Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 44: Era cálculo.

Alma

A la mañana siguiente, Damián estaba de buen humor.

Demasiado.

Silbaba mientras preparaba café. Se movía por la cocina con una ligereza que no le era habitual, como si algo le resultara entretenido por dentro. Alma lo observó desde la mesa, con la taza entre las manos, tratando de no dejarse llevar por la incomodidad que le rozaba la nuca desde temprano.

—Hoy no voy a trabajar —anunció él, sin mirarla—. Pedí el día.

Eso sí la hizo alzar la vista.

—¿Te sientes bien?

—Perfecto —respondió, sonriendo—. De hecho… mejor que nunca.

Se acercó y le apoyó una mano en el hombro. El gesto fue cariñoso, pero Alma notó la presión exacta de sus dedos. Medida. Controlada.

—Pensé en hacer algo especial —continuó—. Para ti.

Alma dudó.

—¿Especial cómo?

Damián se inclinó un poco, como si fuera a contarle un secreto.

—Una sorpresa.

Ella esbozó una sonrisa pequeña, automática.

—No tenías que…

—Quiero —la interrumpió—. Pero necesito que confíes en mí.

La palabra quedó flotando entre los dos.

Confiar.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Alma al cabo de un segundo.

Damián abrió un cajón y sacó una venda de tela oscura. Limpia. Doblada con cuidado.

—Vendarte los ojos.

El pulso de Alma se aceleró.

No supo por qué, pero su cuerpo reaccionó antes que su cabeza. Una tensión breve en el estómago. Un recuerdo sin forma. La sensación antigua de no ver… y no poder huir.

—¿Es necesario? —preguntó, intentando sonar liviana.

—Si no, no es sorpresa —respondió él, con una risa suave.

Alma respiró hondo.

Paz, se dijo.
Esto es paz.

—Está bien —aceptó—. Pero antes…

Damián se detuvo.

—Antes, ¿qué?

Alma bajó la mirada hacia la fruta sobre la mesa. Una manzana verde, recién lavada, brillando bajo la luz de la ventana.

—Ayer… la manzana estaba agria —dijo—. Más de lo normal.

El silencio duró apenas un par de segundos.

Pero ella los sintió largos.

Damián la observó. No con sorpresa. No con culpa. Con algo más difícil de nombrar.

Luego soltó una risa.

No fuerte.
No nerviosa.

Una risa corta, auténtica… y extrañamente divertida.

—¿Eso te preocupa? —preguntó—. Las manzanas no siempre salen dulces, Alma.

Se encogió de hombros.

—A veces pasa.

La naturalidad de su gesto debería haberla tranquilizado.

No lo hizo.

—Supongo —murmuró ella.

Damián se acercó por detrás. Alma lo sintió antes de verlo: el calor de su cuerpo, el roce leve de su camisa contra su espalda.

—Confía —dijo, cerca de su oído—. Te prometo que te va a gustar.

Le colocó la venda con cuidado, sin apurarla. Ajustó el nudo despacio, como quien se toma su tiempo con algo delicado.

Cuando la tela cubrió sus ojos, el mundo se apagó.

La cocina dejó de existir.
La luz.
Los objetos.

Solo quedó su respiración… y la de él.

—¿Estás bien? —preguntó Damián.

—Sí —respondió Alma, aunque no estaba segura de que fuera verdad.

Él tomó su mano.

Su palma estaba tibia.
Firme.

—Vamos —dijo—. Da unos pasos conmigo.

Alma obedeció.

Cada movimiento se volvió consciente. El suelo bajo sus pies. El aire cambiando de temperatura. El sonido de una puerta abriéndose.

Y en algún punto, muy lejos de ahí, algo dentro de ella empezó a tensarse.

No era miedo todavía.

Era otra cosa.

Una intuición silenciosa… pidiendo ser escuchada.

Gael

Gael vio la venda.

La reconoció desde la azotea, incluso antes de que Damián anudara la tela detrás de la cabeza de Alma. El gesto fue lento. Cuidadoso. Casi tierno.

Eso fue lo que más le heló la sangre.

—No… —susurró.

Su cuerpo reaccionó de inmediato. Se irguió, listo para moverse, para bajar, para romper la distancia que él mismo había impuesto.

Pero se obligó a quedarse.

Observar.
Entender.

Vio cómo Damián tomaba la mano de Alma.
Cómo ella dudaba apenas… y luego avanzaba.

Confiando.

Gael apretó la mandíbula hasta que le dolió.

Porque ya no había dudas.

La manzana amarga no había sido un error.
La puerta cerrada.
Las llamadas en voz baja.
La sorpresa.

Todo encajaba.

Y por primera vez desde que empezó a seguirlos, Gael dejó de preguntarse si debía intervenir.

La única pregunta que quedaba era cuándo.

Y si llegaría a tiempo.

El auto olía a limpio.

Ese fue el primer pensamiento de Alma cuando Damián la ayudó a subir. No sabía por qué lo notó, pero el detalle se le quedó prendido como una astilla: detergente barato, plástico calentado por el sol y algo metálico, casi imperceptible.

—Cuidado con la cabeza —dijo él.

Su mano se apoyó en su nuca para guiarla. El gesto fue correcto. Preciso. Demasiado.

Alma se acomodó en el asiento del copiloto. El cinturón de seguridad la abrazó con un clic seco cuando Damián lo ajustó por ella.

—¿Lista? —preguntó.

Ella dudó apenas un segundo.

—Sí.

La puerta se cerró.

El sonido fue definitivo.

Damián rodeó el auto y subió del lado del conductor. Alma escuchó cada movimiento con una atención que no se permitía nombrar. La llave girando. El motor encendiéndose. La vibración leve bajo sus pies.

—Respirá —dijo él, como si pudiera sentir su tensión—. No es nada malo.

No es nada malo.

La frase se le clavó en el pecho.

El auto arrancó.

Al principio, el trayecto fue normal. Alma reconocía los sonidos: el semáforo cercano, el bache de la esquina, el murmullo distante del mercado. Su cuerpo intentaba convencerse de que todo seguía siendo cotidiano.

Pero después…

Después doblaron.

Y ella ya no supo dónde estaba.

—¿A dónde vamos? —preguntó, tratando de sonar curiosa.

—Si te digo, deja de ser sorpresa —respondió Damián con ligereza.




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