Elena
La primera luz del amanecer se cuela entre las cortinas, bañando la habitación con un resplandor dorado y suave. Parpadeo lentamente, sin querer moverme todavía. Hay una calidez envolviéndome… un peso familiar y reconfortante sobre mi cintura.
Alex.
Mi corazón se acelera con solo pensarlo. Está aquí, en mi cama, en mi mundo. No solo físicamente, sino también, poco a poco, regresando a mí. A nosotros.
Siento su respiración profunda contra mi cuello, su brazo rodeándome con fuerza, como si en algún lugar de sus sueños supiera que no quiere soltarme.
No me atrevo a moverme.
No quiero romper este momento.
Cierro los ojos un instante y respiro hondo, grabando esta escena en mi memoria: el olor a lluvia aún flotando en el aire, el murmullo lejano del mar, y el calor de Alex aferrado a mí como si su alma reconociera la mía, aunque su mente aún esté en sombras.
Durante dos semanas he llorado en silencio por él. Por su mirada perdida, por la forma en que me llamaba solo Elena, sin rastro de la ternura con la que solía pronunciar mi nombre. Y ahora… ahora siento que algo ha cambiado. Que la muralla empieza a resquebrajarse.
Me giro muy despacio, hasta quedar frente a él. Su rostro está en calma. Se ve más joven así, más vulnerable. Tiene una de sus manos sobre mi cadera y la otra entrelazada con la sábana. Su cabello algo despeinado y sus pestañas rozando sus mejillas hacen que parezca… irreal.
Sus labios están entreabiertos y, por un instante, me dejo llevar por la tentación de acercarme más. No lo hago. Me limito a observarlo, como quien mira una obra de arte que alguna vez fue suya, pero que ahora solo puede admirar con la esperanza de volver a tenerla.
—Te extraño —susurro, apenas audible—. Aunque estés aquí… te extraño.
Me duele admitirlo, pero es la verdad. Extraño su sarcasmo, sus bromas inesperadas, sus mensajes a media noche solo para decirme que pensó en mí. Extraño al hombre que me hacía sentir como la única en el mundo. Ese Alex que bailaba conmigo en la cocina, que me prometió un gato blanco y cumplió, solo para ver mi sonrisa.
Trago saliva y me acerco un poco más. Apoyo mi frente en su pecho, escuchando el latido firme de su corazón.
Y entonces lo siento.
Una presión sutil en mi cintura. Sus dedos se cierran un poco más. Me congelo.
—¿Alex? —murmuro, sin alzar la voz.
Nada.
—¿Te despertaste?
Sigo sin obtener respuesta.
Pero no importa.
Porque aunque no hable, aunque no abra los ojos, su cuerpo lo dice todo.
Se aferra a mí como si me recordara.
Y eso… eso basta para seguir creyendo que lo vamos a recuperar todo.
Me quedo ahí, quieta, escuchando su respiración. El reloj en la mesita de noche marca poco después de las siete, pero el tiempo parece suspendido entre nosotros. No hay prisa. No hoy.
Deslizo mis dedos por su pecho, solo un poco, sintiendo su calor a través de la tela de su camiseta. Es un gesto mínimo, pero para mí, es como acariciar un milagro.
Sus latidos siguen firmes. Constantes. Como si dijeran "estoy aquí", incluso cuando las palabras no llegan.
Finalmente, me decido a moverme. Con cuidado, me separo de su abrazo, aunque sus brazos parecen resistirse un instante. Cuando logro levantarme de la cama, camino en silencio hasta la pequeña cocina que hay en la habitación. Enciendo la cafetera y comienzo a preparar su desayuno favorito, ese que aprendí a hacer solo porque una vez me lo dijo entre risas: huevos revueltos, pan tostado, y jugo de naranja natural. Nada complicado, pero para él, era perfecto.
Mientras espero que el café esté listo, observo por la ventana. El mar se extiende hasta donde la vista alcanza, sereno, brillante bajo la luz del sol naciente. Me recuerda a nosotros. O mejor dicho, a lo que éramos. Lo que quizás volvamos a ser.
El aroma del café llena el espacio, cálido y reconfortante. Sirvo dos tazas y coloco todo con cuidado sobre una bandeja. Cuando regreso al cuarto, Alex sigue acostado… pero sus ojos están abiertos.
Y me está mirando.
Detengo mis pasos.
—¿Hace mucho que estás despierto? —pregunto, con el corazón en la garganta.
Él no responde de inmediato. Parpadea lentamente, como si aún estuviera sacudiéndose los restos de un sueño.
—No lo sé… —su voz es ronca, baja—. Pero te vi. Te escuché.
Me acerco a la cama, dejando la bandeja sobre la mesita. Me siento a su lado, intentando mantener la calma mientras lo miro.
—¿Me escuchaste decir qué?
Sus ojos se clavan en los míos. Y por un segundo, juro que brillan con una intensidad que no veía desde antes del accidente.
—Que me extrañas —susurra.
Me quedo sin aliento.
Sus dedos rozan los míos, y ese solo contacto me hace temblar.