Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 40 : Volveré

Las horas pasaron lentas, espesas.

La noche cayó sobre la casa como un manto pesado, y Gael no se movió del sillón. No había intentado ordenar el desastre ni curarse los nudillos hinchados. Se limitó a esperar. Cuando estaba así, sabía que algo iba a llegar. Siempre llegaba.

A las 02:17 a. m., tres golpes secos sonaron en la puerta.

No fueron fuertes.
Fueron precisos.

Gael se puso de pie al instante. El cuerpo le respondió como si nunca hubiera estado fuera de combate. Tomó el arma que guardaba bajo la mesa —por reflejo más que por necesidad— y se acercó sin hacer ruido.

Miró por la mirilla.

Un hombre solo.
Alto. Delgado.
Ropa oscura, gorra baja.
No miraba la puerta. Miraba al frente, como si supiera exactamente dónde estaba Gael.

Abrió.

El hombre no sonrió.

—No vengo a charlar —dijo, con una voz tranquila que no combinaba con la hora—. Vengo a entregar.

Señaló el vehículo estacionado frente a la casa. Un furgón gris, sin placas visibles.

—¿Max? —preguntó Gael.

El hombre negó apenas con la cabeza.

—Él no manda mensajeros. Manda consecuencias.

Gael sostuvo la mirada. No dijo nada.

El desconocido se dio media vuelta y caminó hasta el furgón. Abrió las puertas traseras.

Adentro había cajas negras, selladas, ordenadas con una prolijidad inquietante.

—Inventario completo —dijo—. Armas cortas, largas, munición, explosivos livianos. Todo probado. Todo limpio.

Gael bajó la mirada un segundo, evaluando.

—¿Y el mensaje? —preguntó.

El hombre cerró el furgón y metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Sacó un sobre negro, sin nombre, sin sello.

Se lo extendió.

—Lea cuando esté solo.

Gael tomó el sobre. El papel era grueso. Pesado. Como si llevara más que tinta dentro.

—Una cosa más —añadió el hombre, ya retrocediendo—. No es una sugerencia.

Y se fue.

El motor se encendió.
El furgón desapareció calle abajo sin hacer ruido.

Gael cerró la puerta.

La casa volvió a quedar en silencio.

Apoyó el sobre sobre la mesa, al lado del celular. Lo miró unos segundos sin tocarlo, como si supiera que, una vez abierto, ya no habría vuelta atrás.

Finalmente, lo rompió.

Adentro había solo una hoja.

Y una frase escrita con letras limpias, firmes, sin temblor:

“El hombre de la mercancía no debe ver el amanecer.”

Gael tragó saliva.

Siguió leyendo.

“No negocien. No pregunten.
Acaben con él.
La mercancía es lo único que importa.
Si fallan… ustedes serán el siguiente mensaje.”

No había firma.

No hacía falta.

Gael dejó caer la hoja sobre la mesa.

Por primera vez en horas, el vacío dentro de él encontró forma.

No era rabia.
No era miedo.

Era una certeza brutal.

La misión ya no era solo adelantada.
Era una sentencia.

Y mientras pensaba en Alma —en su rostro, en su voz, en todo lo que aún podía perder—, Gael supo algo con claridad dolorosa:

Mañana, al amanecer, alguien iba a morir.

Y no podía permitirse que fuera él…
ni mucho menos, que fuera ella.

El cielo todavía estaba negro, Lucia estaba al lado de Gael, con las manos agitadas.

-Debemos apresurarno, afuera esta el auto-dijo Gael mientras daba un suspiro forzado.

Gael no dijo una palabra mas cuando Lucía subió al vehículo.

No hacía falta.

El motor encendió a las 04:41 a. m., con un ronroneo bajo, contenido. La ciudad todavía dormía, ajena a lo que estaba a punto de ocurrir. Las luces anaranjadas de la calle se reflejaban en el parabrisas como sombras alargadas que se estiraban y morían a su paso.

Lucía ajustó el cinturón y revisó su arma con movimientos precisos, casi mecánicos. No era nerviosismo. Era concentración.

—Si algo sale mal —dijo sin mirarlo—, no intentes cubrirme.

Gael apretó el volante.

—No va a salir mal.

Lucía soltó una exhalación breve, una risa sin humor.

—Siempre dices lo mismo.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, denso, cargado de cosas no dichas. Gael sentía el peso en el pecho, ese nudo que no era miedo, sino memoria. Alma aparecía y desaparecía en su mente como un destello incómodo. Se obligó a empujarla al fondo.

Ahora no.

—Ruta secundaria —murmuró Lucía al ver el GPS—. Menos cámaras. Más riesgo.

—Mejor —respondió Gael—. El riesgo no avisa.

A las 05:06, el paisaje cambió. Galpones viejos, calles rotas, olor a metal húmedo y abandono. El lugar perfecto para que nadie hiciera preguntas. El tipo de sitio donde la gente desaparecía… y nadie lo notaba.

Gael redujo la velocidad y apagó las luces a dos cuadras del punto.

—De acá seguimos a pie —dijo.

Lucía asintió.

Bajaron del vehículo. El frío de la madrugada se les metió en los huesos. El silencio era tan espeso que cada paso parecía una traición. A lo lejos, un galpón mal iluminado respiraba con luces intermitentes, como si estuviera vivo.

Lucía levantó el puño.

Alto.

Dos figuras armadas custodiaban la entrada lateral. Confiados. Relajados. Demasiado.

Gael giró apenas el rostro hacia ella.

—A la cuenta de tres.

Lucía cargó el arma, firme.

—Uno.

Gael inhaló.

—Dos.

Un recuerdo cruzó su mente. La mirada asustada de Alma.
Parpadeó.

—Tres.

Dos disparos silenciados rompieron la quietud.
Dos cuerpos cayeron sin un sonido digno de recuerdo.

Lucía lo miró un segundo de más.

—Estás distinto —susurró.

—No —respondió Gael, avanzando—. Estoy decidido.

Entraron al galpón.

El aire cambió. Olía a mercancía ilegal, a dinero sucio, a muerte anticipada. En el centro, rodeado de cajas metálicas, estaba el hombre.




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