Eres Tu Y Siempre Seras Tu

Capitulo 2

Alex

A lo largo de mi vida, he conocido muchas mujeres, algunas con intenciones buenas y otras malas. La verdad, nunca me ha importado mucho estar en una relación. Para mí, lo más importante siempre ha sido mi trabajo, mi empresa. Nunca me he detenido a admirar a una mujer, hasta que la vi a ella en las montañas. Antes de que Fabio nos presentará, la observé mientras tomaba fotos. Es hermosa, con su cabello rubio cenizo y esos ojos color miel que hechizan a cualquier hombre. Elena tiene una figura esbelta y su rostro parece el de una muñeca de porcelana.

Cuando la dejé en la mansión, le dije "bonita", algo que normalmente no le diría a ninguna mujer, de hecho, a ninguna. Ella es todo lo contrario a mí: alegre, cariñosa, tal vez demasiado empalagosa. Fabio me había hablado de ella incontables veces, pero creo que se quedó corto. Su belleza es magnética, te atrae como si fueras una polilla hacia la luz. Lamentablemente, no tengo planes de volver a verla, mucho menos de tocarla. Sin embargo, cuando sostuve su mano, pude sentir cómo su cuerpo se tensó y su piel se erizó al contacto.

Estaba perdido en estos pensamientos cuando mi teléfono sonó con varios mensajes de Fabio:

"Alex, ayúdame."

"Contesta."

"Ven por mí, estoy en el hospital. Tuve un accidente."

Leí los mensajes de Fabio y me dispuse a salir en su búsqueda en el hospital. Al llegar, me dirigí a la habitación donde estaba. Al entrar, vi que estaba algo golpeado y, al parecer, tenía el brazo fracturado.

—Gracias por venir, Alex —me dijo.

—¿Qué sucedió?

—Cuando iba hacia la mansión, los frenos del coche dejaron de funcionar... y aquí estoy.

—Demasiado raro todo eso, Fabio.

—Lo sé, pero... ¿me harías un favor? Pásame mi celular. Necesito inventar algo para Elena, no quiero preocuparla.

—Bien.

Le pasé el teléfono y, justo cuando supuse que empezaría a escribir un mensaje, la puerta de la habitación se abrió. Ahí estaba Elena. Me pregunto si es posible que tenga que verla más de tres veces en un solo día.

—Hermanita —murmuró Fabio.

—Dime, ¿qué te pasó?

—Fallaron los frenos.

—¿Accidental o provocado? —preguntó Elena, frunciendo el ceño.

—No lo sé, quizá fue accidental —respondió Fabio—. Por cierto, hoy tus modales y tu educación no son lo tuyo, ¿verdad?

Vi cómo Elena lo fulminaba con la mirada antes de entornar los ojos.

—Hola de nuevo, Alex —dijo, mirándome.

—Hola —murmuré.

—¿Quién te trajo, Elena? Y no me digas que manejaste con el pie inflamado —preguntó Fabio, con tono de preocupación.

—Evans me trajo.

—¿Y dónde está ahora?

—Tuvo que irse por algo urgente con su madre.

—Bien, ahora que ya me viste, puedes irte a casa.

—¿Y quién dijo que eres mi padre, Fabio? —respondió ella, con una sonrisa sarcástica.

Salí de la habitación y dejé que los hermanos hablaran a solas. Pensé en lo mucho que se debe querer a alguien para ir a verlo, incluso cuando tú también estás mal de salud. Caminé hacia la cafetería en busca de un café, ya que, por lo que veo, Fabio no se irá hoy del hospital. Supongo que él es mi único amigo, la única persona en quien confío.

Cuando regreso a la habitación donde está Fabio, lo encuentro dormido, y veo a Elena a su lado. Son idénticos, como era de esperar en gemelos, aunque, a simple vista, Fabio parece un poco más libertino que ella... o quizá es solo mi percepción. Me detengo a observarlos más detenidamente, prestando atención a cada uno de sus rasgos. Sin darme cuenta, me quedo mirando a Elena más de lo que debería. De repente, ella se da cuenta de mi presencia y gira para mirarme con esos ojos hechiceros.

*Pequeña*, pienso para mis adentros, *tú no sabes que a mí no puedes engañarme con esa mirada inocente*.

—¿Qué dijo el médico? —le pregunto, tratando de disimular mi distracción.

—Que mañana podrá irse a casa, pero deberá guardar reposo —responde ella, con calma.

—¿Te irás a descansar o te quedarás aquí? —le pregunto.

—Me quedaré con él. Si me permites, iré por un café.

La observó salir de la habitación y no puedo evitar notar cómo sus caderas y su cabello se mueven en perfecta sincronía. Debo dejar de observarla, me digo a mí mismo. Si no lo hago, ella será mi perdición. Nunca he caído por una mujer, ni pienso hacerlo.

Pasó alrededor de media hora cuando Elena regresó, y la vi soltar una maldición. Instintivamente, llevé mis ojos a su pie y noté que estaba más hinchado que cuando llegó a ver a Fabio. Decidí no preguntar nada, ya que no quería inmiscuirme demasiado con ella. Me despedí diciendo que vendría mañana a ver a Fabio y salí del hospital, directo a casa.

Usualmente, el chofer y todo el personal ya están dormidos a esta hora, pero al llegar, Sandro, mi chofer, me esperaba en la entrada.

—Buenas noches, señor.




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