Erinnerungen im Abgrund//borrador

Capítulo 05: ¿Cuánto puede pesar una bala?

La grisura habitual del mundo regresó como una marea inevitable; nada había cambiado de verdad tras el caso de Luci, como si el drama judicial hubiera sido apenas una piedrecilla arrojada a un estanque cuyas ondas se desvanecieron sin dejar rastro. Eneas entró arrastrando los pies con el agotamiento de quien ha pasado horas de pie ante fogones encendidos, con el olor de la cocina del restaurante pegado a la piel como una segunda epidermis —ese aroma denso de grasa rancia, cebolla frita y sudor ajeno que ningún jabón parecía poder eliminar de manera integra—, como condena olfativa de su posición en la escala social.

—¿Te imaginas que todos sean ricos y nadie tenga que mover un dedo nunca? —soltó Eneas con un suspiro que parecía brotar desde las profundidades de su alma fatigada.

Se desplomó en el mueble como un saco de carbón arrojado desde una carreta, esperando que Kai desocupara el baño cuyo grifo goteante se escuchaba como un metrónomo marcando los segundos perdidos. Meghan disponía sus dos marcos de oro sobre la mesa con una pulcritud milimétrica, colocándolos a la perfección alineados como si fueran piezas de un ritual sagrado, el metal brillando con tenuidad bajo la luz mortecina de la lámpara de queroseno. Al terminar, se acomodó en una butaca apartada, manteniendo cierta distancia deliberada, como si el resto de la sala le resultara un territorio extranjero que prefería observar desde la seguridad de sus fronteras.

—Bueno, supongo que no existirían jerarquías ni hambrientos. El mundo funciona así: siempre hay alguien a quien aplastar —respondió Meghan con esa filosofía desencantada de quien ha comprendido demasiado pronto las verdades desagradables de la existencia.

—Tienes razón, no me hagas caso. Solo estoy harto de todo.

Eneas se levantó con un resoplido irritado que escapó de sus labios como vapor de una tetera hirviendo, y golpeó la puerta del baño con el puño cerrado, haciendo que la madera temblara en sus bisagras oxidadas.

—¡Kai, sal ya! Me quiero bañar, me siento asqueroso.

—¡Ya salgo, dame un minuto más! —gritó Kai desde el otro lado, su voz distorsionada entre el ruido del agua golpeando la madera de la cubeta en un staccato irregular que resonaba contra las paredes húmedas.

Eneas se apartó apenas, Edwin cruzaba el umbral de la puerta principal, sus siluetas rozándose en el espacio estrecho del pasillo. El recién llegado no saludó; se dejó caer sobre el asiento que Eneas acababa de liberar con la gracia de un árbol talado cayendo al suelo, con la camisa desaliñada —los botones torcidos en sus ojales como dientes mal alineados— y los hombros tensos como cuerdas de violín a punto de romperse.

—Hola —balbuceó Edwin contra el cojín raído, ocultando el rostro como quien busca refugio en la oscuridad de una cueva.

Luci apareció desde la habitación con el dinero que había separado para la renta tras su jornada agotadora en la textilería, sus dedos aún enrojecidos por las agujas y el hilo áspero. Depositó sus dos marcos de oro junto a la pila de Meghan, formando una pequeña torre metálica de supervivencia compartida. Un tintineo seco acompañó el movimiento, ese sonido de monedas chocando que es la música más triste de la pobreza. Se quedó un momento observando a Edwin, hundido en el sofá bajo el peso invisible pero tangible del día transcurrido.

—Pareces agotado, Edwin —dijo Luci con genuina preocupación, sentándose cerca de Meghan en el borde del sillón.

—Tuve un día terrible. No quiero hablar de eso ahora —murmuró Edwin sin levantar la cabeza, su voz amortiguada por la tela del cojín.

Eneas volvió al sofá con la irritación todavía palpitando a flor de piel como una herida recién abierta. Lo empujó sin contemplaciones ni advertencia para recuperar su sitio, ese pequeño territorio que consideraba suyo por derecho de primera ocupación. Edwin terminó en el suelo con un golpe seco que hizo vibrar la madera del piso y levantó una pequeña nube de polvo acumulado. No protestó ni se movió; permaneció inmóvil sobre las tablas frías, como si todo el peso del día lo aplastara contra el suelo con la misma fuerza inexorable con que la gravedad mantiene a los planetas en órbita, y como si levantarse requiriera una energía que ya no poseía en las reservas exhaustas de su voluntad.

—Bueno, no entiendo cómo puedes tener un día terrible —soltó Eneas con un tono que destilaba sarcasmo como el vino viejo destila sedimentos, recostándose en el sofá con los brazos cruzados detrás de la cabeza—. Por lo poco que sé, buscas a la esposa de tu jefe y te acuestas con ella cada vez que se presenta la ocasión, mientras él te paga para que no abras la boca.

—Pues te equivocas. Yo no la busco.

Edwin hizo una pausa que se extendió en el aire como una mancha de tinta sobre papel secante, y se levantó del suelo con una pereza que hacía que cada movimiento pareciera requerir un esfuerzo sobrehumano, sus articulaciones crujiendo como madera vieja bajo presión.

—Tal vez la primera vez fue buena, pero después se volvió agobiante. Es tener que verla todos los días y, peor aún, saber que no estoy en mi mejor momento laboral. Todo por una paga decente —añadió Edwin con una voz que se quebraba de forma leve en los bordes, como porcelana agrietada.

Dejó caer cuatro marcos de oro sobre la mesa con un gesto brusco, las monedas repiqueteando contra la madera en una cascada metálica que resonó en el silencio de la sala, mientras con la otra mano se tiraba de mechones de pelo con tanta fuerza que parecía querer arrancárselos de raíz, dejando su cabellera aún más desordenada de lo que ya estaba.

—Te pagan por hacer algo que no quieres. No es como si el resto trabajara en algo que le gusta —sentenció Meghan sin levantar la vista de sus manos, su voz tan desprovista de emoción como si estuviera leyendo el parte meteorológico—. Lo único que podemos hacer es acostumbrarnos; no es que abunden los empleadores dispuestos a contratar a jóvenes sin experiencia, sin referencias, sin padrinos que avalen nuestros nombres ante la sociedad.




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