Gael fue detenido tres semanas después.
No hubo persecución cinematográfica ni resistencia heroica. Lo encontraron en un pueblo pequeño, trabajando por comida en un taller mecánico. Cuando vio a los policías, no corrió.
Bajó la cabeza.
Como si llevara días esperando ese momento.
Durante el traslado, no pidió abogado. No preguntó por Alma. Solo cerró los ojos, apoyó la frente contra el vidrio frío del patrullero y dejó que el cansancio, por fin, lo alcanzara.
En la audiencia preliminar confesó.
No intentó justificarse.
No habló de amor.
No dijo que lo hizo por protegerla.
Dijo la verdad.
—Tuve miedo —admitió—. Y creí que mi miedo era más importante que su voluntad.
Eso fue suficiente.
La condena no fue inmediata, pero fue firme.
Y esta vez, inapelable.
A Gael no lo juzgaron solo por aquella tarde. cuando intento arrebatar la vida a Damian.
Pesaron sobre él la portación ilegal de arma, el intento de homicidio y el homicidio consumado tras la muerte del hombre en el local donde Lucía perdió la vida.
Pero el expediente no terminaba ahí.
Al abrir su historial, apareció un patrón.
Años atrás, una de sus exnovias había solicitado una orden de alejamiento. Gael la seguía, la llamaba a cualquier hora, aparecía donde no era invitado. Decía que la amaba. Que solo quería cuidarla. Que nadie más podía hacerlo mejor que él.
La justicia lo nombró por lo que era: obsesión.
También figuraba una orden de captura vigente por un robo denunciado tiempo atrás. Max —el mismo que más tarde intentaría vengarse por su cuenta— lo había señalado con nombre y apellido. Cansado de esperar una respuesta que nunca llegó, había decidido tomar justicia por mano propia, encendiendo una cadena de violencia que terminó cobrando más vidas de las que nadie imaginaba.
Gael no era un accidente.
No era un arrebato.
No era un hombre que “perdió el control una sola vez”.
Era alguien con un historial marcado, sostenido por años de impunidad, silencios y una idea torcida del amor, donde poseer era sinónimo de proteger y el miedo ajeno no tenía valor.
Cuando el juez dictó sentencia, no hubo alegatos emotivos que lo salvaran.
Solo hechos.
Y por primera vez, Gael no pudo esconderse detrás de la palabra amor.
Cuando dictaron prisión efectiva, Gael no miró al juez.
Miró al suelo.
Como quien por fin entiende el peso real de sus actos.
Alma no estuvo presente en la sentencia.
No porque no le importara.
Sino porque ese día estaba en otra parte.
Estaba sentada en una sala luminosa del hospital, con una ecografía entre las manos y una sonrisa que le temblaba en los labios.
—Está sano —dijo la doctora—. Muy sano.
Alma apoyó una mano sobre su vientre, ya redondeado, ya visible.
—Gracias —susurró.
Salió del hospital caminando despacio, disfrutando del sol tibio sobre el rostro. Cada paso era una afirmación silenciosa: seguía viva, seguía eligiendo.
Esa tarde pasó por la comisaría para cerrar el último trámite pendiente. Firmó papeles, respondió preguntas finales y, al salir, la oficial que la había acompañado desde el principio le sonrió.
—Va a estar bien —le dijo—. Usted hizo todo lo correcto.
Alma negó suavemente.
—No —respondió—. Hice lo que pude. Y esta vez, fue suficiente.
Damián tardó meses en recuperarse del todo.
La herida cerró antes que la culpa.
El cuerpo sanó antes que las palabras.
Durante semanas apenas hablaron. Se acompañaron en silencio, compartiendo espacios sin exigencias, sin promesas, sin etiquetas.
Hasta que un día, sentados en el patio—uno pequeño, luminoso, lleno de plantas—, él habló.
—No espero nada —dijo—. Solo quería decirte que me alegra que estés acá. Viva y hermosa.
Alma lo miró largo rato.
—Yo también —respondió.
No fue un regreso inmediato.
No fue una historia perfecta.
Pero fue honesta.
Con el tiempo, Damián se convirtió en presencia, no en refugio. En compañía, no en jaula. Y cuando Alma decidió seguir adelante con él, lo hizo sin miedo, sin deudas, sin silencios.
El día que nació el bebé, llovía.
Una lluvia suave, constante, como si el mundo se hubiera detenido a escuchar.
Alma lloró cuando lo pusieron sobre su pecho. No de dolor. De reconocimiento.
—Hola —le dijo—. Llegaste justo a tiempo.
Damián estaba ahí, con los ojos rojos, sosteniendo su mano sin apretarla. Acompañando. Respetando.
Horas después, cuando quedaron solos, Alma miró a su hija dormir y pensó en Gael.
No con rabia.
No con culpa.
Con una tristeza tranquila.
Porque entendió que amar no siempre alcanza.
Y que a veces, la verdadera protección es soltar.
Meses más tarde, recibió una carta desde la cárcel.
No la abrió de inmediato.
La sostuvo entre los dedos, pensativa.
Cuando finalmente lo hizo, leyó despacio.
Gael no pedía perdón.
No pedía visitas.
No pedía segundas oportunidades.
Solo decía:
“Ahora entiendo.
Que se siente que opinen por ti, y estar bajo una prision sin poder salir.”
Alma dobló la carta y la guardó en una caja pequeña, junto a otras cosas que ya no dolían igual.
No respondió.
No hacía falta.
El día que cumplió treinta y uno, Alma sopló las velas rodeada de gente.
Risas.
Música.
Una niña en brazos.
No hubo sorpresas oscuras.
No hubo miedo.
No hubo armas.
Solo vida.
Y mientras su hija se movía inquieta entre sus brazos, Alma apoyó la mejilla sobre su cabeza y sonrió.
Porque al final, no ganó el más fuerte.
No ganó el más violento.
No ganó el que gritó más fuerte.
Ganó quien se quedó.
Ganó quien eligió vivir.
#512 en Novela romántica
#219 en Chick lit
sumisa y dominante, toxico, celos deseo lujuria hombre posesivo
Editado: 10.01.2026