El ruido fue mínimo.
Una pisada mal apoyada sobre grava húmeda.
Un chasquido seco, breve, que no pertenecía al viento ni a la casa.
Damián lo oyó.
No se giró de inmediato.
Ese fue su error.
—Sueltala.
La voz salió desde atrás, grave, contenida, con una calma que no era natural. No era la calma de quien duda, sino la de quien ya decidió.
Alma se estremeció.
No tuvo que ver el arma para saberlo. Lo sintió en el aire, en la tensión súbita que cruzó el cuerpo de Damián, en el modo en que sus dedos dejaron de moverse.
—Despacio —repitió la voz—. Un paso atrás. Ahora.
Damián obedeció.
No porque tuviera miedo.
Sino porque era inteligente.
Dio un paso atrás, levantando las manos con parsimonia, como si la escena fuera una negociación y no una emboscada.
—Vaya —dijo, sin volverse del todo—. Pensé que tardarías más.
Alma giró la cabeza.
Y lo vio.
Gael estaba a unos metros, con el arma firme, sostenida con ambas manos, los brazos tensos pero estables. No temblaba. No dudaba. Su mirada estaba fija en Damián, oscura, afilada, cargada de algo que no admitía marcha atrás.
—Gael… —susurró Alma.
Él no la miró.
No todavía.
—¿Así que este era el plan? —continuó Gael—. ¿La sorpresa?
Damián soltó una risa corta.
—Siempre tan dramático —respondió—. Bajá eso. No hace falta.
—Para ti nunca hace falta —replicó Gael—. Hasta que ya es tarde.
Damián se giró entonces, muy despacio, asegurándose de no hacer ningún movimiento brusco. Sus ojos se encontraron con los de Gael.
Se estudiaron.
Como dos animales que se reconocen de especies distintas.
—La seguiste —dijo Damián—. Eso no es sano.
—La protegí —corrigió Gael—. Algo que tu no sabés hacer sin condiciones.
Alma retrocedió un paso, confundida, con el corazón desbocado.
—¿Qué está pasando? —preguntó—. Gael…
Recién entonces él la miró.
Y la dureza de su expresión se quebró apenas un milímetro.
—Porque confié en la persona equivocada una vez —dijo—. Y no voy a repetirlo.
Damián suspiró, como si todo aquello le resultara innecesario.
—Esto es ridículo —dijo—. No tenés idea de lo que estás interrumpiendo.
—Sí —respondió Gael—. La parte donde ella deja de elegir.
El silencio cayó pesado.
Un ave levantó vuelo desde los árboles cercanos, asustada por la tensión invisible.
—Alma —dijo Damián entonces, con suavidad—. Ven.
Gael apretó la mandíbula.
—No le hables.
Damián lo ignoró.
—Sabés que nunca te haría daño —continuó—. Todo esto es por ti. Para que estemos bien. Para que nadie más nos quite lo que tenemos.
Gael dio un paso al frente.
—Última advertencia.
Damián sonrió.
—¿Vas a disparar? —preguntó—. ¿Delante de ella?
Damián evaluó la distancia. El ángulo. El pulso de Gael.
No subestimaba a los hombres armados… pero tampoco creía en héroes.
—Siempre fuiste impulsivo —dijo—. Por eso ella se fue.
Ese golpe sí fue certero.
Gael no respondió de inmediato.
—No —dijo al fin—. Se fue porque lo nuestro ya estaba roto. Pero tu.
Levantó apenas el arma, marcando el pecho de Damián.
—Tu estás vacío.
—Gael… —susurró Alma—. No dispares.
Él respiró hondo.
—No quiero —dijo—Tengo que acabar con este hombre, acaso no vez que te trajo a este lugar para matarte. Si no llego a tiempo...
Damián llevo su mano hasta su espalda, iba a sacar algo. En ese momento, Gael. Fue mas rapido y disparo.
Fue seco. Corto. Brutal.
Un ruido que partió el aire y lo dejó temblando, como si el mundo hubiera contenido la respiración demasiado tiempo y, de pronto, se le escapara todo de golpe.
Damián no gritó.
El impacto lo lanzó hacia atrás, contra la pared descascarada de la casa. El golpe sordo de su cuerpo contra el cemento resonó más fuerte que el disparo mismo. Cayó de rodillas primero, luego de costado, con una mano llevándose instintivamente al pecho.
Alma gritó.
No por él.
Por el sonido.
Por el quiebre.
Por la certeza de que ya no había vuelta atrás.
—¡Gael! —su voz salió rota—. ¡Gael, basta!
El humo del arma aún flotaba en el aire cuando Gael avanzó.
No miró a Damián.
No comprobó nada.
No se permitió pensar.
Su cuerpo se movía impulsado por una sola idea: sacarla de ahí.
—Vámonos —dijo, tomándola del brazo—. Ahora.
Alma retrocedió de inmediato.
—No —respondió, clavando los pies en el suelo.
Gael frunció el ceño.
—Alma, no hay tiempo.
—¡Sueltame! —gritó ella, forcejeando.
El contacto le quemaba la piel. No porque le doliera físicamente, sino porque ese gesto —ese arrastre, esa urgencia sin espacio para decidir— se parecía demasiado a lo que acababa de pasar.
Damián se movió.
Un quejido bajo escapó de su garganta. No intentó levantarse. No podía. Pero sonrió.
Una sonrisa torcida, manchada de algo que no era triunfo… sino satisfacción amarga.
—¿Ves? —murmuró, con voz rota—. Siempre igual… decidiendo por ella.
Gael apretó los dientes.
—Cierra la boca.
Alma miró a Damián.
Y en ese segundo, lo entendió todo.
No importaba quién había disparado.
No importaba quién tenía razón.
Ella había sido el campo de batalla.
—Gael… —dijo, con voz firme esta vez—. No me lleves así.
Él la miró, desconcertado.
—¿Qué?
—No así —repitió—. No como si no pudiera elegir.
Un sonido nuevo cortó el aire.
Agudo.
Metálico.
Lejano… pero inconfundible.
Una alarma.
Luego otra.
Y otra más.
No provenían de la casa, sino del pueblo cercano. Un sistema antiguo, comunitario, de esos que no se usan para robos comunes, sino para emergencias mayores.
Para avisar que algo grave estaba ocurriendo.
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Editado: 10.01.2026