Erinnerungen im Abgrund//borrador

Prólogo:

jjjjbbbb —Por favor, no. Mis hijos no. Cualquier cosa menos eso. Déjame quedarme con los dos.

Lilith forcejeaba contra aquellas cuerdas marrones que aprisionaban sus muñecas a los barrotes de hierro de la cama, como si fuesen las cadenas de algún infortunio antiguo. El roce áspero de las fibras desgarraba su piel con cada movimiento desesperado, mas apenas lo advertía; el verdadero tormento era ese que oprimía su pecho, ese calor sofocante de la desesperación que ascendía por su garganta y le robaba el aliento cual ladrón en la noche. Su esposo la contemplaba desde el umbral con una frialdad que contrastaba de manera casi artística con el ardor que la consumía. Las paredes grisáceas de la habitación se hallaban agrietadas, ornamentadas con telarañas polvorientas que pendían como sudarios olvidados por algún enterrador negligente. El ambiente sombrío devoraba la escasa luz que se filtraba por la ventana, dejando todo envuelto en una penumbra que parecía poseer vida propia, respirar con malicia.

-Tendrán la mejor educación. Yo los educaré a ambos. Se portarán bien cuando crezcan. No nos molestarán. Pero déjame quedarme con mis hijos. Déjame cuidarlos.

Los lloriqueos de los bebés resonaban contra las paredes, un sonido agudo y desesperado que se clavaba en los oídos como alfileres envenenados. Cada gemido hacía que el corazón de Lilith se partiera un poco más; eran tan pequeños, tan indefensos, y su llanto llenaba la habitación como un reproche que ninguna alma parecía dispuesta a acallar.

El hombre de cabello castaño azabache y mirada oscura permanecía inmutable. Su aspecto revelaba cierto descuido: el cabello desordenado y grasiento, la piel sudorosa y brillante bajo aquella luz débil y mortuoria. No era ya el caballero atento que alguna vez la amó; o quizás nunca lo había sido del todo, y sólo ahora se revelaba en su verdadera naturaleza, despojado de toda máscara civilizada.

Lilith intentó forcejear de nuevo. Sus movimientos eran débiles por haber dado a luz hacía apenas unas horas, mas la desesperación les confería una fuerza ciega, primitiva. Se removió contra las sábanas blancas, ahora manchadas de un celeste brillante y extraño. Su vestido blanco también había adquirido ese tono luminoso, tan brillante que cualquier mortal que osara tocarlo se quemaría como si hubiese rozado el mismo sol. Era su sangre natural.

Antes de que pudiera intentar nada más, su esposo la abofeteó. El golpe resonó contra las paredes como un trueno seco y brutal. La mejilla de Lilith se tornó roja al instante, y el dolor le nubló la vista con lágrimas saladas que resbalaron lentas por la piel ultrajada. El llanto de los bebés se hizo más fuerte y agudo, como si sintiesen el impacto en su propia carne diminuta.

Él intentó entonces tener contacto con el niño, mas al tocarlo se quemó de inmediato. Ambos bebés se hallaban cubiertos con la sangre de la madre.

-¡Mierda! ¡Quema!

Soltó un grito de dolor. La quemadura ardía en su piel callosa, una marca roja y brillante que se extendía por la palma como una burla del destino. Contempló su mano un instante, con los ojos desorbitados por la furia y el desconcierto, antes de que la rabia lo impulsara. Salió de la habitación dando fuertes zancadas contra el piso de madera oscura. Sus pasos eran ruidosos, cada uno resonando como un martillo que anunciaba algo más terrible aún.

Descendió al sótano. El lugar estaba repleto de cajas, grandes y pequeñas, apiladas de manera caótica para cubrir las grietas de las paredes color ocre, como si pretendiesen ocultar la miseria del sitio con un velo de desorden. El aire era pesado, olía a humedad y madera vieja, y la luz de una lámpara solitaria apenas alcanzaba a iluminar el rincón donde reposaba una mesita de noche de color café claro. Tenía dos cajones con la cerradura rota, torcidos y oxidados por el tiempo y la negligencia. Abrió uno de ellos con un chirrido seco y lastimero. Dentro, en la penumbra marrón casi negra, había herramientas de carpintería y soldadura: piezas de metal resistente, martillos con mangos desgastados por el uso, destornilladores de puntas romas. Buscó con la mirada y tomó los guantes negros de cuero con bordes amarillos. Se los puso con lentitud , ajustándolos con cuidado, como quien se prepara para un trabajo que requiere distancia y absoluta frialdad de espíritu.

Regresó a la habitación con pasos firmes y apresurados. Cada zancada hacía crujir el piso de madera oscura bajo sus botas de cuero. Abrió la puerta de madera sólida y oscura con un empujón que la hizo golpear violentamente contra la pared.

Tomó a la niña -de piel blanca, delicada y pálida como porcelana antigua- con el brazo derecho. Al niño -que poseía los mismos rasgos que su hermana salvo por una mancha morada y oscura en el brazo derecho- lo sostuvo con el izquierdo. Les introdujo un trapo amarillo en el fondo de la boca a ambos, empujándolo con fuerza hasta que se atragantaron y el llanto se ahogó en un gorgoteo sordo y desesperado.

No soportaba el llanto de los bebés. Le parecían molestos, insoportables. Odiaba tener que encargarse de hijos que no eran suyos. Cada gemido le recordaba con crueldad que no eran suyos, que no los quería, que sólo eran un estorbo que había que silenciar como se silencia una verdad incómoda.

Los colocó en el suelo casi arrojándolos. El impacto contra la madera fue sordo y seco, como si los bebés fuesen meros objetos que ya no merecían cuidado alguno. Lilith sintió que el corazón se le detenía por un instante; el cuerpecito de su hija se sacudió ligeramente, y el niño dejó escapar un gemido ahogado que se perdió en el trapo.

-A ver, a ver, qué bastardo se queda y qué bastardo se va. Esto es para que aprendas que no debiste haberme sido infiel, maldita puta.

Miró a su esposa con una mirada casi cínica y sombría, esperando que respondiera. Lilith sólo negó con la cabeza, asustada, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. El silencio que siguió fue pesado, quebrado únicamente por el llanto amortiguado de los bebés y el crujir ocasional de la madera bajo los pies del hombre.




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