Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Final.

La primavera llegó sin pedir permiso.

El pueblo parecía otro desde que los árboles florecieron y las mañanas dejaron de oler a miedo. Alma lo notó una tarde cualquiera, mientras caminaba despacio y comprendió que por primera vez en años no estaba mirando hacia atrás.

No había pasos siguiéndola.
No había sombras acechando.
No había gritos que la despertaran de madrugada.

Solo había aire.

Y futuro.

Damián caminaba a su lado, atento pero sin invadir, como siempre había sido con ella. No la sostenía porque ella pudiera caerse, sino porque quería compartir el paso. Era una diferencia sutil… y enorme.

—¿Amor, estás bien? —preguntó, mirándola de reojo.

Alma sonrió.

—Estoy en paz —respondió—. Creo que todavía me estoy acostumbrando.

Damián no dijo nada. Apretó apenas su mano. Sabía que había silencios que no necesitaban palabras.

Gael

Gael estaba preso cuando Alma firmó los papeles de su divorcio.

No pidió verlo.
No necesitó despedirse.
No le guardó odio.

La condena había sido clara. Larga. Definitiva.

En la cárcel, Gael por fin se enfrentó a lo único de lo que siempre había huido: el vacío que llevaba dentro. Ya no había mujeres a las que “proteger”, ni enemigos imaginarios, ni armas que le dieran una falsa sensación de poder.

Solo él.

Y sus decisiones.

Alma no volvió a pensar en él como su esposo.
Solo como parte de una vida que había sobrevivido.

La propuesta

Damián no pidió permiso al destino ni hizo promesas grandilocuentes.

Una noche tranquila, mientras preparaban la cena juntos, se arrodilló en la cocina, con las manos temblándole un poco.

—No quiero salvarte —le dijo—. No quiero ser tu refugio ni tu escudo.
Quiero ser tu compañero. Si tu quieres.

Alma lloró.

Pero esta vez no fue de miedo.

—Sí —dijo—. Sí quiero.

La boda

No fue una boda lujosa.
Fue verdadera.

Se casaron en el mismo pueblo que una vez había sonado a sirenas, pero ahora estaba lleno de risas. Había flores simples, música suave y gente que había aprendido —junto con Alma— que el amor no se impone, se construye.

Alma caminó hacia Damián con el corazón firme. No llevaba miedo escondido bajo el vestido. No llevaba cicatrices abiertas.

Llevaba vida.

—Prometo no elegir por vos —dijo Damián en sus votos—. Prometo escucharte incluso cuando duela. Y quedarme, incluso cuando tengas miedo.

—Prometo no callarme nunca más —respondió Alma—. Prometo amarte sin perderme. Y enseñarle a nuestro hija que el amor no se dispara… se cuida.

Cuando se besaron, el pueblo entero aplaudió.

No porque fuera una boda.

Sino porque era una victoria.

El final verdadero

Años después, Alma observó a su hija correr por el jardín mientras Damián reía, con la camisa arremangada …y la vida tranquila.

Pensó en todo lo que había sobrevivido.
En todo lo que había aprendido.

Amar no siempre salva.
Pero el amor sano… repara.

Y por primera vez, la historia no terminaba con un disparo.

Terminaba con una risa.
Con una casa abierta.

La casa.

La misma donde Damián había nacido. Donde había dado sus primeros pasos, donde sus padres habían soñado un futuro que el tiempo, los inviernos y los silencios habían ido desgastando. Durante años fue una construcción cansada, con paredes agrietadas y recuerdos cubiertos de polvo.

Ahora no.

Ahora estaba reconstruida. Firme. Viva.
Las paredes pintadas de un verde hermoso, profundo, sereno. Un verde que parecía respirar con el entorno, que se mezclaba con los árboles del patio y que, inevitablemente, recordaba al color de los ojos de Damián. Esos ojos que nunca miraron para dominar, sino para acompañar.

Alma estaba de pie en el umbral, observando cómo la tarde se rendía lentamente ante el atardecer. El aire olía a hogar. A pan recién hecho. A futuro.

Damián salió al patio con una sonrisa que no intentaba ocultar nada. Se quedó mirándola unos segundos, como si todavía le pareciera increíble que ella estuviera ahí. Que lo hubiera elegido. Que la vida, después de todo, también supiera ser justa.

Entonces, sin aviso, sin vergüenza, sin miedo al juicio ni al pasado, llevó las manos a la boca y gritó:

—¡TE AMO, ALMA!

La voz retumbó en el aire abierto, cruzó la cerca, llegó a las casas vecinas, se perdió entre los árboles y volvió transformada en eco.

Alma se llevó una mano al pecho, sorprendida, y luego se rió. Una risa limpia, libre, de esas que no se piden permiso.

—¡Estás loco! —le gritó de vuelta, con los ojos brillantes.

—¡Sí! —respondió él—. ¡Pero es la mejor locura que tengo!

Algunas ventanas se abrieron. Alguien aplaudió. Una mujer rió a lo lejos. El pueblo, el mismo que había sido testigo del miedo, ahora escuchaba una verdad dicha a gritos, sin armas, sin sombras.

Damián caminó hacia ella y la abrazó con la certeza de quien no necesita sujetar para que el otro no se vaya.

Alma apoyó la cabeza en su pecho.

Y en ese gesto simple, definitivo, entendió que no todo amor quema, que no todo pasado condena, que incluso después de la oscuridad más larga, se puede volver a elegir.

La casa verde los rodeaba.
El silencio era amable.
La vida, por fin, estaba en calma.

Y así, sin promesas imposibles ni finales perfectos, la historia cerró donde siempre debió hacerlo:

En un hogar.
En un amor que no duele.
En una mujer libre.

Muchas gracias a todos los que acompañaron esta historia.
Lector, espero que estés bien.

Si deseas seguir leyendo más historias, de todos los géneros, te invito a visitar mi perfil y a seguirme para no perderte lo que viene.

Sin más, me despido.
Gracias.




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