Meghan despertó cansada, con ese agotamiento peculiar que no nace del cuerpo sino del alma, ese tipo de fatiga que ninguna cantidad de sueño puede curar porque se alimenta de decisiones que pesan más que piedras. Después de alistarse con movimientos mecánicos que parecían pertenecer a otra persona y compartir con Luci un desayuno silencioso de pan duro y té aguado —ese tributo diario que los pobres pagan a la ilusión de seguir vivos—, ambas salieron de la casa hacia el frío matutino de Leipzig que les mordía la piel como reproche.
—Sabes, no creo que haya sido prudente ocultarme lo de Edwin —dijo Luci caminando a la par de Meghan, sus pasos pequeños obligándola a caminar más rápido de lo habitual, rompiendo ese silencio que se había extendido entre ellas como hielo sobre un lago—. No cuando se trataba de algo así de grave, de asesinato.
—Entiendo el dilema moral, solo hubiera preferido que confiaras en mí lo suficiente como para contármelo a pesar de su súplica —dijo Luci con un dejo de reproche que le tiñó la voz como tinta derramada en agua clara, sus ojos celestes evitando a propósito los de Meghan como si mirarla doliera.
—No sabía cómo ibas a reaccionar ante algo así, si me verías como cómplice o comprenderías mi posición —Meghan suspiró, ese suspiro que contiene años de soledad—. Y, como te dije, él no quería que nadie lo supiera, estaba aterrado de que lo miraran diferente. No tenía a quién decírselo sin romper mi palabra, sin convertirme en traidora. Eneas y Kai se juntan y conversan de sus cosas porque se tienen más confianza mutua, han construido esa relación durante meses de bromas compartidas y secretos menores. Tú y yo también nos tenemos confianza: hablamos a solas, nos contamos chistes que nadie más entendería porque hablan de nuestras propias miserias, compartimos secretos que no pesan tanto...
Meghan hizo una breve pausa y buscó la mirada esquiva de su amiga, girando un poco la cabeza para capturarla con ese ojo morado que parecía ver demasiado.
—¿Pero él? ¿Con quién habla Edwin en verdad cuando las paredes se cierran? ¿A quién recurre cuando el mundo se le viene encima y necesita confesar pecados que lo están devorando vivo?
Hizo otra pequeña pausa antes de continuar con una suavidad que contrastaba con brutalidad con su estatura imponente, con ese cuerpo que parecía construido para intimidar pero que ahora pedía comprensión.
—Somos un grupo, sí, nos llamamos amigos y compartimos techo, pero no es lo mismo hablar entre todos —donde cada palabra es vigilada, pesada, juzgada— que tener a esa persona específica a la que le confías todo sin temor a ser juzgado, condenado. Tenía que darle esa confianza que necesitaba de forma angustiosa; no tiene a nadie más en este mundo cruel que se divierte triturando a los débiles.
—¿Pero por qué tú tenías que ser esa persona? ¿Por qué no Kai que es hombre como él y podría entenderlo mejor? —preguntó Luci frunciendo el ceño, sus mejillas llenitas enrojeciendo con algo que podría ser vergüenza o podría ser algo más peligroso—. Tal vez estoy siendo injusta o celosa —y qué palabra tan horrible es esa—, pero hay muchas personas en el grupo que pudieron haber cumplido ese papel de confesor sin que me sintiera... así.
—Luci, sé comprensiva con esto, te lo ruego —dijo Meghan con una leve sonrisa cansada mientras posaba una mano sobre el brazo de su amiga, buscando ese contacto físico como si pudiera transmitirle tranquilidad a través de la piel, como si el calor pudiera derretir ese hielo que se estaba formando entre ellas—. No fue planeado, no fue una conspiración. Sin más sucedió porque él llegó cubierto de sangre y yo estaba ahí, despierta, esperando.
—Bien, seré comprensiva porque te lo pides y porque te... —Luci se detuvo de golpe, mordiéndose el labio—. Porque confío en ti a pesar de esto. Perdón si fui algo ruda con ese reproche, solo... olvídalo, no importa en realidad.
Pero ambas sabían que sí importaba, que algo había cambiado entre ellas como grieta en porcelana fina.
Siguieron caminando hacia la textilería para cumplir con su extensa jornada laboral que duraría hasta que el cuerpo les doliera en lugares que no sabían que podían doler. La tarde se desvaneció con lentitud como acuarela bajo la lluvia hasta alcanzar esa hora incierta en la que la luz se funde con la sombra —ese momento liminal donde todo parece posible y nada parece real—, justo antes de que el anochecer termine de cerrarse sobre la ciudad como párpado sobre ojo cansado de tanto ver miseria. Las máquinas de la fábrica zumbaban con ese ritmo monótono que adormecía la mente y mataba el alma centímetro a centímetro, y ambas trabajaban en silencio, cada una perdida en sus propios pensamientos laberínticos sobre lo que habían acordado hacer, sobre las vidas que pronto tendrían que quitar por dinero, sobre cómo se mira a los ojos a alguien sabiendo que pronto convertirás a otra persona en viuda o huérfano.
Cuando Luci estaba por salir de la textilería junto a Meghan —ambas con los hombros caídos por el peso de trece horas de trabajo que convertía a las mujeres en máquinas—, se encontró con el profesor Wald Konrad, quien bajaba las escaleras desde el segundo piso con ese porte distinguido que solo los académicos parecen conservar incluso en lugares tan indignos como las fábricas de sus hermanos menos ilustrados.
—¡Profesor! —exclamó Luci, y en esa única palabra había tanto de niña encontrando a su padre después de un largo día que a Meghan se le apretó el corazón.
Corrió hacia él olvidándose de todo decoro, de toda pretensión de ser adulta, y se lanzó a sus brazos como quien regresa al único lugar del mundo donde puede ser por completo vulnerable sin temor. Él la envolvió en sus brazos con ese cariño paternal que había perfeccionado durante años de enseñar a jóvenes que necesitaban más que lecciones —necesitaban creer que alguien los veía, que alguien los valoraba—, estrechándola contra su pecho como si pudiera protegerla de todo el horror del mundo con ese abrazo solo.