Habían pasado dos semanas desde la última vez que Alma vio a Gael.
No las contó en días marcados en el calendario, sino en mañanas iguales, en tardes silenciosas, en noches que llegaban demasiado pronto. Dos semanas desde que su nombre dejó de ocupar un lugar visible en la casa, aunque siguiera pesándole en el pecho como algo que no se nombra por miedo a romperlo.
Damián seguía trabajando.
Salía temprano, cuando la luz todavía era débil, y regresaba entrada la tarde con el cansancio dibujado en la espalda. Siempre traía manzanas. Las dejaba sobre la mesa de la cocina, dentro de una bolsa de papel que crujía al apoyarla.
—Para ti—decía, como si fuera una costumbre antigua.
Alma asentía. A veces sonreía. Nunca preguntaba por qué manzanas. Nunca preguntaba nada.
Cuando Damián entraba a la casa, Alma se levantaba casi de inmediato. Se ponía a limpiar aunque todo estuviera ordenado. Pasaba el trapo por las superficies, barría el piso, acomodaba cosas que ya estaban en su lugar. Era su manera de mantenerse ocupada. De no pensar demasiado.
La casa parecía más grande en silencio.
El sonido del agua corriendo en la pileta la tranquilizaba. El olor de la comida cocinándose le daba una falsa sensación de normalidad. Cocinaba incluso cuando no tenía hambre. Cocinaba como si alguien fuera a llegar en cualquier momento.
A veces se sorprendía poniendo dos platos sobre la mesa.
Entonces los retiraba rápido, con un nudo en la garganta.
Extrañaba a Gael.
No de una forma escandalosa, sino constante. Como un murmullo que no se calla. Extrañaba su presencia sin saber bien por qué, la forma en que ocupaba el espacio, la tensión que traía consigo y que, de alguna manera, hacía que todo pareciera más real.
No sabía dónde estaba.
No sabía si estaba bien.
Y eso era lo que más dolía.
Por las noches, Alma se acostaba temprano. Miraba el techo. Escuchaba los ruidos lejanos del barrio, algún auto pasando, el ladrido de un perro. A veces pensaba que iba a escuchar pasos conocidos, una voz baja llamándola desde la puerta.
Nunca pasaba.
Damián no preguntaba.
Se sentaba frente a ella a la hora de la cena, comía en silencio, la miraba de vez en cuando como si quisiera decir algo y no encontrara las palabras. Alma agradecía ese respeto, aunque a veces le pesara.
Una tarde, mientras pelaba manzanas para una compota, se cortó el dedo. La sangre brotó rápida, roja. Se quedó mirándola unos segundos, sin moverse.
—Qué tonta… —murmuró.
Se lavó el dedo, lo vendó, siguió cocinando.
La vida no se detenía por una herida pequeña.
Ni siquiera por una ausencia grande.
Ese día, mientras limpiaba el living, Alma notó una marca en la pared. Una vieja señal de un golpe que ya no estaba fresco. Se detuvo frente a ella. Recordó la furia, el miedo, la voz de Gael rota por dentro.
Apoyó la frente contra la pared.
—Ojalá estés bien —susurró.
Cuando Damián llegó esa noche, dejó las manzanas sobre la mesa como siempre.
—Hoy están más dulces —dijo.
Alma levantó la vista.
—Gracias.
Damián estaba sentado a la mesa, con una manzana en la mano. No la mordía. La giraba entre los dedos, distraído.
—Siempre traés manzanas —dijo Alma de pronto, sin mirarlo.
Damián levantó la vista, sorprendido por el comentario.
—¿Te molestan?
Alma negó con la cabeza.
—No. Solo… me di cuenta.
Él apoyó la manzana sobre la mesa.
—Mi mamá decía que eran buenas para el corazón —respondió, con una sonrisa breve—. Supongo que se me quedó.
Alma cerró la canilla y se secó las manos despacio. Se sentó frente a él.
—¿Y funcionan? —preguntó.
Damián la miró un segundo más de lo normal.
—A veces —dijo—. A veces no alcanzan.
El silencio volvió a acomodarse entre ellos. No era incómodo, pero pesaba. Como una pregunta sin forma.
—Hace dos semanas que no preguntás por él —dijo Alma al fin.
Damián respiró hondo.
—Porque si pregunto, te pongo en el lugar de tener que responder.
Alma bajó la mirada.
—No sé qué responder.
—Lo sé.
Damián apoyó los codos en la mesa.
—No voy a decirte que lo olvides —continuó—. Ni que fue mejor así. No tengo derecho a eso.
Alma sintió un nudo en la garganta.
—A veces siento que si lo pienso mucho… lo traiciono —confesó—. Y otras, que si no lo pienso… me traiciono yo.
Damián asintió despacio.
—Eso se llama estar en el medio —dijo—. Y es el lugar más incómodo que existe.
Alma sonrió apenas.
—¿Y tu? —preguntó—. ¿Nunca te cansás de estar ahí conmigo?
Damián la miró con una calma que le dolió.
—Me cansaría si fingiera que no pasa nada —respondió—. Pero no lo hago. Estoy contigo porque quiero… no porque espere algo.
Alma apretó las manos sobre la mesa.
—Tengo miedo —admitió—. Miedo de que vuelva… y de que no vuelva.
Damián no se acercó. No la tocó. Solo dijo:
—Cualquiera de las dos cosas va a doler. Pero no tienes que atravesarlas sola.
Alma lo miró entonces. De verdad.
—Gracias por no dejarme—susurró.
Damián tomó la manzana otra vez.
—Por ahora —dijo, con una sonrisa suave—, creo que todavía soy útil.
Alma soltó una pequeña risa, casi un suspiro.
El silencio que había quedado entre Alma y Damián no era incómodo.
Era frágil.
Como si cualquier ruido pudiera romperlo.
Y lo hizo.
El golpe contra la puerta fue tan fuerte que hizo vibrar las paredes. No fue un llamado. No fue un error. Fue una irrupción violenta, animal, que partió la calma en dos.
Alma se puso de pie de inmediato.
—¿Qué fue eso…? —alcanzó a decir Alma.
El segundo golpe no llegó.
La madera crujió, el marco se astilló, La puerta fue la que se derivo. y en el umbral apareció Gael.
Tenía el rostro más delgado, los ojos hundidos, la barba crecida. Vestía de oscuro, como si aún cargara la noche encima. En una mano sostenía un arma. No temblaba. No dudaba.
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Editado: 10.01.2026