La dejaron sola durante un rato largo.
Alma no supo cuánto tiempo pasó. En esa sala sin ventanas el tiempo no avanzaba: se acumulaba. Cada segundo se quedaba flotando en el aire, pesado, como si esperara algo de ella.
Se abrazó a sí misma.
Las manos aún le olían a sangre, aunque ya se las habían lavado. El olor no se iba. O quizá no estaba en la piel, sino en la memoria.
La puerta se abrió con un chirrido suave.
Entró la misma oficial de antes, esta vez sin la rigidez del interrogatorio. Traía una carpeta bajo el brazo.
—Alma —dijo—. Puede quedarse un poco más sentada. Solo queremos aclarar algunos puntos.
Ella asintió.
—Su declaración coincide con lo que encontramos en el bosque—continuó—. El arma con la que fue herido el señor. Y la bala coincide con un revólver calibre pequeño, no registrado.
Alma bajó la mirada.
—Lo sé.
—Vamos a emitir una orden de búsqueda para Gael Montenegro —añadió la oficial—. Con su testimonio, el caso cambia de gravedad.
La palabra búsqueda le retumbó en el pecho.
—¿Va a ir preso? —preguntó Alma, casi en un susurro.
La oficial no respondió de inmediato.
—Disparó a un hombre desarmado y huyó —dijo al fin—. Eso tiene consecuencias.
Alma cerró los ojos.
No porque dudara de lo que había hecho.
Sino porque dolía aceptar que ya no podía protegerlo de sí mismo.
—¿Puedo ir al hospital? —preguntó—. Quiero saber cómo está Damián.
La oficial la observó unos segundos, evaluando.
—Después de que firme —respondió—. Y con acompañamiento.
Le acercaron unos papeles. Alma firmó sin leer demasiado. Su nombre se repitió varias veces, como si necesitara afirmarse en tinta para no desdibujarse.
Cuando salió de la comisaría, la madrugada ya había caído. El aire frío le golpeó el rostro y por primera vez en horas respiró hondo, como si los pulmones se le expandieran más de lo que recordaba.
El patrullero la llevó al hospital.
El trayecto fue silencioso. Las luces de la ciudad pasaban frente a la ventanilla como escenas ajenas. Gente caminando, parejas riendo, un cumpleaños en algún bar que nunca sabría de ella.
Pensó en las velas.
En el número treinta.
En la torta que quedó sola, derritiéndose lentamente en una casa abandonada.
En el hospital, el olor a desinfectante le revolvió el estómago.
Un médico salió a su encuentro.
—¿Familia de Damián Salvatierra?
Alma dio un paso adelante.
—Yo… soy su pareja.
El médico asintió.
—La herida fue superficial, pero perdió mucha sangre —explicó—. Está estable. Lo vamos a dejar en observación.
El alivio no llegó como esperaba. No fue un golpe cálido. Fue más bien un cansancio profundo que le dobló un poco los hombros.
—¿Puedo verlo?
—Un momento —respondió—. Está dormido.
Alma se sentó en una silla de plástico, con las manos entrelazadas.
Ahí, en el silencio artificial del hospital, Gael volvió a aparecer en su mente.
No como el hombre armado.
No como el fugitivo.
Sino como el Gael de antes.
El que se reía con la cabeza hacia atrás.
El que olvidaba fechas importantes.
El que juraba que si algún día algo la ponía en peligro, él iba a llegar a tiempo.
Llegó.
Pero llegó hecho un demonio roto.
Una lágrima le cayó sin aviso.
—No era así —susurró—. No tenía que ser así.
El celular de la oficial vibró. Se apartó unos metros para contestar. Alma no escuchó las palabras, pero sí vio el gesto: tensión en la mandíbula, cejas fruncidas.
Cuando volvió, su expresión era distinta.
—Lo están buscando —dijo—. Encontraron el auto abandonado cerca del límite del pueblo. Todavía no hay rastro de él.
Alma asintió.
—Si aparece… —dijo—. Díganle que no huya más.
La oficial la miró con sorpresa.
—¿Eso quiere decir que lo perdona?
Alma negó despacio.
—Quiere decir que ya no voy a cargar con decisiones que no son mías —respondió—. Ni siquiera las suyas.
El médico regresó.
—Puede pasar ahora —dijo.
Alma entró a la habitación.
Damián estaba pálido, con el pecho vendado, conectado a monitores que pitaban con ritmo constante. Parecía más joven. Más frágil.
Se acercó a la cama.
—Mi Damian—susurró, sin saber si él podía oírla—. Qué desastre, ¿no?
Se sentó a su lado.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía la urgencia de quedarse ni la necesidad de huir.
Solo estaba ahí.
Presente.
Afuera, en algún lugar oscuro del pueblo, Gael corría o se escondía o pensaba.
Y por primera vez, Alma entendió algo con dolorosa claridad:
Amar no siempre salva.
A veces solo revela hasta dónde puede llegar el miedo cuando se confunde con protección.
Y ella, a sus treinta años recién cumplidos, estaba lista para aprender a vivir sin que nadie más apretara el gatillo por ella. Un movimiento repentino la saco de sus pensamientos.
Llevo sus mano hasta su vientre y lo abrazo, abrazando la esperanza que aun le quedaba....Su bebe.
#512 en Novela romántica
#219 en Chick lit
sumisa y dominante, toxico, celos deseo lujuria hombre posesivo
Editado: 10.01.2026