Eres Tu Y Siempre Seras Tu

Capitulo 7

Elena

Siento mi brazo derecho adormecido por el peso de algo… o mejor dicho, de alguien. Abro los ojos lentamente, intentando acostumbrarme a la claridad de la mañana. Al girar la cabeza, me encuentro con Fabio, profundamente dormido. La escena me recuerda a cuando éramos niños y, si alguno de los dos tenía miedo, dormíamos juntos sin que nadie se diera cuenta.

Observo al frente y distingo la silueta de alguien. Parpadeo varias veces hasta que la imagen se aclara: es Alex.

Pensé que bromeaba cuando dijo que se encargaría de cuidarme, pero en este momento recuerdo que él no bromea. Es como un robot.

Con cuidado, muevo un poco a Fabio para despertarlo, procurando no lastimar sus heridas. Aunque se hace el fuerte, sé que le duelen.

—Fabio, despierta.

—Un rato más, hermanita… —murmura entre sueños.

Suspiro profundamente antes de insistir. Necesito ir al baño.

—Fabio.

—No me dejas dormir… ¿qué pasó? ¿Estás bien? ¿Volvió la alergia? —pregunta alarmado.

—No, Fabio, no es nada de eso. Solo necesito que te levantes porque mi brazo está dormido y quiero ir al baño.

Siento que me jala el cabello suavemente y me dice:

—Alex se quedó toda la noche. Dijo que se sentía culpable por lo de la alergia.

Miro nuevamente a Alex con más detenimiento. Es atractivo, sin duda alguna. El tipo de hombre que cualquier mujer quisiera tener… y me incluyo. Lo poco que lo he conocido en estos días me ha hecho ver que, a pesar de su temperamento frío y su actitud indiferente, no es así en realidad. Simplemente usa esa máscara como un escudo para protegerse.

Alex se incorpora lentamente y me observa. Me pierdo en sus ojos. Son, sin duda, una de las cosas que más me han atrapado de él.

—¿Cómo te sientes? —pregunta con voz grave.

—Mucho mejor. Gracias por cuidarme.

—Tenía que hacerlo. Por mi culpa te dio la alergia.

—No lo fue. Tú no lo sabías.

—Tanta miel me da tos —interrumpe Fabio con fastidio.

Alex sonríe… y joder, esa maldita sonrisa será mi perdición si no me controlo. Siento la atracción jalándome hacia él, así que aparto la mirada.

—Hermanita… Elena —dice Fabio, tomándome por los hombros.

—Dime.

—Carajo, pensé que te había dado algo. Llevas rato viendo fijamente hacia la pared.

—Olvídalo. No es nada.

Me levanto de la cama y voy al baño. Me lavo la cara y, al levantar la vista, me observo en el espejo. Mis mejillas están rojas.

Joder, me sonrojé.

Salgo del baño aún con la sensación de calor en mis mejillas. Me obligo a respirar profundo y a calmarme. No hay razón para sentirme así… o eso intento decirme.

Cuando regreso a la habitación, me doy cuenta de que solo Fabio está allí. Me frunzo el ceño y miro alrededor, buscando a Alex.

—¿Y Alex? —pregunto, tratando de sonar indiferente.

Fabio levanta la vista y me observa con una sonrisa maliciosa. Esa sonrisa que significa problemas.

—¿Por qué? ¿Lo extrañas? —pregunta con burla.

Pongo los ojos en blanco y cruzo los brazos.

—Solo pregunté dónde está.

—Ajá… claro —dice alargando la palabra mientras se acomoda en la cama—. No tienes que ocultarlo, hermanita. Lo entiendo, es guapo, tiene esa actitud de tipo frío e inalcanzable que a muchas les gusta… y además es mi mejor amigo.

Lo miro con advertencia.

—Fabio…

—Te estás enamorando de él —canta con diversión.

Suelto un suspiro frustrado y le lanzo una almohada, pero él la esquiva con una carcajada.

—¡No digas tonterías! Solo pregunté dónde estaba.

—Ajá, ajá… —sigue riéndose—. ¿Y qué más te gusta de él? ¿Sus ojos? ¿Su sonrisa? Porque déjame decirte que lo estabas viendo como si fuera un maldito dios griego hace un rato.

Siento el calor subir de nuevo a mis mejillas y eso solo lo hace reír más.

—¡Fabio, cállate!

—Tranquila, hermanita, tu secreto está a salvo conmigo… por ahora.

Le lanzo otra almohada con más fuerza, pero esta vez no la esquiva. Su carcajada resuena por toda la habitación mientras yo me dejo caer en la cama, cubriéndome el rostro con las manos.

Joder… ¿será que realmente me estoy enamorando de Alex?

Me incorporo en la cama y miro a Fabio, que todavía se está riendo de su propia broma. Resoplo con fastidio y sacudo la cabeza. Mejor voy al grano.

—Fabio, hoy me regreso a Moscú.

Su sonrisa desaparece de inmediato y me observa con el ceño fruncido.

—¿Vas a ir directo a la casa?

—No —respondo sin dudar—. Voy a buscar un departamento. La convivencia con mamá ya no es posible.




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