Meghan observaba el envoltorio que había llegado el día anterior, justo antes de que el grupo se dispersara en busca de empleo -esa dispersión que es metáfora perfecta de la supervivencia moderna. Sentada en el borde de la cama, sus dedos arrugaban las sábanas blancas con una tensión mecánica, ese gesto automático que traiciona la ansiedad que la razón intenta ocultar. Tenía la mirada clavada en el lazo rojo, ese nudo perfecto que parecía demasiado elegante para una casa que apenas podía pagar la renta -porque la belleza en la pobreza es insulto más que consuelo.
Leyó la tarjeta por décima vez. Solo su nombre, sin remitente -ese anonimato que es más perturbador que cualquier firma.
«El padre de Eneas no gasta tinta en mí. Ni siquiera me mira a la cara; sería absurdo», pensó Meghan, sintiendo una punzada de incomodidad que no lograba descifrar, porque hay misterios que perturban precisamente por su falta de lógica.
Desvió la vista hacia el regalo, que aguardaba sobre una silla como acusación silenciosa. Estiró el brazo, decidida a terminar con el misterio, pero un toque ligero en la madera la congeló. Fue un golpe delicado, casi miedoso -ese tipo de llamada que teme ser rechazada.
-Pasa, Luci -dijo Meghan, retirando la mano con una rapidez que delataba sus nervios mejor que cualquier confesión.
La puerta se abrió lo justo. Luci asomó el rostro, con las ojeras marcadas como estigmas del insomnio y los dedos entrelazados con fuerza, como si intentara sostenerse a sí misma antes de desmoronarse.
-Gracias, Meghan. Los chicos se fueron temprano... -Luci tragó saliva, mirando de reojo hacia las escaleras como si esperara que Eneas apareciera para soltar otro insulto, porque el miedo a la crueldad ajena nunca descansa del todo-. Quería preguntarte si podrías acompañarme a buscar trabajo. Sola... no creo que pueda hoy.
Meghan se levantó de la cama, dejando el misterio del lazo rojo abandonado en la silla -porque hay enigmas que pueden esperar cuando la necesidad humana no puede. Ajustó el corset de su vestido, cruzó el umbral y cerró la puerta tras de sí, colocándose instintivamente entre Luci y el resto del mundo -ese gesto protector que no requiere anuncio.
Luci y Meghan recorrieron las calles en un goteo de negativas -esa tortura china del rechazo repetido que erosiona la dignidad gota a gota. Pasaron frente a editoriales, textilerías y negocios de fachada austera que parecían cerrarse antes de que pudieran tocar el cristal, como si la pobreza fuera contagiosa.
-Disculpe, ¿buscan personal? -preguntó Luci, deteniéndose ante un mostrador con esa esperanza que se renueva a pesar de toda evidencia contraria.
-No, ya tengo suficiente -negó el dueño sin levantar la vista del periódico, hundido en una indiferencia absoluta que convertía a los solicitantes en fantasmas invisibles.
-Busquemos en otro lado, Luci.
Meghan la tomó de la mano para sacarla de allí -ese rescate que es también protección. Al contacto, un chispazo eléctrico recorrió a Luci; una calidez que no estaba hecha para durar y que se extinguió bajo el cielo gris, porque las pequeñas felicidades son las más fugaces.
Dieron con un local distinto. Era una tienda pequeña de la que emanaba un aroma denso a madera, canela y vainilla -esa trinidad olfativa del confort doméstico. A través de los cristales, el resplandor de una chimenea ofrecía un contraste violento con el invierno exterior. Aunque las puertas estaban cerradas, el calor parecía filtrarse por la madera con la promesa de refugio. Meghan llamó con los nudillos, pero no hubo respuesta. Luci probó suerte después, golpeando con suavidad. Nada. El silencio de la tienda era pesado, casi artificial -ese silencio que es negativa sin palabras.
-Hay sitios que solo calientan a los que ya vienen calientes de casa -murmuró una voz a sus espaldas con la sabiduría amarga de quien ha aprendido las injusticias del mundo.
Era una anciana que se apoyaba en un bastón de madera astillada. Meghan la miró con extrañeza, desconcertada por la aspereza de la frase que contenía verdades incómodas.
-¿Disculpe? -preguntó.
La mujer no respondió -porque la locura no debe explicaciones. En su lugar, soltó una risa seca, un chasquido sin dientes que sonó a papel roto, y empezó a tararear una melodía pegajosa. De pronto, comenzó a bailar en mitad de la calle. Eran pasos descoordinados, torpes; en un momento, su tobillo flaqueó con un crujido sordo, pero ella siguió moviéndose como si sus huesos no le pertenecieran -ese divorcio entre cuerpo y voluntad que sólo la demencia permite. Los transeúntes pasaban de largo, acostumbrados a esa locura que ya era parte del pavimento, porque la indiferencia urbana absorbe hasta lo más grotesco.
-Parece que no hay nadie. ¿Seguimos? -preguntó Luci.
Apartó la vista de la anciana para buscar refugio en el rostro de Meghan, fijándose en el contraste entre su ojo violeta y la quietud de su cuenca oscura -esa asimetría que fascinaba y perturbaba simultáneamente. Luci sintió un nudo frío en la boca del estómago que no tenía nada que ver con el hambre.
-Sí, vamos -respondió Meghan.
Y ambas retomaron la marcha, dejando atrás el baile de la mujer y un calor que les resultaba tan ajeno como una lengua muerta -porque hay consuelos que nunca serán accesibles para ciertas almas.
Llegaron ante una textilería de seda. Luci se quedó inmóvil, deslumbrada por el desfile de vestidos que abandonaban el local en manos de clientes que desbordaban una naturalidad insultante -esa desenvoltura que sólo otorga el privilegio económico. Se lanzó hacia la entrada, pero Meghan la frenó en seco sujetándola por la muñeca.
-Espera. No sabemos si aceptan a gente como nosotros -advirtió Meghan, barriendo con la mirada a los caballeros y damas que se movían con la calma de quienes son dueños del tiempo y del espacio.
-Sé que no quiero que me vuelvan a acusar de algo que no hice -murmuró Luci, dejando de mirar el escaparate para buscar los ojos de Meghan con una súplica silenciosa que contenía todas las humillaciones pasadas-. Pero quiero seguir intentándolo. Esta vez seré cautelosa, lo prometo.