Lucía no gritó esta vez.

Lo sostuvo.

—Mirame —le dijo, obligándolo a levantar la cabeza—. Gael, mirame.

Él lo hizo.

Tenía los ojos rojos, desbordados. La cara empapada de sudor y lágrimas que ya no intentaba contener.

—No estoy bien —dijo al fin, con la voz rota—. No… no estoy bien.

Decirlo fue como romper algo que llevaba demasiado tiempo apretado por dentro.

Lucía aflojó apenas el agarre, pero no lo soltó.

—Eso ya lo sé —respondió—. Lo que necesito saber es si vas a dejar que esto te mate.

Gael cerró los ojos.

La imagen del auto volviendo a su mente, el golpe que no ocurrió, el segundo exacto en que pensó que no importaba. Todo se le vino encima con una claridad brutal.

—Recién… —tragó saliva—. Recién no me importó.

Lucía no dijo nada.

Eso fue lo que más lo quebró.

—Eso no soy yo —continuó él—. O… no quiero serlo.

Se dejó caer en el borde de la vereda, exhausto. Lucía se sentó a su lado, respirando agitada también, pero con la cabeza más clara.

—El dolor te está manejando —dijo—. Y cuando pasa eso, uno se lastima… o lastima a otros.

Gael asintió lentamente.

Por primera vez desde que vio a Alma, no estaba pensando en ella.

Estaba pensando en él.

En lo cerca que había estado de desaparecer.
En lo poco que se había cuidado.
En lo mal que estaba realmente.

—Necesito ayuda —dijo, casi en un susurro—. No puedo solo.

Lucía apoyó la frente en su hombro.

—Eso —respondió— ya es empezar a estar mejor.

Las luces de la calle seguían encendidas. La noche continuaba como si nada hubiera pasado. Pero dentro de Gael, algo había cambiado.

No era alivio.
No era esperanza todavía.

Era conciencia.

Y a veces, entender que uno está mal…
es lo único que evita que todo termine peor.

Alma.

no dejó de temblar hasta varios minutos después.

Damián estaba sentado en el borde de la banca, con una mano apoyada en la mejilla enrojecida y la mirada perdida. Un par de personas se habían acercado, preguntando si estaba bien, si necesitaban llamar a alguien. Ella respondió lo mínimo, casi en automático, hasta que el murmullo volvió a apagarse y el parque retomó su falsa normalidad.

Pero para ella, nada era normal.

—Estoy bien —dijo Damián finalmente—. Fue solo el susto.

Alma asintió, aunque sabía que no era verdad. No del todo. Porque el golpe no había sido solo físico. Había sido una irrupción violenta de un pasado que ella estaba intentando dejar atrás.

—Perdón —murmuró—. No tendrías que haber pasado por esto.

Damián la miró con atención, sin reproche.

—No es tu culpa —respondió—. Pero sí… fue intenso.

Alma apretó los labios. Intenso era una palabra demasiado suave para lo que sentía.

Se levantó y dio unos pasos, necesitaba moverse. El cuerpo aún le vibraba por dentro, como si la escena siguiera repitiéndose en cámara lenta: la voz de Gael gritándola, su mirada rota, el golpe lanzado sin pensar.

El miedo llegó después.

No el miedo inmediato, sino ese que se instala despacio, cuando uno empieza a comprender lo que estuvo en riesgo.

Pudo haber sido peor, pensó.

No solo para Damián.

También para Gael.

Esa idea le apretó el pecho.

—¿Querés irte? —preguntó Damián.

Alma negó con la cabeza.

—No… no todavía —dijo, aunque su voz no sonó convencida—. Pero creo que sí deberíamos irnos.

Damián asintió sin insistir. Tomó su chaqueta del respaldo de la silla y se la ofreció. Alma la aceptó casi de manera automática; el gesto simple le dio una sensación extraña de resguardo.

Salieron del lugar en silencio.

La noche los recibió con un aire frío que le despejó un poco la mente, aunque no lo suficiente. Mientras caminaban hacia el auto, Alma sentía cada paso como si dejara algo atrás, pero sin saber exactamente qué. Culpa, miedo, restos de una historia que se negaba a cerrarse.

Damián abrió la puerta del copiloto.




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