Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 41: Ensuciaste todo.

Gael corrió.

No miró atrás.

Las balas silbaban cerca, rompiendo el aire, golpeando metal y concreto. El mundo se había reducido a eso: correr, respirar, no caer. Saltó una valla oxidada, rodó por el suelo, se levantó de nuevo. El cuerpo le respondía por puro instinto, como si no fuera suyo.

Llegó al vehículo.

Arrancó sin pensar.

Las ruedas chirriaron mientras el auto se lanzaba a la calle desierta. Las luces se tragaron la oscuridad del barrio industrial, pero el eco del galpón seguía persiguiéndolo.

Entonces los escuchó.

Disparos.

No los primeros.
No los del caos.

Otros.

Más lentos.
Más secos.
Demasiado ordenados.

Gael apretó el volante con fuerza.

No necesitó ver nada.

Conocía ese sonido.

Uno.
Dos.
Tres.

Después, silencio.

El pecho se le contrajo de golpe, como si alguien le hubiera clavado algo por dentro. El aire dejó de entrarle bien. Tuvo que frenar a un costado de la calle, con las luces apagadas.

Se quedó ahí.

El motor encendido.
Las manos temblando.

—No… —susurró, negando con la cabeza—. No.

Pero lo supo.

No por lógica.
No por experiencia.

Lo supo porque el mundo había cambiado de peso de un segundo al otro.

Lucía ya no estaba.

El silencio que siguió no fue alivio. Fue castigo. Uno que se le metió bajo la piel, que le apretó la garganta, que le hizo doler los ojos sin dejarlo llorar.

Golpeó el volante una vez.

Después otra.

Hasta que el dolor en los nudillos volvió a decirle que seguía vivo.

Y eso lo enfureció.

Siguió conduciendo sin rumbo claro, con la mirada fija al frente, mientras las luces de la ciudad empezaban a aparecer a lo lejos. Todo parecía igual. Demasiado igual.

Pensó en ella.

En su voz firme.
En su forma de cubrirle la espalda.
En la manera en que siempre sabía cuándo callar… y cuándo quedarse.

Volvere, le había dicho.

Y él había tardado.

El celular vibró en el asiento del copiloto.

Gael no quería mirar.

Pero lo hizo.

Max.

No atendió.

El teléfono volvió a vibrar.

Lo lanzó al asiento trasero.

—No —murmuró—. No ahora.

Siguió manejando hasta que el sol empezó a asomar, tiñendo el cielo de un naranja cruel. El amanecer nunca le había parecido tan incorrecto.

Estacionó finalmente en un descampado, lejos de todo.

Apagó el motor.

Y ahí, por primera vez, el cuerpo le falló.

Apoyó la frente contra el volante. La respiración se le quebró, silenciosa, como si incluso el dolor tuviera que mantenerse oculto.

No gritó.

No lloró.

Pero algo dentro de él se apagó para siempre.

La misión había terminado.

La mercancía ya no importaba.

Lucía había muerto…

Gael no sabía cuánto tiempo había pasado desde que había detenido el auto.

El sol ya estaba alto cuando volvió a notar el teléfono vibrando. Seguía ahí, en el asiento trasero, como un recordatorio insistente de que el mundo no se había detenido solo porque algo dentro de él se hubiera roto.

Lo tomó.

La pantalla seguía marcando el mismo nombre.

Max.

Atendió sin decir nada.

—¿Dónde estás? —preguntó la voz del otro lado, seca, profesional. Fría.

Eso fue lo que lo desató.

—¡Hijo de la grandisima mierda! —rugió Gael, con la voz quebrada—. ¡La mandaste a morir! ¡La usaste como carnada!

Hubo un segundo de silencio. No de sorpresa. De cálculo.

—Bajá la voz —respondió Max—. Ya pasó.

Gael rió, una risa rota, sin alegría.

—¿Ya pasó? —repitió—. ¡Le dispararon por cubrirme! ¡La dejé sangrando en el suelo porque tu apuraste una misión mal armada!

Su mano temblaba tanto que tuvo que apoyarla contra el volante.

—No te equivoques —dijo Max, sin alzar la voz—. Nadie la obligó a ponerse en la línea de fuego.

—¡La obligaste! —escupió Gael—. Con tus reglas de mierda. Con tus plazos. Con tu maldito juego de poder.

Del otro lado, Max suspiró despacio.

—Escuchame bien, Gael —dijo, ahora más firme—. Alguno tenía que morir. Así son las reglas.

Las palabras cayeron como plomo.

Gael cerró los ojos.

—¿Reglas? —murmuró—. ¿Eso es todo lo que tenés para decir?

—Esto no es nuevo —continuó Max—. tu lo sabías cuando aceptaste. Yo también perdí gente. Todos perdimos. La diferencia es que algunos lo entienden… y otros se quiebran.

Gael apretó los dientes.

—No te atrevas a ponerla en una estadística —dijo Gael, con la voz baja y peligrosa—. No era un número. Era mi espalda. Era la única que no me soltaba.

El silencio se estiró.

No fue incómodo.
Fue calculado.

Por primera vez, Max tardó en responder.

—La deuda ya está saldada —dijo al fin, sin rastro de emoción—. El hombre de la mercancía está muerto… y Lucía también.

Las palabras entraron despacio.
Como veneno.

Gael cerró los ojos.

—¿Así de fácil? —murmuró—. ¿Las ponés en la misma frase?

—No son frases —corrigió Max—. Son balances. Perdimos una pieza. Eliminamos al objetivo. El tablero quedó limpio.

Gael apretó el teléfono con tanta fuerza que creyó que lo iba a romper.

—No limpiaste nada —dijo—. Ensuciaste todo.

—No me llames para esto —respondió Max—. Si volvés a contactarme, que sea cuando llueva para arriba.

La línea se cortó.

Gael miró la pantalla.

Intentó devolver la llamada.

Una vez.

Dos.

Fuera de línea.

El pitido seco le golpeó los oídos como una burla.

—Hijo de p… —susurró.

Bajó el teléfono lentamente. Se quedó mirándolo, como si esperara que volviera a vibrar, que todo fuera un error, que la voz de Max regresara para decirle que no, que Lucía seguía viva.

Pero el silencio no cambió.

El mundo no cambió.

Lucía seguía muerta.

Y en ese vacío absoluto, Gael comprendió algo que lo heló por dentro:




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