Eres para mí

Noche

 

Recién duchado se sintió mejor. Nunca había que subestimar el poder del agua caliente para amansar la tensión.

Estaba más listo que nunca, No obstante, conforme se acercaba al local comenzó a sentir un extraño malestar en el estómago. De repente le pareció que el pequeño ramos de flores que había comprado de camino era ridículo. Y ¿si mejor lo hacía mañana? Pero cuántas veces había escuchado decir que nunca había que dejar las cosas para después. El presente había que aprovecharlo y no quedarse estancado con un futuro que quién sabe si llegaría. Lo podría atropellar un autobús al salir o morir quemado en un incendio o morderlo un perro rabioso. Así que esto no podía esperar un día más.

La cafetería continuaba iluminada a pesar de tener colgado el letrero que anunciaba «cerrado» con letras blancas. Sintió una punzada de decepción. No había puesto atención en la hora.

Empujó la puerta y para su sorpresa estaba abierta. Entró con caución. Lo último que querría era asustarla por entrar sin anunciarse. Mucho menos que llamara a la policía.

Los latidos comenzaron a martillarle los oídos cuando escuchó voces provenientes de la cocina. Más que voces parecían… quejidos. Se paralizó, no sabía qué hacer.

—No te detengas, Alex. ¡Oh Dios! Así... —dijo una voz femenina de forma ahogada.

—Tú sabes que yo te doy lo que me pidas, nena —respondió Alex con voz ronca, y «nena» soltó unas risitas.

Por su puesto que no se iba quedar para averiguar qué le daría Alex. Se dio la media y se largó de ahí dejando abandonadas las flores en la mesa más cercana. No las tiró al piso porque sus buenos modales se lo impidieron. ¿En qué estaba pensando en ir tan tarde a buscarla? En realidad no lo conocía. Apenas sabía su nombre, no porque recordara lo que ordenaba todos los días significaba que supiera algo de él. Después de todo ese era parte de su trabajo, ser amigable con los clientes. Y eso era él, un cliente más. Si era sincero tampoco la conocía. Ahora pagaría el precio de su estupidez, sintiéndose miserable. Aquí era el instante cuando los violines, con música lastimosa, comenzarían a tocar para describir su estado de ánimo que estaba desparramado por los suelos.

Gustavo estaba devastado. Lo único que circulaba por sus venas era furia, tenía unas ganas inmensas de golpear algo, especialmente al tal Alex. Aunque él no tenía la culpa de nada, más que ser quien Nina había escogido para estar con ella. Pero con quien realmente estaba enfurecido era consigo mismo. Por haberse tardado en reaccionar y por lo que pudo hacer y no se atrevió a hacer en su momento.

Esto solo lo podía arreglar de una sola forma. Se iría a un bar a ahogar sus penas. Rogaba que existiera alcohol suficiente olvidarse de todo, de su dulce Nina. Aunque ya no era de él, ahora era de Alex.

Terminó bebiendo en soledad como el hombre cobarde y patético que era. El miedo de perder el control y cometer una locura lo aplacó. Aunque parecía que lo noche sería interminable, perdió la consciencia tumbado en su cama totalmente vestido y con zapatos puestos.

 

 




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