Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

te alquilo mi vientre, pero no mi amor

—Empaca tus cosas. Te vienes conmigo. Ahora —ordenó, con una voz fría, autoritaria, carente de toda compasión.

Lo miré fijamente y noté algo que me estremeció aún más: había llorado. Sus ojos estaban rojos, hinchados, pero en ellos no había dolor… había algo peor.

Mi visión se nubló y rompí en llanto.

—¿Es cierto que la señora Wendy ha muerto? —grité, mientras el sollozo resonaba en el apartamento.

El cuerpo no me respondió. Caí al suelo llevando mis manos al rostro. Él era el único que podía confirmarlo… y también el único que no parecía dispuesto a hacerlo.

—Levántate del piso. Nos vamos —dijo con una rudeza que me heló la sangre, ignorando mi pregunta.

—Solo dígame si es re… —no terminé de decir “real” cuando golpeó la puerta con fuerza, haciendo vibrar las paredes.

—No digas nada más. Empaca tus malditas cosas y nos vamos —me interrumpió.

No entendía nada. Mi mente era un torbellino de miedo y confusión. Me levanté sola del suelo; él ni siquiera intentó ayudarme, como si mi fragilidad no le importara en absoluto.

—Tienes ocho minutos —advirtió, mirando su reloj—Ni uno más.

Alexis seguía de pie en la puerta, ocupándolo todo con su sola presencia, pero algo dentro de mí se negó a obedecer. Tal vez era el miedo. Tal vez era rabia. O quizá era el bebé, recordándome que ya no podía permitirme ser débil.

—No voy a irme contigo —dije al fin, con la voz temblorosa pero firme.

Sus ojos se clavaron en mí de inmediato. No fue sorpresa lo que vi en ellos, sino algo peor: paciencia rota.

—No te pedí una opinión —respondió con frialdad—. Te dije que empacaras.

—No puedes entrar así y decidir sobre mi vida —repliqué, dando un paso atrás—. Estoy embarazada. No puedes obligarme a irme.

Sus labios se curvaron apenas, en una mueca que no llegó a ser sonrisa.

—Ese bebé es mío… y de Wendy —dijo despacio, como si cada palabra estuviera hecha para herirme—Tú solo eres un alma respirando.

Sentí que el aire me abandonaba los pulmones.

—No… —susurré, llevándome una mano al vientre—. No puedes decir eso.

—Puedo —continuó, implacable—. Y es la única verdad que importa ahora.

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