Alma.
Al principio, Alma se dijo que había hecho lo correcto.
Se lo repitió mientras barría los restos de madera de la puerta rota. Mientras acomodaba la mesa que había quedado corrida. Mientras respiraba hondo para que el temblor en las manos no se notara.
Paz, se dijo.
Eso era lo que había elegido.
Damián se ofreció a reparar la puerta esa misma noche, pero Alma negó con la cabeza.
—Mañana —dijo—. Hoy no.
Él no insistió.
Ese detalle, mínimo, le resultó reconfortante.
La noche pasó sin sobresaltos. Alma durmió poco, pero durmió. Soñó con ruidos lejanos, con pasos que no sabía si se acercaban o se alejaban. Al despertar, la casa estaba en silencio, como siempre.
Demasiado.
Damián salió temprano a trabajar. Le dejó manzanas sobre la mesa, como cada día. Esta vez eran verdes.
Alma las miró un momento antes de guardarlas.
No sabía por qué, pero algo en ese gesto cotidiano empezó a incomodarla. No el hecho en sí… sino lo automático que se había vuelto.
Siempre manzanas, pensó.
Siempre a la misma hora.
Se sacudió la idea.
Pasó la mañana limpiando. Con más empeño que otros días. Como si el polvo tuviera memoria y pudiera delatarla. Ordenó cajones, sacó ropa que no usaba, limpió ventanas.
Cuando terminó, se quedó de pie en el living.
Todo estaba impecable.
Y aun así… algo no estaba bien.
Al mediodía salió al mercado. Al volver, notó un auto estacionado a media cuadra. Oscuro. Con los vidrios polarizados. No le dio importancia. La ciudad estaba llena de autos así.
Pero cuando regresó por la tarde, el mismo auto seguía ahí.
Casualidad, se dijo.
Damián llegó más tarde de lo habitual. Traía manzanas otra vez. Rojas.
—Se me hizo tarde —explicó—. Mucho trabajo.
Alma asintió, pero lo miró con más atención que de costumbre.
—¿En qué estás trabajando ahora? —preguntó, como al pasar.
Damián dudó apenas un segundo.
—En lo de siempre.
El silencio que siguió fue breve… pero extraño.
Esa noche, mientras cocinaban juntos, Alma notó algo nuevo: Damián evitaba el teléfono. No lo dejaba sobre la mesa como antes. Lo guardaba. Lo miraba de reojo cuando vibraba.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
—Sí —respondió rápido—. Nada importante.
Alma no dijo nada.
Pero la frase de Gael volvió, sin permiso.
No sos de confiar.
Sacudió la cabeza.
—No —murmuró—. Basta.
Sin embargo, al irse a dormir, escuchó a Damián hablar en voz baja desde el patio. No distinguió palabras. Solo el tono. Bajo. Apurado.
Cuando entró, él ya estaba acostado.
—¿Con quién hablabas? —preguntó Alma, desde la puerta.
—Con nadie —respondió—. Del trabajo.
Alma apagó la luz.
Pero no durmió.
Al día siguiente, encontró algo fuera de lugar. El cajón donde guardaba papeles estaba abierto. No faltaba nada. Todo estaba ahí.
O eso parecía.
Esa sensación… de que alguien había mirado sin tocar… le erizó la piel.
Pensó en Gael. En su mirada. En su advertencia.
Mentiroso.
No quería creerlo.
Pero las dudas no pedían permiso.
Se sentó en la cama, con una manzana en la mano, y la observó largo rato. La giró entre los dedos, como había visto hacer a Damián.
La mordió.
Estaba amarga.
Y por primera vez desde que Gael se había ido, Alma sintió algo peor que el miedo:
La sospecha.
Gael
Gael no se acercó.
No porque no quisiera.
Sino porque sabía, con una certeza brutal, que si la veía de cerca —si escuchaba su respiración, si reconocía el modo exacto en que fruncía la frente cuando algo la inquietaba— iba a quebrarse en un segundo. Y un hombre quebrado no protege a nadie. Un hombre quebrado comete errores.
Y él ya había cometido demasiados.
El auto estaba estacionado a dos cuadras. Nunca el mismo lugar. Nunca dos noches seguidas. A veces frente a una ferretería cerrada, otras junto a un mercado donde el olor a fruta madura se mezclaba con el humo del asfalto caliente.
Desde ahí la veía.
Alma salía cada mañana con una bolsa de tela colgada del brazo. Caminaba despacio, como si todavía no confiara del todo en el suelo bajo sus pies. Antes de cruzar la calle miraba a ambos lados… incluso cuando no venía ningún auto.
Eso le apretaba el pecho.
Aprendió, pensó Gael.
Aprendió porque yo la arrastré a esto.
—Perdón —murmuró, con la voz rota, sabiendo que ella no podía oírlo.
La observaba como se observa algo sagrado: sin tocar, sin intervenir. Registrando todo.
Los martes barría la vereda. Siempre a la misma hora.
Por la tarde regaba las plantas, aunque no hiciera calor.
Los domingos no salía. Jamás.
Demasiado orden.
Demasiada calma.
Gael sabía que cuando todo parecía tranquilo… era cuando algo se estaba gestando debajo.
Damián.
Llegó caminando desde la esquina, con una bolsa en la mano. Manzanas, distinguió Gael por el color. Caminaba relajado. Sin tensión en los hombros. Sin ese hábito involuntario de revisar reflejos en vidrieras o sombras en las paredes.
No era un hombre que hubiera huido de algo.
Pero tampoco era estúpido.
Eso lo supo cuando lo vio entrar a la casa… y cerrar con doble llave.
Gael entrecerró los ojos.
—Interesante…
Esa noche se movió. Cambió de auto. Subió a una azotea abandonada desde donde tenía una vista parcial del patio trasero. No veía todo. Pero escuchaba.
Y eso era suficiente.
No captó las palabras con claridad.
Pero sí el tono.
La voz de Damián era baja. Medida. Precisa.
La de alguien que no improvisa ni cuando miente… porque casi nunca necesita hacerlo.
—No —dijo—. Todavía no.
Un paso. El roce de una suela contra el cemento. Estaba caminando mientras hablaba, cómodo. Seguro.
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Editado: 10.01.2026