Al llegar a casa, Meghan entró directo en la habitación de Luci con la determinación de quien ejecuta un plan que no admite demoras. Sus manos se movían solas mientras metía colchas, sábanas y ropa en un bolso de lona; forzaba la tela, apretando con los puños para que todo cupiera, como si en aquel gesto mecánico pudiera encontrar algún alivio a la ansiedad que le roía el pecho.
—¿No vas a decirnos nada de lo que sucedió con Luci?
Edwin estaba apoyado contra el marco de la puerta, adoptando esa postura de despreocupación casual que miraba al techo con una indiferencia estudiada; la respuesta, fuera cual fuese, parecía no alcanzarlo.
—Pero descuida, si no quieres, no voy a forzarte.
—Dijeron que la ley me prohíbe ser su defensa
Respondió ella sin mirarlo, sin concederle siquiera el honor de su atención. El cierre del bolso protestó al subir, emitiendo un quejido metálico que resonó en la habitación.
—Eso era obvio...
Edwin bajó la vista y fijó la mirada en ella, como si acabara de percibir algo que no encajaba en el cuadro.
—Espera, ¿a dónde fuiste? Ese tipo de información no te la dan en la comisaría.
—Fui a la oficina de Rechtsantragsstelle. Tenía que investigar.
—Se ve que te inspiramos muchísima confianza.
El sarcasmo se podía cortar con un cuchillo, denso en el aire.
Meghan solo negó con la cabeza y salió de la habitación sin dignarse a responder, dejando a Edwin con sus palabras suspendidas en el vacío. Edwin se quedó ahí un instante, mirando el pasillo vacío como quien contempla el rastro de una tormenta que acaba de pasar, antes de retirarse a su propio cuarto con pasos lentos.
En la calle, su paso rápido marcaba el pulso de la urgencia, ese ritmo frenético que la mantenía en movimiento. Recorrió el tramo por donde Luci había sido escoltada horas antes; el aire frío le quemaba los pulmones a cada zancada, como un castigo necesario. Al llegar a la comisaría, se dirigió al mostrador con la determinación de quien no acepta negativas.
—Quisiera entregarle estas cosas a Luci Light, por favor.
Levantó el bolso como si fuese una ofrenda. El guardia, con los ojos enrojecidos por el turno de noche y la fatiga acumulada, apenas fijó la vista en la lona, como si todos los bolsos del mundo le parecieran idénticos.
—Lo lamento, señorita. Es muy tarde y la hora de visitas ya pasó
Dijo el hombre, sosteniéndose la cabeza con la palma de la mano en un gesto de cansancio infinito.
—¿Puedo dejárselo a usted para que se lo entregue?
El guardia asintió sin mirarla, con ese gesto mecánico de quien ha repetido la misma acción mil veces, y recibió el peso sobre el mostrador. Meghan se retiró despacio, como si cada paso la alejara de algo esencial. Salió a la noche con las manos vacías y la certeza de que no habría más contacto hasta el amanecer, hasta que el sol trajera consigo nuevas posibilidades o desilusiones.
Al entrar en casa, Meghan subió las escaleras arrastrando los pies, cada peldaño una pequeña tortura. En la habitación, se desplomó sobre la cama desordenada; el roce de las sábanas le recordó con cruel claridad que ya no tenía energía ni para ser una persona civilizada, que había descendido a un estado más primitivo de mera supervivencia. Se revolvió entre la tela fría con los ojos ardientes fijos en la luna, sintiendo que cada minuto de silencio era un paso más que la señora Richter daba hacia ellas, acortando la distancia como un depredador paciente.
Despertó con el cuerpo rígido, como si hubiera dormido sobre piedras. Al salir de la habitación, el vacío de la cocina le devolvió el golpe con la brutalidad de lo evidente: no había comida, no estaba Luci.
Salió a la calle bajo una luz que le hería la vista, demasiado brillante para sus ojos cansados. Caminó de forma automática, como un autómata, hasta que el olor a aceite quemado y tierra la detuvo ante una pequeña tienda de aspecto modesto. Al entrar, vio al anciano de las papas cabeceando tras el mostrador; su ronquido silbante le resultó insultante en su placidez, obsceno en su tranquilidad.
Golpeó la madera con los nudillos, más fuerte de lo necesario. El anciano saltó en el asiento, parpadeando con pavor, como si lo hubieran arrancado de algún sueño sobre todo placentero.
—Vaya, señorita, casi me manda al otro barrio
Murmuró mientras recuperaba el aliento, llevándose una mano al pecho.
—¿Qué busca?
—¿Tiene papas?
La voz de Meghan sonó ronca, como si no la hubiera usado en días. Un mareo breve la obligó a aferrarse al mostrador, sintiendo que el suelo amenazaba con abrirse bajo sus pies.
—Tengo. Pero usted lo que necesita es una cama.
—Tengo de lo primero, me falta lo segundo. Cuatro pfennigs, por favor.
Dejó las monedas sobre la madera con un tintineo que sonó a derrota. El anciano sacó las papas de la olla y el vapor le golpeó la cara a Meghan; ella cerró los ojos, sintiendo que la humedad se le pegaba a la piel, densa y pesada, como una mortaja tibia. Él envolvió el pedido en un periódico amarillento y ella apretó el paquete, usando el calor que le quemaba las manos para mantenerse presente, para no desplomarse allí mismo sobre el mostrador mugriento.
—Gracias
Soltó, dándose la vuelta con la intención de huir de aquel lugar.
—Oiga...
La voz del anciano la detuvo como una mano sobre el hombro.
—Disculpe que me meta, pero esa chica morena... la que vive con ustedes. Está en el calabozo por la señora Richter, ¿no?
Meghan se tensó como un arco a punto de disparar. El nombre de Richter, dicho ahí, entre olor a grasa y polvo, sonó como una amenaza materializada, como si la mujer pudiera aparecer en cualquier momento. Se giró despacio, entornando los ojos con desconfianza.
—¿Cómo sabe lo de la señora Richter?
—Eneas pasa por aquí temprano
El anciano se encogió de hombros con una mueca de asco que le arrugó el rostro.