Intentaba convencerse de que estaba sola en su habitación, protegida por la dureza del colchón que conocía cada curva de su espalda. Tenía los ojos cerrados en la penumbra, con la única iluminación filtrándose por la ventana como una mancha de cal derramada sobre el suelo de madera. Sin embargo, una punzada eléctrica le recorrió la columna vertebral, erizando el vello de la nuca con esa certeza primitiva de ser observada.
Abrió los ojos —primero el morado, luego la cuenca vacía registrando la oscuridad— y se sentó con lentitud, cada movimiento medido por la cautela. Cuando sus pies descalzos tocaron el suelo, el frío de la habitación pareció cobrar peso físico, trepándole por los tobillos como manos invisibles. Al mirar hacia la puerta cerrada, se quedó estupefacta. Cuatro sombras se recortaban contra la madera; tres eran imponentes, con proporciones adultas que se alzaban amenazadoras, pero la cuarta era pequeña, apenas del tamaño de un niño. Eran formas densas como brea, vacías de rasgos humanos, irreconocibles pero de manera fehaciente presentes.
De pronto, una figura blanca emergió del suelo mismo como si la madera fuera agua. Meghan se puso rígida y dio un respingo violento, hundiéndose contra la pared mientras reconocía la silueta espectral de la mujer que se le había aparecido aquella vez sin dejar rastro alguno de su visita.
—¿Quién eres? ¿Quiénes son ustedes? —su voz se quebró en un hilo tembloroso mientras se arrastraba sobre la cama, buscando el ángulo del muro donde pudiera proteger su espalda.
El silencio se volvió espeso como miel podrida, pegajoso y asfixiante. La figura blanca avanzó hacia ella como si flotara sobre el suelo, sus pies —si es que los tenía— no tocando la superficie, obligando a Meghan a encogerse contra la esquina con los músculos en tensión como cuerdas de violín a punto de romperse. La silueta estiró una mano pálida como hueso blanqueado, de dedos delgados y uñas afiladas que brillaban apenas un ápice, buscando su rostro con intención desconocida. Se detuvo a milímetros de su piel, tan cerca que Meghan pudo sentir un frío antinatural emanando de esos dedos espectrales.
—Obdormi et obliviscere —susurró la aparición con voz que no parecía venir de boca alguna sino del aire mismo.
En ese instante, el peso del sueño cayó sobre Meghan como una losa de granito aplastándole el pecho. Luchó por mantener los párpados abiertos, peleando contra esa fuerza sobrenatural con toda su voluntad, pero sus fuerzas se evaporaron como agua bajo el sol, rindiéndose contra el colchón mientras su cuerpo de dos metros se desplomaba sin gracia. Antes de que la negrura fuera total y absoluta, alcanzó a ver cómo las cuatro sombras se hundían en el suelo como si la madera las devorara, y cómo la figura blanca se fundía con la luz lunar que entraba por la ventana hasta desaparecer por completo.
Solo entonces, los ojos de Meghan —tanto el morado como la cuenca vacía— se cerraron por completo, y la oscuridad la reclamó.
Los ojos de Meghan se abrieron de golpe, como si alguien hubiera tirado de sus párpados con hilos invisibles. La mañana era fría, de ese frío que se mete en los huesos, y la luz que entraba por la ventana sin cortinas acentuaba la palidez de su rostro; su piel estaba helada como mármol, en un contraste violento con el calor de las mantas que la habían cubierto durante la noche. Se levantó con movimientos torpes, todavía aturdida, y salió al pasillo en silencio. Las puertas de las demás habitaciones seguían cerradas como tumbas selladas, guardando el sueño de los otros inquilinos de aquella casa de desesperados.
Al llegar a la cocina —ese espacio estrecho que olía siempre a humedad—, Meghan se lavó la cara con agua gélida de la jarra. Intentó reconstruir la noche anterior, buscando en los rincones de su memoria, pero su mente solo devolvía una mancha blanca, un destello informe que se escurría entre sus dedos mentales cada vez que intentaba aferrarse a él.
«¿Qué fue eso?», se preguntó mientras el agua le escurría por la barbilla y caía en gotas sobre el vestido morado con encajes negros que todavía llevaba puesto desde ayer.
Al revisar la alacena con manos que le temblaban de manera somera, notó que faltaba comida. Los estantes casi vacíos le devolvieron la mirada con ese reproche silencioso de la pobreza. Subió a cambiarse con movimientos mecánicos, vistiéndose sin pensar, y poco después salió a la calle de Leipzig, encaminándose a la tienda del anciano que vendía papas y otros tubérculos.
Al entrar, el tintineo de las pequeñas campanas metálicas anunció su llegada con ese sonido alegre que contrastaba con su humor sombrío. Dentro, un chico de espaldas sacudía con sutil delicadeza al viejo para despertarlo de su siesta matinal. Meghan lo reconoció al instante por la forma de sus hombros: era Marquart.
—Tío, despierte —murmuró el joven con voz suave.
Marquart evitaba mirarla como si ella fuera Medusa y sus ojos pudieran convertirlo en piedra. Meghan, al notar el desprecio o la evasión deliberada en sus gestos —la forma en que giraba el cuerpo para darle la espalda—, endureció la expresión hasta que su rostro pareció tallado en hielo. El anciano despertó acolofonado, parpadeando con pesadez mientras sus ojos nublados intentaban enfocar.
—Buenos días —saludó ella, pero su voz sonó distante, carente de la calidez que uno espera en un saludo matinal.
Marquart ignoró el saludo por completo, como si ella no hubiera hablado en absoluto. Se retiró al fondo de la tienda con pasos apresurados, concentrándose en una limpieza obsesiva de estantes que ya estaban limpios, frotando con un trapo invisible para no tener que enfrentar la mirada de ese ojo morado que parecía atravesarlo.
El anciano abrió los ojos con dificultad, parpadeando tras sus lentes gruesos que magnificaban sus pupilas nubladas por la edad.
—Buenos días, señorita. ¿Papas recién hechas? —preguntó levantándose con esfuerzo de su taburete para destapar la olla humeante.