Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 39:Mañana a las cinco

Gael llegó a casa como un animal herido.

Cerró la puerta de un portazo tan fuerte que el marco vibró. El eco del golpe se le quedó clavado en la cabeza, pero no le importó. Caminó unos pasos y se detuvo en medio de la sala, respirando agitado, con las manos temblándole.

—¡Mierda! —rugió.

El primer objeto que encontró fue una silla. La levantó y la lanzó contra la pared. El impacto seco lo hizo sentir algo parecido al alivio, pero duró apenas un segundo. Después vino otro, peor: el vacío.

Se pasó las manos por el cabello, tironeándolo con fuerza.

La imagen de Alma no lo soltaba.

Su mirada asustada.
La forma en que retrocedió.
La voz de Damián interviniendo.

Y su propio puño volando sin pensar.

—¿Qué carajos te pasa? —se gritó a sí mismo.

Caminó de un lado a otro como si el espacio fuera demasiado pequeño para contenerlo. Abrió un cajón, lo cerró de golpe. Golpeó la mesa con el puño, una, dos veces, hasta que el dolor en los nudillos le recordó que seguía vivo.

Eso fue lo que más lo enfureció.

Seguía vivo… mientras todo lo demás se le estaba cayendo encima.

De pronto, el celular vibró sobre la mesa.

Gael lo ignoró al principio. No estaba de humor para nadie. Pero el aparato volvió a vibrar, insistente, como una alarma que no se puede apagar.

Miró la pantalla.

Max.

Eso le heló la sangre.

Atendió.

—¿Qué? —escupió, sin molestarse en ocultar la furia.

La voz de Max sonó tensa, urgente.

—Tenemos un problema. Grande.

Gael cerró los ojos un segundo, apoyándose contra la mesa.

—No es buen momento, Max.

—Nunca lo es —respondió él—. Escuchame bien. El enemigo se adelantó.

Gael abrió los ojos de golpe.

—¿Cómo que se adelantó?

—Nuestros informes estaban mal —continuó Max—. Pensamos que teníamos dos días más, pero ya está en movimiento. Viene en camino.

El silencio que siguió fue pesado.

Gael apretó la mandíbula.

—¿Cuánto tiempo?

—Si no hacemos nada, mañana al mediodía ya va a ser tarde —dijo Max—. La misión se adelanta. Mañana a primera hora.

Gael pasó una mano por su rostro, sintiendo cómo la rabia empezaba a transformarse en algo más frío, más peligroso. Ese modo que conocía demasiado bien. El modo en el que dejaba de sentir… y empezaba a actuar.

—¿Las armas? —preguntó.

—Listo , esta noche las llevara uno de mis hombres—respondió Max—. Pero te necesito enfocado. No podés ir así. Lucia me comento que andas babeando el chorro por tu esposilla.

Gael soltó una risa seca, sin humor.

Hubo un breve silencio del otro lado de la línea.

—Mañana a las cinco —remató Max.

—¿Qué?

—No llegues con la cabeza en otro lado. El tipo no va a perdonar errores.

Gael colgó sin despedirse.

Dejó el celular sobre la mesa y se quedó quieto, respirando hondo. La casa seguía revuelta, la pared marcada por el golpe, la silla rota en el suelo. Un reflejo perfecto de lo que llevaba dentro.

Pensó en Alma otra vez.

En lo que había estado a punto de perder.

En lo que tal vez ya había perdido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.