Erinnerungen im Abgrund//borrador

Capítulo 02: ¿Dinero? o ¿Felicidad?

Meghan bloqueaba el umbral, cercada por bultos que olían a cartón húmedo —ese aroma de la caridad que llega tarde pero llega. Eneas se acercó al verla estática como estatua de sal, pero ella no le dio tiempo a preguntar; le soltó el pergamino sobre el pecho con la delicadeza de quien arroja evidencia incriminatoria.

—Tu padre —dijo, porque a veces dos palabras bastan para contener un mundo de humillación.

Rescató el paquete con su nombre —un peso rígido contra el antebrazo— y entró en la habitación donde la pobreza se exhibía sin pudor. Luci seguía dormida entre las mantas. La luz del sol golpeaba su piel morena con una crudeza que resaltaba la madera sucia del suelo —ese contraste entre la belleza natural y la decadencia arquitectónica. Meghan apretó los dedos sobre el libro; le dolía el desorden de pelo rojo y piel intacta en una casa que se caía a trozos, porque la perfección ajena es insulto cuando todo lo demás se desmorona.

Le dio un toque seco en el hombro —ese gesto que es campana matutina en el monasterio de la supervivencia.

—Arriba. Hay que buscar trabajo, ya es tarde.

Tiró de la manta con la autoridad de quien ha decidido que la ternura es lujo inasequible. Luci se incorporó a medias, cubriéndose la cara, con los mechones encendidos sobre los hombros como llamas de cobre. Al sentarse, Meghan vio que no llevaba el velo. Apartó la vista de inmediato, sintiendo un calor rígido que le subía por el cuello —ese calor que no tiene nada que ver con la temperatura ambiente y todo con lo prohibido.

—¿Cómo que tarde? —murmuró Luci con esa desorientación del recién despierto.

Buscó la tela a tientas, con los ojos ensanchados y fijos al darse cuenta de que la veían sin su velo —esa desnudez que la sociedad considera más obscena que cualquier otra. Meghan no esperó. Dio media vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con un golpe que sacudió el marco como terremoto doméstico. Se quedó un segundo ahí fuera, con la mano soldada al pomo, antes de enfrentarse a la sala donde las confrontaciones la esperaban.

Eneas ya tenía el papel arrugado en el puño —ese gesto que convierte las palabras en armas contundentes.

—Dice que alguien le imploró ayuda. ¿Quién fue?

—Eneas, deja los problemas ahora —lo cortó Meghan con esa practicidad que es hermana de la crueldad—. Hay comida y hay muebles. Se venden o se usan. Es lo único que nos mantiene en pie.

Edwin asomó desde su cuarto, apoyado en la pared con los ojos fijos en el cargamento como quien evalúa botín de guerra.

—Vaya, el aristócrata ha recibido sus limosnas —soltó Edwin con una sonrisa mínima que no contenía alegría sino veneno destilado—. Y yo que pensaba que el orgullo llenaba el estómago.

—Yo no pedí nada —replicó Eneas, con la humillación marcada en los tendones del cuello que se tensaban como cuerdas de violín antes de romperse—. No sé quién fue, pero no voy a tocar esto. Prefiero devolverlo todo.

Edwin soltó una carcajada corta, ese ladrido de hiena que es celebración de la desgracia ajena. Kai bajó las escaleras en ese momento y se detuvo ante el desorden como Moisés ante el Mar Rojo.

—¿Qué pasa?

—Alguien fue a arrastrarse ante mi padre —Eneas se plantó frente a él con la acusación brillando en los ojos—. No quiero depender de nadie, Kai. Si no lo consigo solo por mi mano, no lo quiero.

—Yo le escribí.

El aire se detuvo en la sala como si el tiempo mismo hubiera tropezado. Eneas se quedó petrificado, con la mano a medio camino de un gesto que no terminó —porque hay confesiones que paralizan más efectiva que el veneno.

—¿Tú? —Eneas negó con la cabeza, rechazando la realidad que las palabras acababan de crear—. No... tú no.

—Tenía que hacerlo. —La voz de Kai bajó hasta ser casi un susurro, ese tono que la vergüenza impone—. Me duelen las tripas, Eneas. El grupo apenas tiene que comer. Alguien tiene que hacerse cargo mientras tú esperas un milagro.

Eneas abrió la boca, pero solo emitió un jadeo seco —ese sonido del alma que descubre la traición vestida de amor.

Meghan observó la escena desde el rincón, con el paquete del libro apretado contra el costado hasta que el cartón le dolió en las costillas. No intervino —porque hay dramas que requieren testigos, no participantes. Dio media vuelta y regresó a la penumbra de la habitación, escuchando el crujido de la primera caja al abrirse, ese sonido que es capitulación del orgullo.

Una vez que Luci se puso el velo —recuperando esa armadura textil que la sociedad exige—, Meghan entró en silencio y dejó el libro en su equipaje. Se quedó de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados en esa postura defensiva que precede a las disculpas.

—Lo de ayer...

Luci no levantó la vista del velo que ajustaba entre sus dedos con concentración exagerada.

—Ya pasó.

—No. Escucha—. Meghan apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió—. Lo que dije estuvo mal.

Luci terminó de ajustar el velo con la meticulosidad de quien posterga el perdón. Meghan esperaba algo, una mirada, un gesto —esas señales que otorgan absolución. No llegó nada.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Bien.

El silencio se instaló entre ellas como un muro invisible pero impenetrable. Meghan extendió la mano hacia Luci, que seguía sentada sobre las sábanas en el suelo —ese gesto que es puente sobre abismos. Luci miró la mano un segundo más de lo necesario antes de tomarla, porque aceptar disculpas requiere más valor que ofrecerlas. Meghan la jaló con más fuerza de la que pretendía.

—Vamos. Hay que avisar a los otros.

—Vengan todos.

La voz de Meghan cortó cualquier conversación en la sala como cuchillo atravesando mantequilla. Los cuatro se acercaron con la reluctancia de quien sabe que las órdenes rara vez traen buenas noticias. Eneas se apoyó contra la pared con los brazos cruzados. Edwin encendió un cigarro —ese ritual que precede a todas las malas decisiones.




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